Por Marc Tecnólogo.
Maritza González vende en Caja Seca, en el Sur del Lago de Maracaibo. A finales de septiembre contó a la prensa local cómo es su día: cuatro horas sin luz en la mañana o al mediodía, y otras cuatro en la noche. «Esto que vivimos es fuerte», dijo. Nadie le ha explicado qué cambiarían unas elecciones en Venezuela con el país a oscuras.
Esa misma semana, el 22 de septiembre, Delcy Rodríguez se reunía con Donald Trump en un hotel de Nueva York. Al mismo tiempo, en Panamá, el equipo de María Corina Machado denunciaba que otra vez le habían impedido volar a Venezuela.
Basta leer esas tres noticias juntas para entender de qué va todo esto. La que arregla sus asuntos con Washington es la vicepresidenta de Maduro. La que arrasó en la primaria de 2023 no puede pisar su país. Y Maritza sigue contando horas sin luz.
De hecho, nada de eso es casualidad. Es el producto de 27 años de una clase política, chavista y opositora, que dejó esto: unos destruyeron el país y los otros nunca supieron impedirlo.
El 18 de septiembre, la demanda eléctrica llegó a 16.030 megavatios, la más alta en nueve años. Sin embargo, Corpoelec no pudo cubrirla. Cinco días después, su presidente admitió que no hay fecha para normalizar el servicio.
Y ahora, con el país a oscuras, el chavismo pide paciencia y la cúpula opositora pide fecha para unas elecciones en Venezuela. Unos administran la oscuridad; otros se pelean por el interruptor. La pregunta que debemos hacernos es otra: ¿qué se vota exactamente cuando el país no tiene luz?
Lo que heredaría el ganador no se arregla con una boleta
La Venezuela de octubre de 2026 no es un país listo para unas elecciones. Es un país que sobrevive por turnos de luz. Además, el déficit de generación podría superar los 3.000 megavatios. El 27 de septiembre hubo protestas por los cortes en Portuguesa, Cojedes, Aragua, Monagas y Barinas.
Tres de cada cuatro hogares cobraron en 2025 algún bono del Estado. El salario mínimo equivale a unos 15 centavos de dólar. Mientras tanto, el poder real se reparte entre Delcy Rodríguez y un Washington que, en palabras de Trump, tiene «el control total» del negocio petrolero.
Ese es el país que recibiría quien gane unas elecciones en Venezuela convocadas mañana, o en un mes, o en seis meses. Un sistema eléctrico que necesitaría entre cinco y quince años para optimizarse. Millones de familias atadas a un sistema de bonos que diseñó el chavismo. Y un poder de facto que no se va porque alguien gane en las urnas.
Hay que decirlo sin rodeos: Venezuela no necesita elecciones ahora. Por el contrario, necesita claridad. Debemos saber cuánto le queda a un chavismo que lleva 27 años destruyendo todo lo que toca, en qué punto de las tres fases que planteó Washington estamos y si seguiremos creyendo en una oposición que en 27 años no logró nada… bueno, sí: sostener al chavismo.
Y, mucho más importante, necesitamos criterio ciudadano para no volver a entregarle el país a quien no sabe o no quiere gobernarlo.
A Delcy le firman contratos; a la oposición le dan largas
Empecemos por lo que la épica opositora prefiere no decir. A Maduro no lo sacó una elección, ni una marcha, ni un comunicado de la Plataforma. Lo sacó un operativo militar de Estados Unidos en la madrugada del 3 de enero, que de paso dejó sin luz partes de Caracas. Veintisiete años de oposición, y el trabajo lo terminó otro. Hasta Machado lo admitió: hacía falta «una fuerza real».
Ese mismo 3 de enero, Delcy Rodríguez salió en televisión con el rostro serio y juró que en Venezuela había un solo presidente: Nicolás Maduro Moros. Pero no era una funcionaria cualquiera. Fue su vicepresidenta desde 2018, ministra de Economía y Finanzas entre 2020 y 2024 y después ministra de Petróleo. La mujer que hoy promete recuperar el país es la misma que administró su ruina.
