Luisa Pernalete continúa trabajando por el país con el mismo empeño y vitalidad con que lo hacía a los veintiún años, cuando comenzó su carrera como educadora en Fe y Alegría. Una carrera que ha estado unida al activismo social y la defensa de los derechos humanos, en especial de niñas, niños, adolescentes y mujeres.
Se jubiló en 2009, pero eso no la detuvo. Sigue vinculada a Fe y Alegría como coordinadora del programa Madres Promotoras de Paz y miembro del Centro de Formación e Investigación de esta ONG. Además, forma parte de la Red de Derechos Humanos del Niño, Niña y Adolescente (Redhnna), escribe en su blog Parahacerlaspaces.blogspot.com, es columnista de varios medios, atiende a los periodistas que constantemente la buscan para entrevistarla (muy pronto apareceré en el espacio Fuerza Latina, mujeres inspiradoras de América Latina, que produce el canal de televisión alemán Deutsche Welle), es consejera del Centro Gandhi e integrante del Consejo Editorial de la revista SIC. También escribe estrofas, canta, toca cuatro y está buscando dinero para la tercera edición de su libro Conversaciones sobre la violencia y la paz, necesario para los cursantes del programa.
“Mientras peor esté el país, más cosas tengo que hacer”, dijo en esta entrevista exclusiva para Curadas.com hecha unos días antes de que reanudara su programa Madres Promotoras de Paz, que estuvo suspendido a causa de la pandemia del coronavirus. Mujer práctica, ha empaquetado este taller en su famoso morral de herramientas para la educación para la paz de manera de poder llevarlo a cualquier comunidad donde sea necesario.
Aunque nunca ha trabajado para buscar reconocimiento, esta labor fue distinguida en 2013 con el Premio de Derechos Humanos que otorga la Embajada de Canadá y el Centro para la Paz y los Derechos Humanos de la Universidad Central de Venezuela (UCV). Luisa Pernalete también fue incluida en 2021 en la lista de las cien mujeres referentes del país en temas de interés social. Al año siguiente, la Sociedad Venezolana de Puericultura y Pediatría le otorgó la Orden al Mérito a la Mujer «Dra. Lya Imber de Coronil», en su única clase, en gratitud a su trabajo por la infancia, entre otras distinciones.
Lo primero que le preguntamos es cómo ha logrado hacer y seguir haciendo tantas cosas por el país, y con éxito, para asombro de todos, en medio de tantas dificultades, en especial en los últimos veinticinco años. Con la sencillez que la caracteriza, respondió con una metáfora: «Más que de éxitos, me gusta hablar de velas en medio del apagón. La situación en Venezuela no se ha arreglado un carrizo, como dicen por ahí. Hacer cualquier cosa en este país es una carrera de obstáculos. Pero a pesar de eso, uno sigue encontrando gente que está haciendo su trabajo.
»Acabo de hablar con una maestra a la que quiero mucho y con quien trabajé en Guayana. Ella está en un núcleo rural que tiene muchísimos problemas. Entre otros, la falta de una maestra de preescolar. La que estaba se fue y a los alumnos los retiraron, porque sin maestros no hay escuela. Pero me llamó para contarme que encontraron una y que ya hay ocho niños inscritos. Eso es gracias a esas maestras heroicas. Hay que aplaudir y reconocer a estas maestras. Y hay que decirlo, porque si no pareciera que este país está dormido y no es así. Yo veo a mucha gente despierta haciendo miles de cosas.
»Tal vez ya no vemos las grandes manifestaciones que vimos en 2017, pero el Observatorio Venezolano de Conflictividad Social reporta mensualmente cuanta manifestación hay, sea de diez, veinte o cien personas. Este no es un país dormido, es un país inteligente que decidió hacer las cosas, pero ahora sin arriesgarnos tanto. A eso es a lo que yo llamo tener una velita en medio de apagón, porque cuando se nos va la luz, esa velita nos alumbra. Tal vez no tenemos datos en el teléfono ni tenemos internet ni podemos encender la laptop, pero esa velita evita que nos caigamos en la oscuridad. Y hay muchísimas velitas encendidas en medio de estos apagones…
—Ya son casi cincuenta años de una labor educadora en la que también ha habido un empeño por formar a la gente en los valores de la paz. ¿De dónde le nació esta vocación pacifista?
