Son las 2:00 p.m. en Maracaibo. El termómetro marca 38 grados centígrados. En el patio de una casa del pueblo de Chichiriviche, un ventilador se detiene. La nevera deja de zumbar. El pueblo entero queda sin electricidad. A 80 kilómetros de allí la refinería El Palito sigue a pleno funcionamiento. Eso no es una falla técnica: es una decisión calculada.
En 2026, la crisis eléctrica en Venezuela ha adquirido una dimensión nueva. Por primera vez en años, la producción de crudo volvió a superar el millón de barriles diarios. Pero ese logro tiene un costo que no aparece en los boletines de PDVSA: cada barril adicional extrae energía de una red eléctrica nacional que ya opera sin margen. El resultado es lo que los ingenieros llaman «despacho de carga prioritario» y los venezolanos conocen simplemente como apagón.
Este artículo explica, con datos técnicos y sin complicaciones, por qué el país con las mayores reservas petroleras del mundo no puede mantener encendidos sus propios focos.
El sistema eléctrico venezolano: un coloso construido sobre un solo río
El Sistema Eléctrico Nacional (SEN) fue, en su momento, una obra de ingeniería continental. El complejo hidroeléctrico del río Caroní —integrado por las represas de Guri, Macagua y Caruachi— concentró históricamente más del 78% de la generación eléctrica del país.
Esa concentración fue, simultáneamente, su mayor vulnerabilidad.
Un sistema eléctrico resiliente requiere un mix de generación: plantas hidroeléctricas para carga base, y un parque termoeléctrico robusto —turbinas de gas, plantas de ciclo combinado— como respaldo ante sequías o mantenimientos mayores. Venezuela nunca desarrolló ese balance. Mientras la demografía y la actividad industrial crecían, la inversión en generación térmica se estancó.
Las consecuencias están escritas en los datos operativos actuales. De las 20 turbinas de la central Macagua, solo 11 funcionan. En Caruachi, apenas 5 de 12 unidades permanecen activas. A nivel nacional, la capacidad instalada teórica alcanza los 37.046 MW, pero la red solo puede inyectar de manera constante entre 12.000 y 13.000 MW reales. La diferencia —casi 25.000 MW perdidos— es la huella acumulada de décadas sin inversión sostenida.
La paradoja del millón de barriles: más petróleo, menos electricidad
Aquí es donde la crisis eléctrica en Venezuela adquiere su dimensión más irónica.
Extraer petróleo no consiste solo en perforar y dejar que fluya. Los campos petroleros del occidente venezolano dependen en su mayoría de métodos de levantamiento artificial. El más extendido son las bombas electrosumergibles (ESP): motores eléctricos sumergidos en el pozo que empujan el crudo hacia la superficie cuando la presión natural del yacimiento ya no es suficiente.
El consumo energético de este proceso es preciso y verificable. Extraer un barril de crudo mediante ESP conectado a la red pública demanda aproximadamente 44 kWh. No es una estimación; es una cifra de balance operativo documentada.
Cuando Venezuela incrementó su producción en 165.000 barriles diarios a principios de 2026, ese aumento tuvo una traducción directa en la red eléctrica: 300 MW adicionales de demanda, absorbidos de inmediato por el sistema. En un país con superávit de generación, ese impacto sería manejable. En Venezuela, donde el sistema opera sin reserva alguna, fue un golpe directo al equilibrio de la red.
El juego de suma cero: megavatios que se roban entre sí
Para entender la mecánica del apagón, es necesario comprender el concepto de margen de reserva operativa.
Todo sistema eléctrico sano mantiene una holgura entre su capacidad de generación y su demanda real. Esa holgura —típicamente entre el 15% y el 20% de la demanda pico— permite absorber aumentos repentinos de consumo, fallas imprevistas en plantas, y picos de temperatura que disparan el uso de aires acondicionados.
Venezuela no tiene ese margen.