Ese mismo día, además, Trump la dio por juramentada. De ella dijo que «no tiene otra opción de cualquier manera». De Machado, que «no cuenta con el apoyo ni el respeto dentro del país». Nuestra lectura: con eso no se refería a la población, sino a quienes son capaces de mantener el país funcionando.
Machado le regaló su medalla del Nobel a Trump. El día que él la recibió en la Casa Blanca, su portavoz aclaró que mantenía su opinión: ella no tenía los apoyos para liderar. La medalla se quedó en Washington. El respaldo, no.
Trump y las elecciones en Venezuela: «demasiado verde»
Nueve meses después, el tono con Delcy es otro. En una entrevista con Time, publicada el 1 de octubre, Trump dijo que con su gobierno «trabajamos bien juntos». Sobre el petróleo soltó: «tenemos el control total de todo». Y sobre las elecciones opinó que Venezuela está «demasiado verde».
La Casa Blanca ya había dicho en enero que Delcy «ha cumplido con todas las demandas» de Estados Unidos. Mientras tanto, el equipo de Machado denuncia siete intentos frustrados de volver. Por su parte, Washington niega haberlos impedido. Y lo que vemos es al liderazgo de la oposición intentando dirigir sus campañas permanentes desde Panamá, sin mucho éxito.
Está claro que a Washington no le importa quién tenga el cariño del pueblo, sino quién obedece y tiene capacidad de cumplir. Por un lado, Delcy entrega petróleo, acuerdos firmados y obediencia. Por otro, la cúpula opositora solo exige una fecha para las elecciones en Venezuela, sin tomar en cuenta las circunstancias que vivimos los venezolanos y que ellos son incapaces de resolver. Y a Trump, por ahora, ni siquiera le interesa fijar fecha alguna.
En Panamá no se reunió una alternativa: se reunió un expediente
Piso E10 del hotel Megapolis, Ciudad de Panamá, 22 de mayo. Era la primera reunión presencial del pleno de la Plataforma Unitaria en más de dos años. Tuvo que caer Maduro, y no por obra suya, para que volvieran a verse las caras.
Llegaron de Caracas, Maracaibo, Washington y Madrid. López y Ledezma volaron desde Madrid. Edmundo González siguió la reunión en una pantalla gigante, también desde Madrid. Es decir, varios de los que exigen fecha para que el país vote viven lejos del país que se apaga.
Afuera, en la concentración de la avenida Cuba, Leopoldo López se hacía selfis con simpatizantes mientras otros le gritaban que se fuera. Esa escena resume a la cúpula opositora mejor que cualquier comunicado: el político posa y la gente le grita.
Adentro, Machado explicó que habían evaluado el plan de tres fases de Rubio y concluido que debía culminar en elecciones presidenciales en Venezuela, para «acompañar y facilitar» ese plan. Traducido: el calendario no lo marca la oposición. Lo acompaña.
Machado sigue siendo la líder de la oposición. Pero un liderazgo también se mide por quién se sienta a su mesa. Y esa mesa era un cúmulo de expedientes.
Panamá: la mesa que exige elecciones en Venezuela
Ahí estaba Rodrigo Cabezas, ministro de Economía de Hugo Chávez entre 2007 y 2008 y militante del PSUV hasta 2017. Que después apoyara a Edmundo González y que el Sebin lo detuviera en 2025 es cierto. También es cierto que durante años fue parte del engranaje que hoy dice combatir.
Ahí estaban AD y Copei, la vieja guardia. Ahí estaba la misma oposición que en 2005 se retiró de las legislativas y dejó la Asamblea en manos del chavismo. La que en 2019 respaldó el «gobierno interino» de Juan Guaidó y en diciembre de 2022 lo disolvió ella misma, con 72 votos de AD, Primero Justicia, Un Nuevo Tiempo y el MPV. Guaidó lo llamó un «salto al vacío». Al final, el empujón se lo dieron sus propios aliados.
