El nuevo Carnet de la Patria ya tiene dueño. Y huele exactamente igual que la Lista de Tascón

Por Marc Tecnólogo.

Venezuela lleva décadas aprendiendo a qué conduce el monopolio de la información.

Registro Biométrico Electoral en Venezuela

Quien controla el nuevo padrón electoral, controla el país.

Registro Biométrico Electoral en Venezuela

La Lista Tascón no fue un error burocrático. Fue la primera arquitectura de una tiranía de datos. El Carnet de la Patria no fue un programa social. Fue un mecanismo de control que condicionó la supervivencia a la lealtad política.

Hoy, un material audiovisual que circula en redes sociales propone crear un registro biométrico electoral en Venezuela manejado por una sola estructura político-partidista. La propuesta se atribuye a Vente Venezuela, con Humberto Villalobos como vocero, bajo el nombre de «Plan Electoral de 40 Semanas.»

Analizarlo con rigor no es un ataque a la oposición. Es el ejercicio mínimo de madurez política que una democracia exige.

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Registro Biométrico Electoral en Venezuela: ¿Qué propone el plan y qué preguntas no responde?

El video (adjunto al final del artículo) presenta un esquema de transición electoral atribuido a Vente Venezuela. Sus componentes —registro paralelo con biometría, votación manual, legalización de partidos vía respaldo digital— son afirmaciones del propio material, no hechos verificados de forma independiente.

Siendo así, eso ya es un problema en sí mismo.

Una propuesta que reclama haber captado 1,5 millones de ciudadanos en seis semanas no ofrece ningún mecanismo de auditoría pública de ese proceso. No hay un organismo externo que verifique esa cifra. No hay un protocolo publicado sobre quién accede a esos datos, bajo qué condiciones los almacena ni qué ocurre con ellos si la transición no se concreta.

Entonces la información simplemente existe —según el video— bajo el control de una sola estructura de mando.

Además, eso no es un detalle técnico. Es exactamente el modelo que el chavismo construyó durante dos décadas: datos ciudadanos gestionados de forma hegemónica, sin escrutinio externo posible, utilizados según las necesidades políticas del momento.

Venezuela no necesita teorizar sobre adónde conduce ese camino. Ya lo recorrió.

El ecosistema que se forma alrededor de la transición

Lo que hace aún más legítima la pregunta sobre esta iniciativa no es la figura de María Corina Machado.

Es el movimiento político que ocurre a su alrededor, a medida que crece la probabilidad de un cambio de poder.

Leopoldo López, Henry Ramos Allup, Delsa Solórzano. Ninguno opera bajo la estructura directa de Machado o Vente Venezuela. Pero los tres comparten algo revelador: un intento sistemático de auto-reciclaje, buscando reposicionarse dentro del escenario de transición antes de que la ventana se cierre.

No son figuras nuevas. Son parte del inventario político del último cuarto de siglo venezolano. Actores del mismo sistema que no supo —o no quiso— detener el avance del chavismo cuando aún era posible hacerlo.

Su gravitación hacia el escenario de cambio no es, necesariamente, una señal de conversión democrática. En política, la proximidad al poder tiene motivaciones más pragmáticas que ideológicas. Siempre.

La historia reciente ofrece un punto de referencia incómodo pero necesario. Hugo Chávez llegó a la palestra pública vendiéndose como una alternativa moderada: no comunista, pro pueblo, dispuesto a acabar con la corrupción y la exclusión. El discurso era de ruptura. El rostro era accesible. Las intenciones, declaradamente nobles.

Lo que vino después está documentado en el colapso de un país entero.

Un registro biométrico electoral en Venezuela controlado de forma hegemónica, construido bajo una sola línea de mando y rodeado de actores con trayectorias cuestionables, es exactamente el tipo de herramienta que —sin garantías institucionales verificables— no debería existir.

La duda no es sobre la persona. Es sobre la arquitectura del poder que se está construyendo a su alrededor y los actores que paso a paso están buscando acomodo a través del proceso.

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El verdadero peligro del registro biométrico electoral en Venezuela

Concentrar datos faciales, identitarios y de preferencia electoral de millones de ciudadanos en una estructura de mando único es estructuralmente peligroso.

