SAN ANTONIO, Texas – El cronómetro del AT&T Center llegó a cero el sábado por la noche, pero el estallido sísmico se sintió a más de 2.500 kilómetros de distancia, en los cimientos del Madison Square Garden y en cada rincón de Manhattan.
Con una sufrida victoria por 94-90 en el quinto juego de las Finales, los New York Knicks derrotaron a los San Antonio Spurs (4-1 en la serie), sepultando de golpe una de las sequías más icónicas y dolorosas del deporte profesional: 53 años sin un campeonato de la NBA.

La gesta no tuvo nada de alfombra roja ni de paseo cómodo. Fiel al ADN combativo que imprimieron a lo largo de los playoffs, los neoyorquinos tuvieron que masticar arena antes de tocar la gloria. Durante gran parte del encuentro, la joven y desafiante escuadra de San Antonio, comandada por un imponente Victor Wembanyama, amenazó con estirar la serie y forzar el regreso a la Gran Manzana.
Los Spurs llegaron a construir ventajas de doble dígito, castigando en la pintura y castigando el cansancio de unos Knicks que venían de hacer historia en el Juego 4 con la mayor remontada en las finales de la liga.

Sin embargo, el destino de esta temporada ya estaba sellado por la madurez y el pulso de un hombre: Jalen Brunson. El base y capitán de los Knicks se echó el equipo al hombro en una noche consagratoria en la que firmó 45 puntos.
Con una frialdad quirúrgica, Brunson empezó a recortar la brecha posesión a posesión, orquestando una remontada paciente que culminó cuando Nueva York tomó su primera ventaja de la noche a falta de 3:40 para el pitazo final. A partir de ahí, la experiencia de los veteranos neoyorquinos blindó la defensa y no volvió a soltar la ventaja.

Por el lado texano, el subcampeonato deja un sabor amargo pero un horizonte brillante. Los Spurs, plantando cara con una de las plantillas más jóvenes de la NBA, superaron todas las expectativas de la temporada. Wembanyama volvió a ser un enigma difícil de descifrar, pero la falta de colmillo en los minutos de máxima presión terminó pasándoles factura frente a un rival sumamente batallador.
El cierre del partido dejó también una imagen para el recuerdo. Durante la euforia de las celebraciones, el polémico propietario de los Knicks, James Dolan, tomó el trofeo Larry O’Brien antes de la presentación oficial y, rompiendo el protocolo, le gritó al micrófono: «¡Oye, Nueva York! ¡Lamento que haya tomado tanto tiempo! ¡Pero aquí estamos!».
Mientras las luces del estadio en Texas se apagaban, en Nueva York la madrugada apenas comenzaba. Las calles se llenaron de fanáticos que salían de los bares en un estado de incredulidad colectiva, interrumpiendo el tránsito con cánticos y fuegos artificiales. Para una ciudad que no celebraba un título masculino de las cuatro grandes ligas desde el Super Bowl de los Giants en la temporada 2011, el triunfo es un desahogo generacional. Desde los tiempos de Walt Frazier y Willis Reed en 1973, la mitad de la ciudad nunca había visto a sus Knicks levantar el oro; hoy, el hechizo finalmente se ha roto.
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