Llevar una alimentación sustentable requiere considerar varios factores: las necesidades nutricionales de cada individuo, la huella hídrica, la erosión de la tierra, el uso de pesticidas, la procedencia de los alimentos de origen animal o vegetal, entre otros
A pesar de lo que tradicionalmente se cree, las decisiones individuales sobre los alimentos que se consumen pueden marcar la diferencia en el bienestar del planeta.
Transformar los hábitos alimentarios en un consumo consciente y responsable es clave para la sostenibilidad del medio en el que vivimos.
Durante los últimos años, se ha generado un intenso debate sobre la necesidad de cambiar nuestros hábitos alimentarios por diversos motivos, entre los que se encuentra la preservación de los ecosistemas y los equilibrios planetarios.
En el origen de esos debates, hay varios informes y artículos científicos. En ellos, se alerta sobre las consecuencias negativas de mantener las actuales tendencias de producción y consumo de alimentos, y se informa de las opciones para mantener los sistemas alimentarios dentro de los límites planetarios.
La alimentación es una de las actividades humanas con un mayor impacto ambiental. No es la única, pero sí una de las más importantes. Por eso es urgente cambiar nuestros patrones actuales para mejorar el estado del planeta, al tiempo que obtenemos beneficios económicos y de salud.
La cara B de la alimentación
Uno de los impactos que más preocupan de los actuales sistemas agroalimentarios es su gran contribución al cambio climático. La alimentación en su conjunto es responsable del 26 % de las emisiones globales de gases de efecto invernadero. Estas emisiones se producen en todo el proceso de la cadena de valor, desde la producción animal y vegetal (52% y 29% del total de los sistemas alimentarios, respectivamente), su procesado y empaquetado (9%) y el transporte y distribución (9%). Un tercio de estas emisiones corresponden a pérdidas y desperdicios alimentarios.
Además, la forma en que producimos y consumimos alimentos en la actualidad está afectando gravemente a los ecosistemas y a la biodiversidad. Se estima que desde inicios del siglo pasado la abundancia de especies nativas se ha visto reducida en un 20% a nivel global, en gran medida por la sobreexplotación y degradación de los ecosistemas derivadas de la producción agroalimentaria.
Las consecuencias de estas pérdidas no son solo estéticas o patrimoniales (una riqueza ecosistémica de la que no podrán disfrutar las futuras generaciones), sino que suponen una amenaza para el bienestar y la seguridad alimentaria de las personas: la reducción del número de insectos y especies polinizadoras es un gran riesgo para la producción de alimentos.
Por otro lado, los sistemas agroalimentarios, tal y como están mayoritariamente diseñados hoy día, son altamente demandantes de recursos finitos o de lenta recuperación, como agua (más del 70% del consumo de agua dulce total), tierra (43% del uso de tierra libre de hielo y desierto), fósforo (90% de la roca fosfórica usado en agricultura), energías fósiles (30% del consumo energético mundial), etc. En el otro extremo, estos sistemas son una importante fuente de contaminación por el excesivo uso de nutrientes como el nitrógeno y fósforo y la incorrecta gestión de los residuos ganaderos.
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