—Hay dos hechos importantes. En primer lugar, vengo de una familia amante de la paz, en la que nunca vimos actos o gestos de violencia. Mi papá nos inculcó el amor a la música y a las artes; mi mamá era una persona muy buena, incapaz de hacerle daño a nadie. Ese fue el ambiente en el que nos criamos. Además, estudié en un colegio católico, el San José de Tarbes, en la época del Concilio Vaticano II, por lo que las monjas eran muy activas y a mí me gustaba mucho participar en todas las actividades que organizaban. En mi época de estudiante tampoco vi nunca actos violentos. Dicen que el bullying o acoso escolar ha sido algo de toda la vida, pero la verdad es que yo nunca vi que le hicieran maldad a nadie en el colegio.
»Ahora, este énfasis mío en la educación para la paz también tiene mucho que ver con cosas que viví en la época en que fui directora regional de Fe y Alegría en Guayana. Una ocurrió en 2005, si la memoria no me falla. Una joven estudiante nuestra desapareció. En vista de que habían pasado varios días sin que supiéramos nada de ella, empezamos a hacer manifestaciones, a hacer bulla, porque no era normal que algo así sucediera. A las dos semanas apareció su cuerpo en un terreno en Ciudad Bolívar.
»Después de eso también nos mataron a un muchacho guyanés, de once años. Nosotros teníamos una escuela para guyaneses cuando nadie les daba cupo a los guyaneses en este país. Un asaltante lo mató cuando el chico salió en defensa de su padre, que era heladero. Ese fue el entierro más doloroso que yo había visto en mi vida. También hicimos una manifestación de protesta por ese caso.
»Entonces me di cuenta de que teníamos que hacer algo para prevenir la violencia, para detener la violencia, y empecé a estudiar la forma de hacerlo. Entendí que para esto había que trabajar con los maestros y con los muchachos, pero también, y en especial, con las madres. Si sembramos la paz en las madres, ellas la sembrarán en sus hijos, habrá un efecto multiplicador. Así nació la idea del programa Madres Promotoras de Paz.
»Trabajar por la paz es, antes que todo, una decisión. Como dice uno de los cursos del Centro Gandhi, del cual soy asesora, uno decide ser pacífica. Es una decisión que uno toma. La no violencia es un modo de proceder. Ser pacífico no significa ser pasivo ni cobarde.
»Gandhi no era pasivo ni cobarde, pero tampoco ofendía a nadie. ¿Qué hizo Nelson Mandela al salir de la cárcel después de veintisiete años injustamente preso, solo por defender a sus congéneres? Dijo: “La venganza es mala consejera”. No se vengó de nadie. Gracias a eso, Mandela evitó la posibilidad de una guerra civil en su país. Fue un presidente extraordinario. ¿Se puede decir que Mandela fue un cobarde o un traidor por actuar así? ¡No! Entonces, estoy hablando de gente que ha demostrado con su vida que son valientes, pero pacíficos.
»Esto es lo que yo enseño en este programa a las mamás, a los maestros y a los chamos también, pero principalmente a las mamás. Creo que este el único programa que hay exclusivamente para mamás. Eso no quiere que no puedan participar papás, pero, eso sí, que sepan que siempre hablaré en claves femeninas (risas).
—¿Es cierto que quiso ser monja?
—Sí, aunque no hablo mucho de esto. Cuando estaba terminando bachillerato le dije a mi papá que yo como que sentía la vocación de ser monja. Y él me dijo: “Bueno, pero primero estudie, porque si después, a mitad de camino, se arrepiente, se queda en la calle”. Y creo que mi papá fue muy inteligente, muy sensato. Entonces me mandó seis meses a Estados Unidos a estudiar inglés, bueno, eso lo hizo con todas las hijas. Pero luego comprendí que yo lo que no quería era ser una dócil ama de casa, que lo que quería era ser una mujer independiente, líder. Podía casarme o no, ese no era el tema. Y me decidí a estudiar Educación, que era lo que en realidad quería estudiar.
—¿A qué se dedicaban sus padres?
—Mi abuelo, que fue director de la banda de Trujillo, te estoy hablando de principios del siglo pasado, enseñó a mi papá las dos cosas que sabía hacer: música y sastrería. Papá tocaba saxofón y clarinete y solfeaba muy bien, pero se dedicó a la sastrería porque entendió que con la música no iba a poder mantener a una familia. Nosotros somos cinco hembras y un varón, que ya murió. Yo soy la penúltima, después de mí viene una médico, dos años menor que yo.