Recientemente, el país registró un pico de demanda de 15.579 MW, impulsado por la combinación de altas temperaturas y mayor actividad económica. Frente a una oferta real de entre 12.000 y 13.000 MW, el déficit supera los 2.500 MW. Ante ese escenario, CORPOELEC no dispone de opciones técnicas elegantes. Solo tiene una: decidir quién se queda sin luz.
La jerarquía es clara en la práctica, aunque no esté escrita en ningún decreto oficial. Los campos petroleros son prioridad. Las ciudades, no.
Por eso, en zonas como el estado Zulia, la energía se administra mediante cortes rotativos de entre cuatro y siete horas diarias en el sector residencial y comercial. Esos cortes no son fallas del sistema. Son el sistema funcionando exactamente como fue configurado para funcionar en emergencia permanente.
Gas quemado, electricidad perdida: el capítulo más caro de la crisis
La ironía estructural no termina ahí. Dentro de los propios campos petroleros existe una solución técnicamente disponible que Venezuela no ha implementado a escala: la generación de electricidad a boca de pozo usando el gas asociado que se extrae junto con el crudo.
El gas asociado —que emerge inevitablemente en cualquier extracción de petróleo— puede quemarse en antorcha (flaring), reinyectarse al yacimiento, o usarse para generar electricidad in situ. Esta última opción desconectaría parcialmente a los campos petroleros de la red civil, liberando megavatios que hoy le son negados al consumo doméstico.
Sin embargo, una porción significativa del gas asociado sigue siendo quemada por falta de infraestructura de captura y transporte. Las imágenes satelitales del occidente venezolano muestran decenas de puntos de combustión activos en horario nocturno: energía que se convierte en humo mientras las ciudades se apagan.
Este es, probablemente, el capítulo más caro de la crisis eléctrica en Venezuela. El combustible para la solución existe. Pero no hay infraestructura para aprovecharlo.
Cuánto costaría salir de esto: la aritmética que no cierra
La crisis eléctrica en Venezuela no es, en primer lugar, un problema de voluntad política —aunque la voluntad política sea condición necesaria para resolverla. Es, ante todo, un problema de capital y de tiempo.
Las estimaciones técnicas disponibles son elocuentes en su magnitud:
- Estabilización de emergencia a 3 años: entre 12.000 y 15.000 millones de dólares. Orientados a rehabilitar plantas térmicas existentes, completar ciclos combinados inconclusos e instalar generación distribuida en los principales campos petroleros.
- Recuperación integral a 10 años: hasta 37.450 millones de dólares para reconstruir la capacidad instalada, modernizar la red de transmisión y diversificar la matriz energética.
Para poner esas cifras en perspectiva: con producción de un millón de barriles diarios y un precio promedio de 60 dólares por barril, los ingresos brutos de PDVSA rondan los 22.000 millones de dólares anuales. De esa cifra, solo una fracción permanece en el país después de cubrir costos operativos, deuda y contratos con socios extranjeros.
La aritmética no da. No con los niveles actuales de producción y no con la estructura actual de costos.
El techo invisible: por qué 3 millones de barriles son una ilusión sin megavatios
Las proyecciones que circulan en documentos de planificación contemplan llevar la producción venezolana a 3 millones de barriles diarios en la próxima década. Es un objetivo legítimo en términos de reservas geológicas. Es, no obstante, físicamente inalcanzable sin resolver antes la crisis eléctrica en Venezuela.
Triplicar la producción desde los niveles actuales implicaría una demanda eléctrica adicional de, al menos, 900 MW solo para el sector petrolero. Sumados a un déficit base que ya supera los 2.500 MW, el resultado no sería una crisis administrada sino un colapso real y permanente de la red.
El límite del crecimiento económico venezolano no está en el subsuelo. Está en los cables.Hasta que Venezuela no resuelva su déficit de generación térmica, no capture el gas asociado a escala industrial, y no rehabilite la red de transmisión, cada nuevo barril que suba a la superficie llegará con una factura anexa: más horas de oscuridad para alguien, en algún lugar del país.
No se puede bombear petróleo en la oscuridad. Y en Venezuela, la oscuridad la produce el petróleo.