El aire de Maracay se sentía distinto el jueves 21 de mayo de 2026. Para Héctor Rovaín (56 años), Erasmo Bolívar (51) y Luis Molina (58), caminar por la calle sin esposas ni uniformes de presidio era una sensación casi irreal. Hacía menos de 48 horas, la noche del martes 19 de mayo, habían cruzado el portón del Centro Penitenciario Fénix, en el estado Lara, dejando atrás 23 años de una prisión que los convirtió en los presos políticos más antiguos de Venezuela.
Su libertad condicional, enmarcada en una medida humanitaria masiva anunciada por el Parlamento, venía con condiciones. La primera cita con su nueva realidad era obligatoria: presentarse ante el Juzgado Primero de Control del Circuito Judicial Penal del Estado Aragua para conocer el régimen de presentación que guiará sus días.
Llegaron puntuales. Con ellos iba la sombra de más de dos décadas de encierro por los sucesos de abril de 2002 y una condena a la pena máxima de 30 años que erosionó su juventud. Iban con la expectativa de firmar, cumplir con la burocracia y volver a casa a intentar descifrar el país que dejaron a los veintitantos años.
Pero los pasillos del palacio de justicia aragüeño tenían preparado otro guion.

Las horas vacías en el Palacio de Justicia
El reloj avanzaba y la comitiva —integrada por los exfuncionarios, sus abogados y familiares que no les perdían pisada— aguardaba en los pasillos del tribunal. Lo que debía ser un trámitador formal tras una excarcelación de alto perfil se transformó, minuto a minuto, en un plantón.
Ningún funcionario judicial los llamó. Las miradas esquivas del personal y el silencio de las oficinas confirmaban lo que el argot popular describe con crudeza: los habían dejado «embarcados».
«Se presentaron hoy al Tribunal y no los atendieron», relató un familiar visiblemente afectado pocas horas después. La burocracia judicial, indolente ante el desgaste físico y emocional de unos hombres que entraron a la cárcel en el año 2003, simplemente cerró sus puertas por ese día.
La explicación fue escueta y carente de solemnidad: la audiencia quedaba suspendida y diferida. Sin mayores argumentos institucionales, se les notificó que debían regresar el próximo lunes 25 de mayo.
Un viacrucis que se resiste a cerrar
Para Erasmo Bolívar, salir de prisión ya había sido una experiencia sobrecogedora. A las puertas de la cárcel de Fénix, con los ojos nublados por el impacto de la luz del día en libertad, había declarado:
«Le doy gracias a Dios, a todas esas personas que nunca nos han olvidado… No ha sido fácil, ha sido un viacrucis. Sé que no va a ser fácil reincorporarnos tras más de dos décadas».
Ese viacrucis, lejos de terminar con la boleta de excarcelación, sumó una nueva estación de incertidumbre en los tribunales de Maracay. El diferimiento congela el estatus definitivo de las restricciones que pesarán sobre ellos y prolonga la angustia de un entorno familiar que ha pasado la mitad de su vida litigando, marchando y esperando en las afueras de los centros de reclusión.
Los tres exfuncionarios de la extinta Policía Metropolitana se marcharon del tribunal con el amargo sabor del plantón, pero con la firme convicción de regresar el lunes. Tras soportar 23 años tras las rejas, esperar un fin de semana más es solo una raya más en el tigre de un sistema judicial que avanza a su propio y errático ritmo.
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