»Fue un comerciante y ganadero muy exitoso. Sin embargo, en casa siempre se ocupó de inculcarnos el arte, la música, la lectura… Todas nosotras estudiamos piano de pequeñas, aunque ninguna llegó a ser concertista. En casa había un piano y todos los días, de 12 a 1, llegaba el profesor porque alguna de nosotras tenía clases con él. Tiempo después me compré un cuatro y aprendí a sacarle música por oído, porque tenía, o tengo, buen oído musical.
»Mi mamá no estudió, en su tiempo las mujeres no estudiaban. Estudió hasta tercer o cuarto grado porque su papá dijo que con eso era suficiente. Pero como mi abuelo tenía un pequeño comercio, ella aprendió contabilidad y otras cosas del negocio. Además, él le compró un carro y se convirtió en la primera mujer que manejó un auto en Acarigua, por lo que fue innovadora en su tiempo. Era atrevida, digamos.
»Y era una gran lectora también. Murió en la casa, de viejita, con un libro en las manos, a los noventa y nueve años. Recuerdo que cuando terminaba el año escolar nos llevaba a una librería y como todos éramos muy buenos estudiantes, nos daba de regalo un libro, el que quisiéramos, podíamos escogerlo. En segundo o tercer grado yo ya leía libros de la colección juvenil Cadete, que costaban cinco bolívares. Ahí leí Robinson Crusoe, Mujercitas… A esa edad me sentaba a leer porque me gustaba, eso nos los fomentaron mi mamá y mi papá.
—A ustedes no las criaron para ser buenas esposas.
—Así es. Aunque eso no significa que no sepamos cocinar, por ejemplo, porque mi mamá era muy buena cocinera. ¡Hacía un dulce de leche! Hasta viejita, aunque ya tenía dificultades para caminar, se levantaba y lo hacía. No nos educaron para ser amas de casa, lo cual no significaba que mi mamá no fuera una buena ama de casa, pero no nos criaron con esa mentalidad. Además, siempre vimos a mi mamá en las mañanas en la casa, ocupándose de las cosas del hogar, pero en las tardes estaba en el negocio con mi papá, ayudándolo.
»Siempre la vimos trabajando. Nunca fue una señora apoltronada, y eso que tenía a dos personas que la ayudaban en los oficios del hogar. Pero los fines de semana era ella la que cocinaba. Nos hacía unas cosas bien ricas, recetas que nosotras aún conservamos y preparamos. Pero era básicamente una mamá que trabajaba, de ella lo aprendimos. Creo que eso es lo que nos ha llevado a todas nosotras a ser profesionales y muy activas. Yo no seré emprendedora económica, lamentablemente, porque no sé cobrar por lo que hago, pero soy emprendedora social. Eso sí lo sé hacer.
—¿Cree que la vida que tenemos es consecuencia de nuestras decisiones o que todos llegamos aquí con un guion escrito?
—Yo creo en Dios, soy una mujer muy creyente. Pero creo también que Dios nos dio la libertad para decidir qué hacer en cada momento. A los veintiún años, cuando empecé a trabajar con Fe y Alegría en una escuela normalista experimental, pude haber decidido otra cosa. Yo me gradué en La Universidad del Zulia (LUZ) con las mejores notas de mi promoción; pude concursar para quedarme como profesora en la misma universidad o regresar a Barquisimeto, donde seguía viviendo mi familia.
»Pero no. Decidí quedarme en Maracaibo, en la Escuela Normal Nueva América, en un barrio. Mi papá lo que hizo fue regalarme un carrito, porque vivía muy lejos de la escuela, y me dijo que no le fuera a dar la cola a cuanto perfecto desconocido me encontrara en el camino, porque él me conocía muy bien. La verdad es que no creo que haya nadie perfecto, así que congeniaba con todo el mundo (risas).
»Allí empecé a dar clases. Primero cuatro horas, después doce. Luego me cambié a estudiar de noche para poder trabajar la mañana completa y después me nombraron directora de la escuela. Al tiempo me nombraron directora de Fe y Alegría en Zulia. Fui la primera mujer que sustituyó a un jesuita en las direcciones zonales de Fe y Alegría. A mí me enamoró esa escuela. Sabía que eso era lo que tenía que hacer, formar a los que iban a ser maestros de primaria. Sentía que eso iba a renovar la educación, por lo menos en Fe y Alegría, lo cual fue así, porque la normal Nueva América cambió la educación en el Zulia; ese estado se convirtió en una especie de puntal en Fe y Alegría Venezuela por esa escuela.