Ledezma tuvo que aclarar que aquello «no es un acuerdo para repartir cuotas de poder». Cuando alguien tiene que aclararlo, es porque la sospecha ya entró en la sala.
Nuestra lectura: mientras Machado espera en Panamá, otros ya conversan con las autoridades interinas. Delcy lo dijo ante la ONU, y Rubio precisó que son líderes de la Asamblea Nacional de 2015. La cúpula opositora no solo compite contra el chavismo; compite entre sí por quién se sienta frente a Delcy.
Legitimidad popular sin poder real: así lo resume un análisis de Diálogo Político. Y una cúpula con legitimidad y sin poder suele confundir el protagonismo con la estrategia.
No hace falta inventarle delitos a nadie. Basta con el récord: 27 años, más estrategias que resultados, y un país que solo se movió cuando llegó una fuerza extranjera.
Firmar no es encender: el chavismo apagó el país y ahora pide paciencia
El 19 de abril, en Maracaibo, Delcy Rodríguez le habló a un estado que vive entre apagones. Anunció que estaba «en relación directa» con Siemens y General Electric. Y soltó una frase que retrata al chavismo entero: «Cuando aquí se va la luz en la madrugada yo tampoco duermo».
Ella no duerme. Maritza tampoco. La diferencia es que Delcy tiene el poder de cambiarlo, y Maritza solo tiene el insomnio.
Desde entonces, firma. En junio, un memorando con GE Vernova. A comienzos de septiembre, acuerdos con Chevron y Eni, con el secretario de Energía de EE.UU. presente, y un convenio más con GE Vernova.
Pero firmar no es encender. Más del 80% de las plantas térmicas está fuera de servicio por averías y falta de mantenimiento. El presidente de Corpoelec admite que no tiene cronograma de racionamiento ni fecha para normalizar el servicio.
Sabotaje, sanciones y «Super Niño»
Y el chavismo responde como siempre: culpando a otro. Sabotaje, sanciones, calor, «Super Niño». Rodríguez pidió a los venezolanos ahorrar luz y agua, como si el problema fuera el ventilador de Maritza y no las plantas que ellos dejaron pudrir. Sin embargo, los expertos atribuyen el colapso principalmente a la corrupción y a la falta de mantenimiento. En Portuguesa, con más de ocho horas diarias de cortes, la esposa del gobernador respondió a las protestas: «¿Qué vamos a hacer, una varita mágica?». Nefastos como siempre.
Veintisiete años de destrucción, y los evaluadores calculan entre cinco y quince años más para optimizar el sistema. En otras palabras, destruirlo les tomó una generación. Repararlo, si alguien lo hace, tomará otra.
En enero, Delcy juraba que el único presidente era Nicolás Maduro Moros. En la ONU, en septiembre, habló de democracia, prometió elecciones en Venezuela sin fecha y no lo nombró ni una vez. En resumen, el chavismo no tiene lealtades. Tiene instinto de supervivencia.
Una oposición que pide elecciones en Venezuela sin plan eléctrico
Del otro lado, Guanipa y Capriles respondieron el 5 de septiembre con indignación y una exigencia: un plan con fechas, inversiones y responsables. La indignación es legítima. Pero en estos dos meses no hemos escuchado a un solo dirigente opositor presentar su propio plan eléctrico.
Al fin y al cabo, pedirle el plan al gobierno no es tener uno. Y Capriles, que en 2025 decidió ir a las parlamentarias bajo las reglas del chavismo pese a las críticas de su propio bando, hoy exige planes desde esa misma Asamblea.
Justo es decir que Machado presentó en 2023 una propuesta energética basada en inversión privada, y que en diciembre se supo que la Casa Blanca había revisado su plan de transición, con estabilización en 100 horas y elecciones en un año. En definitiva, el plan existía. Menos de un mes después, Trump eligió trabajar con Delcy. ¿Por qué? Trump lo justificó diciendo que a Machado le faltaban apoyo y respeto dentro del país. Basta mirar a los «líderes» que la rodean para sospechar de dónde viene parte de esa desconfianza.