No importa cuán legítimo sea el liderazgo que lo promueve. La arquitectura del riesgo no cambia según las intenciones del actor.

Venezuela ya vivió esto. No en teoría: en carne propia.

La Lista Tascón cruzó firmas del referendo revocatorio listas de empleo público ¿El resultado? Miles de personas despedidas de sus trabajos. El Carnet de la Patria convirtió la lealtad partidista en requisito para acceder a alimentos básicos. En ambos casos, el problema no era el instrumento aislado. Era la ausencia total de contrapesos para quien controlaba el dato.

Un registro biométrico electoral en Venezuela manejado por una facción privada tiene exactamente el mismo defecto estructural. Carece de auditoría pública, de supervisión institucional independiente y de protocolos verificables de protección de datos.

Esa tríada de ausencias no es un detalle técnico. Es el núcleo del riesgo democrático.

Buenas intenciones no son garantía de nada

Suele circular un argumento implícito en la defensa de estas iniciativas: «son la oposición, no tienen los vicios del régimen.»

Es un argumento que hay que desmantelar con cuidado.

La ausencia de experiencia en el poder no protege contra sus tentaciones. Con frecuencia, las acelera. Quien no ha administrado información sensible a escala masiva no puede anticipar las presiones que eso genera ni las vulnerabilidades que crea ante un régimen con probada capacidad de infiltración.

Conviene recordar además algo que la memoria colectiva tiende a suavizar con el tiempo. Varios de los actores que hoy orbitan el escenario de transición llevan décadas autodenominándose «oposición.» Y sin embargo, su trayectoria no registra ningún momento decisivo en el que su acción haya acortado un solo día la permanencia del chavismo en el poder.

Al contrario. En más de una coyuntura crítica, su gestión funcionó como válvula de escape para el régimen: legitimando procesos electorales cuestionables, negociando en mesas que solo produjeron tiempo para el chavismo, o fracturando la unidad opositora en los momentos que más la exigía.

No es oposición quien se llama a sí mismo opositor durante veinticinco años sin resultado verificable. Es parte del ecosistema que permitió que el problema persistiera.

Por eso, exigir transparencia sobre la custodia de estos datos no es hostilidad política. Es la condición mínima que una ciudadanía informada debe exigirle a cualquier actor que acumule ese tipo de poder, formal o de facto.

La crítica genuina es la base de toda cultura política sana. Sin escrutinio no hay democracia real: solo hay fe ciega con distinto nombre.

Preguntar también es lealtad democrática

Este análisis no cuestiona el coraje de María Corina Machado ni el sacrificio documentado de sus colaboradores. Tampoco busca deslegitimar a Vente Venezuela como fuerza política.

Su valentía frente al régimen es innegable. El costo personal que han pagado muchos de sus militantes es una deuda moral que la sociedad venezolana nunca debe olvidar.

Sin embargo, precisamente porque el objetivo declarado es construir una democracia genuina, las herramientas no pueden estar reñidas con la ética democrática. El fin no justificó los medios del chavismo. Tampoco puede justificarlos en el proyecto que aspira a sucederlo.

La búsqueda de respuestas genuinas no es sabotaje. Es la expresión más honesta del compromiso democrático.

El único antídoto disponible

Venezuela tiene una lección concreta que ofrecer al debate político latinoamericano.

Las democracias no mueren solo a manos de dictadores. También mueren a manos de proyectos que comenzaron con las mejores intenciones y que, en algún punto, decidieron que la eficiencia táctica valía más que la transparencia institucional. Llegando así a transformarse en verdaderos monstruos.

No se puede reconstruir Venezuela con los mismos ladrillos que la demolieron. Uno de esos ladrillos tiene una inscripción muy precisa: «Confíen en nosotros. Tenemos los datos.»

La cultura política que Venezuela necesita no es la del seguidor leal. Es la del ciudadano que pregunta, verifica y exige respuestas.

Eso no es sabotaje a la oposición. Es la oposición más legítima que existe: la que le hacemos a cualquier forma de opacidad, venga de donde venga.

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