»Esa fue una decisión mía, fue lo que quise hacer con mi vida: dedicarme a la educación de los sectores populares, pero de una manera innovadora. ¡Hasta el sol de hoy! Tengo compañeras de la universidad que ya están jubiladas, sin hacer nada. En cambio, yo, con setenta años, estoy vivita y coleando en esto.
»Entonces, creo que uno va tomando sus decisiones. Hoy mismo podría tomar la decisión de no seguir porque, a fin de cuentas, lo que recibo es una pensión que no sirve para nada; la jubilación, que sirve para muy poco, tal vez para un tanque de gasolina y alguito más; y un bono que me da de vez en cuando Fe y Alegría porque sigo haciendo muchas cosas para esta organización.
»Cuando yo me jubilé me propusieron que fundara una ONG. ¿Para qué?, dije, si ya estoy en la ONG más grande que tiene el país. Tal vez hoy tendría más plata, probablemente (risas). Pero yo no ando buscando cargos, lo que ando buscando son cosas que se puedan hacer por los demás. Está comprobado científicamente que cuando alguien hace una cosa buena, eso genera endorfinas en quien hace la obra, en quien la recibe y en quien la observa como testigo. Así que hasta por puro egoísmo uno debería hacer cosas buenas. Y no es que yo haga las cosas para que me las reconozcan, no, nunca he hecho nada para que me lo reconozcan; ahora, si me lo reconocen, qué bueno, ¿no?
»Pero no estaría tranquila sin hacer nada. Mientras peor esté el país, más cosas tengo que hacer. El viernes comienzo con un nuevo grupo del programa de Madres Promotoras de Paz. ¿Y quién me manda a mí a hacer esto? Nadie. Yo misma, porque veo que la violencia intrafamiliar ha crecido en este país y tenemos que hacer algo para ayudar a bajar esa violencia. Y porque hay que formar nuevos facilitadores para el programa, porque los que teníamos se nos fueron todos.
—No casarse y no tener hijos ¿también fue una decisión suya?
—Eso es más complicado y es algo de lo que no me gusta hablar mucho. Tuve muchos enamorados, pero, digamos… mi vida era como muy complicada… Además, no sé si habría aguantado eso que aguantan muchas mujeres porque, como te dije, soy muy independiente. No fue que tomé la decisión de no casarme y no tener hijos, no, no fue eso. Tengo unos ahijados que quedaron huérfanos y hoy son como hijos míos. —¿Qué ha sido lo más bonito de estos cincuenta años de vida profesional?
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—Es difícil escoger uno solo porque he tenido muchos momentos bonitos. En todo este tiempo he hecho cosas que me han gustado mucho. Además, Fe y Alegría es tan grande, es tan versátil, que he podido hacer no voy a decir que lo que me ha dado la gana, porque esa no sería la expresión, pero sí he podido hacer muchas cosas. Fundar escuelas, por ejemplo. Eso es algo muy complicado, pero a mí me daba mucho gusto hacerlo. En los once años que estuve en Guayana fundé diez escuelas, una por cada año que estuve allí. La gente me decía que a mí me encantaba meterme en líos, pero yo lo que imaginaba era lo que significaba que ese barrio tuviera una escuela gracias a las gestiones que yo pudiera hacer.
»Igual con todo este trabajo estos últimos años que tiene que ver con el eje de convivencia y ciudadanía. ¿Cuál es el objetivo de esto? La construcción del bien común. ¿Cómo no va a ser bonito construir algo para los demás?
»Cuando me nombraron directora de la normal en Maracaibo, yo no quería ese cargo. Quería seguir haciendo lo que hacía. Pero después vi que como directora podía impulsar cosas que como maestra no podía. Y cuando me nombraron directora en Guayana, tampoco lo quería. Lo que me gustaba era estar metida en las comunidades. Incluso, le dije al provincial en aquel momento que si no era feliz en ese cargo, me regresara al antiguo. Pero resulta que a los tres meses me di cuenta de que tenía la posibilidad de hacer otras cosas que antes no podía.