Hoy, la agenda pública de la Plataforma consiste sobre todo en ir de tarima en tarima y de caravana en caravana exigiendo la fecha y las condiciones de las elecciones en Venezuela, como si eso fuera el santo remedio. De la luz de Maritza se habla en tuits.
Nuestra lectura: Rodríguez firma porque Washington la tutela, no por otra cosa. Lo dijo el propio Trump en enero: no tiene otra opción.
El chavismo dejó un sistema de control social
Hay otro hilo que pesa más de lo que se discute, y que no aparece en los discursos de campaña: los bonos.
Según la Encovi 2025, el 76,7% de los hogares recibió el año pasado al menos un bono del Sistema Patria. Dicho de otro modo, tres de cada cuatro hogares pasan por la misma ventanilla.
Hagamos la cuenta con los datos de agosto. El bono Único Familiar equivalía a 14,79 dólares y cubría el 2,5% de la canasta alimentaria familiar. Por lo tanto, la canasta ronda los 590 dólares. Con el Complementario, la familia recibía 19,73 dólares. Una limosna con sello oficial.
Es peor para los más pobres. Entre los hogares en pobreza extrema, el 85% recibía algún bono en 2023 y el 69% en 2025. El chavismo creó la dependencia y ahora se la recorta a quienes más la necesitan.
El salario de 15 centavos que heredan las elecciones en Venezuela
El salario mínimo sigue en 130 bolívares desde 2022. Entonces eran unos 30 dólares; a finales de septiembre, unos 15 centavos. Lo fijaron cuando la ministra de Economía y Finanzas era Delcy Rodríguez. Ahora su gobierno explica sin pudor que subir salarios dispararía la inflación. Así que el aumento a 240 dólares va por bonos: 200 del Bono contra la Guerra Económica y 40 del cestaticket.
Por otra parte, las prestaciones, las vacaciones y los aportes a cajas de ahorro se calculan con el salario mínimo, no con el bono. Un aumento que no cuenta para las prestaciones no es un derecho.
Es un favor, y los favores se cobran.
Quien gane las próximas elecciones en Venezuela hereda esa ventanilla, y con ella una pregunta que no es de campaña sino de ingeniería: ¿qué la reemplaza, y cuándo? No hemos escuchado a ningún dirigente opositor responderla. Sospechamos que prefieren no tocarla: la ventanilla también da votos.
En 1998 se votó con rabia, y la factura todavía se paga
En 1998, Venezuela votó desde el hartazgo contra una clase política que la había decepcionado, y le entregó el país a un comandante. Veintisiete años después, el hartazgo es el mismo. La clase política, también: una parte destruyó el país desde el poder; la otra lleva un cuarto de siglo prometiendo que la próxima elección sí es la buena.
Lo curioso es que Washington pone el orden al revés de como lo pide la cúpula opositora. El 23 de septiembre, Marco Rubio dijo que lo que amenazaría una «república duradera» sería que alguien ganara y heredara una catástrofe económica y social total. Habló de reconstruir las instituciones antes de celebrar elecciones en Venezuela. Es un argumento de estabilidad, no de democracia. Pero coincide en lo esencial: votar no basta, y reconstruir va antes.
En el fondo, una elección es un interruptor. No es una planta eléctrica. Maritza puede accionarlo mil veces en Caja Seca: si no hay generación, su casa sigue a oscuras.
Los que destruyeron el país deben pagar y rendir cuentas ante la justicia. A los que en 27 años no supieron detenerlos no les debemos un cheque en blanco.
No se trata de renunciar al voto. Debemos exigir lo que viene antes: saber quién manda, con qué plan se repara el país y qué se hace con la ventanilla de los bonos. Y preguntarle a cada candidato cuánto cuesta reencender el sistema y quién lo paga.
Unos quieren que votemos sin preguntar para que nada cambie. Otros, para estrenar el despacho. Es una lectura dura, y no hay por qué suavizarla. Preguntemos.
Así que, cuando nos pidan votar, no preguntemos todavía por quién. Preguntemos si hay luz para leer la boleta.
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