»Algo que también me parece muy bonito fue el programa que pusimos en práctica en Maracaibo, que ahora se llama Capacitación y tiene alcance nacional. Empezamos llamándolo “el centro con los muchachos de la esquina”, porque era para esos muchachos que abandonaban la escuela y se la pasaban en una esquina, sin hacer nada. Me dije que había que hacer algo por ellos, que no podíamos dejarlos así. Entonces ideé un programa, conseguimos una plática y lo ensayamos. Era un programa de cursos cortos para animarlos a que aprendieran a hacer algo, algún oficio, para que se encaminaran en algo útil. Ver a un muchacho aprendiendo serigrafía, cuando antes se la pasaba en la calle, por ejemplo, para mí es muy hermoso.
—Es decir, donde todos ven problemas, usted ve retos.
—¡Claro! Yo, bromeando, digo que esto que tengo en mi cabeza (dice mientras se toca el cabello) no son canas sino ideas luminosas que a uno le salen cuando tiene que enfrentar retos. Si algo hemos aprendido en Fe y Alegría es que no podemos ver un problema y quedarnos sentados a esperar que el árbol crezca. No, no, no. Tienes que echarle agua a ese árbol para que crezca, no puedes sentarte a esperar. Eso no significa que todo lo resolvamos, hay cosas que no podemos resolver, pero esto es lo que hemos aprendido.
»Pero sí, en cada momento de mi vida he encontrado cosas bonitas. Yo he elegido la vida que tengo. Hace muchos años elegí una vida de sencillez y me ha gustado. La sencillez no está peleada con el buen gusto. Por ejemplo, a mí no me gusta tomar café en vasitos plásticos y no es solo por cuidar el medioambiente, que me importa mucho. Lo primero que hice en las dos oficinas donde fui directora zonal fue irme a Tintorero a comprar tacitas bonitas y darle una a cada uno del personal para tomar café en tazas, no en vasos plásticos. Esa es una de las cosas bonitas que tengo en mi casa, tacitas de unos artesanos que ya no están, pero que eran artistas… Barreto, Miguel Ángel…
»Nosotros crecimos así. La sencillez no está peleada con el buen gusto, para nada. A mí me gusta la música clásica tanto como me gustan los aguinaldos. Tampoco me gusta la violencia, ni el maltrato. Yo veo a una mamá maltratando a un niño y me le enfrento de inmediato. En cualquier momento me van a dar un trancazo a mí también, por metiche, pero no puedo ver a un niño llorando. Ver a un niño llorando me arruga el corazón. ¿Quién me manda a mí a tener caramelos en la cartera? Yo, porque uno nunca sabe cuándo un caramelo puede hacerle falta a un niño. Esas son cosas que uno ha ido aprendiendo en la vida.
—Usted es una persona con muy buen sentido del humor. ¿Cómo logra mantener el buen humor en las condiciones en que se encuentra la educación en el país? Usted misma ha dicho que hay casi tres millones de niñas, niños y adolescentes fuera del sistema escolar. Los salarios de los maestros son una miseria, no les alcanza ni para comer. Las escuelas públicas están en el piso.
—Yo he encontrado que el sentido del humor es algo que se puede aprender y se puede enseñar. Hasta las personas de mal carácter pueden aprender a sonreír. Se puede aprender a tener sentido del humor, como se puede aprender a ser pacífico. Y también se puede desaprender lo que se aprendió. Alguien que aprendió a ser violento puede desaprenderlo. El sentido del humor acerca, distiende. Yo lo practico todos los días. Al levantarme, después de cepillar mis dientes, me miro al espejo y empiezo a sonreír. Eso lo repito veinte veces, todos los días. Eso se lo enseñamos a las mamás en el programa.
»Y uso mis dos ojos: con uno miro el drama, porque también hay que mirar los dramas. Hay gente que ve a niños en las calles limpiando parabrisas y no sienten nada. Yo no puedo, eso me arruga el corazón. Ver a un niño, a un adolescente, limpiando vidrios en la calle en vez de estar en la escuela, me pone a mí muy mal.
—Eso le borra la sonrisa del rostro…
—Me la borra, pero por eso sigo luchando por el derecho a la educación.
»Con el otro ojo veo las velitas en medio del apagón de las que te hablaba al principio. Y eso me hace sonreír».


