Amalia Llorca

Amalia Llorca: “Mi sueño era tener un récord nacional”

47 minutos de lectura
Por Katty Salerno

Amalia Llorca es ejemplo de lo que sostenía el beisbolista estadounidense Babe Ruth, uno de los mejores de todos los tiempos: «Es difícil derrotar a una persona que nunca se rinde». Su estatura – 1,56 m, muy inferior a la del promedio de las atletas de alta competencia – nunca la limitó para lograr su récord nacional en los 200 metros mariposa, récord que, además, mantuvo por 22 años; ni le impidió representar a Venezuela en más de 20 competencias internacionales, entre ellas los XIV Juegos Centroamericanos y del Caribe de La Habana, Cuba, en 1982, donde obtuvo medalla de plata.

Mabel, como la llama su familia, entró a la natación a los 7 años junto con su hermana menor, Ana Isabel, por empeño de su padre, un periodista nacido en Alicante, España, que migró en la década de los 50 a Venezuela. Aquí se enamoró del clima, de las playas y de una preciosa merideña a la que desposó y estuvo unido hasta su muerte en 2017. Pero después de que la pequeña Amalia aprendió a nadar todo cambió y ya nunca se distanció del mundo deportivo. Ni siquiera cuando colgó la toalla para continuar sus estudios de Comunicación Social en la UCV, pues al graduarse se dedicó al periodismo deportivo, donde obtuvo dos veces el Premio Nacional de Periodismo Deportivo (1993 y 1999) y se convirtió en la primera mujer en dirigir las páginas deportivas del diario El Universal, hasta febrero de 2019.

«Mi sueño era tener un récord nacional», contó Amalia Llorca en esta entrevista exclusiva con Curadas en la que también mostró que a los 54 años mantiene intacta su pasión por los retos. Ahora lo hace como vicepresidenta de comunicaciones de Bancamiga, institución que le brindó la oportunidad de surcar las aguas del periodismo corporativo.

¿Por qué te llaman Mabel?

¡Qué cómico que me preguntes eso! Se ve que investigaste mucho (risas). Cuando alguien me llama Mabel me voy de inmediato a mi infancia, a gente muy muy cercana a mí realmente, como mi mamá y mi hermana. 

Yo llevo el nombre de mis dos abuelas, Amalia e Isabel. Fue idea de mi madrina, que también era española, de quien mi papá se hizo muy amigo cuando llegó a Venezuela. Ella se casó con un primo de mi papá que también migró a Venezuela. Eran muy cercanos a mi familia, por eso los escogieron como mis padrinos. Entonces mi madrina sugirió que, para que no hubiera dos Amalias, se unieran los dos nombres y así empezaron a llamarme Mabel, que viene de la unión de Amalia e Isabel.  

Ya son muy pocas las personas que me siguen llamando Mabel, solo mi comadre y algunos amigos de la natación. Fíjate que mi hija, Anabel, ni siquiera me presenta como Mabel, sino como Amalia.

Hubo un momento a partir del cual empezó a haber confusión con mis nombres, porque era como tener dos, uno formal y otro informal. Mabel era para la familia y los amigos, pero al momento de ir a una competencia era Amalia y eso empezó a generar confusiones y por eso decidí que mejor me quedaba solo con el de Amalia, y si la decisión había sido darme ese nombre por mi abuela, pues muy bien, listo, soy Amalia.

¿En qué año llegó tu papá a Venezuela? 

Fue en la década de los 50. Él había sido periodista en España, pero aquí se dedicó fue al comercio. Esa pasión que tengo tanto por el deporte como por el periodismo es muy inculcada por mi papá. Él se vino como en una aventura porque le empezaron a hablar de Venezuela, porque en esa época nuestro país le abría los brazos a todos, especialmente a los europeos, y a él le llamó la atención todo eso y se vino a hacer un trabajo en Maracaibo con los palafitos, algo que le llamaba mucho la atención.

Se quedó porque se enamoró de Venezuela. También se enamoró perdidamente de mi mamá, que es muy bella. Le llevaba 15 años. Después se vino a Caracas y la verdad es que nunca me contó si alguna vez intentó ejercer el periodismo. Pero con las relaciones que hizo empezó a dedicarse al área comercial y todo el tiempo estuvo vinculado a eso, al comercio y las ventas.

Tu hermana dice que eres muy pequeña. ¿Cuánto mides?

¡Yo soy mínima para ser una atleta de alta competencia! (Risas) Mido 1,56 m y mis rivales medían un promedio de 1,70. Eso fue una cosa en la que yo nunca reparé y que nunca me afectó, no me limitó para nada. Ahora que soy adulta y pienso en eso digo que en un país desarrollado, donde hay una captación de talento muy minuciosa, a mí me habrían dicho no o tal vez me habrían aceptado como gimnasta. Pero eso me obligó a tener que entrenar el doble. Yo fui una nadadora muy disciplinada y siempre fui detrás de lo que yo quería. Mi sueño era tener un récord nacional.

Siempre que recuerdo eso me veo con mucha ternura. Yo quería ese récord y no lo logré sino a los 15 años, a pesar de haber empezado a nadar a los 7 y debutar internacionalmente a los 10. Todas mis compañeras tenían récords nacionales y yo no. Ese récord de los 200 metros mariposa lo luché muy duro. Y luego de lograrlo me duró 22 años. No lo tenía y cuando lo tuve me acompañó muchos años. ¡Qué tremenda paradoja!

Pero tú me preguntabas por mi estatura. Hay algo que siempre agradeceré y es que mis entrenadores tampoco hicieron mención de mi altura, nunca. Yo creo que una de las cosas que también me ayudó mucho en ese aspecto fue que mis entrenadores y mis padres siempre creyeron firmemente en mí y cuando la gente cree en ti, en todo el potencial que tienes; y cuando uno también cree en uno mismo, pues puedes hacer grandes cosas.

¿Cómo te nació el interés por la natación?

¡Ningún interés! ¡Eso fue obligadísima! (Risas)

Mi papá amaba la playa. Él era muy friolento y por eso dos de las cosas que más le gustaron de Venezuela fueron su clima y sus playas. Él siempre nos contaba lo mucho que le gustaba no tener que pasar más por esos inviernos ni cambios de estaciones que ocurren en Europa. Por eso mi papá y mi mamá se hicieron socios del Club Puerto Azul, para ir a la playa. Después, él dijo que no tenía sentido pasar allí todos los fines de semana y que mi hermana y yo no supiéramos nadar.

Entonces nos metieron en clases de natación, pero a mí me daba pánico que me soltaran en la piscina. ¡Yo armaba unos escándalos horribles, no sabes cómo lloraba! Pegaba unos gritos tremendos. A mi mamá todo aquello le daba muchísima pena y mi papá le decía que me dejara porque tenía que aprender a nadar. Mi papá hizo una alianza con mi primer entrenador, que es José Ramón Noris, y este le dijo un día: ´No te preocupes, que de las grandes lloronas salen las grandes campeonas´. Y mi papá, sin pararle ni medio a los gritos que yo pegaba, ni hacerle caso a lo que le decía mi mamá, me seguía llevando a las clases de natación, hasta que aprendí.

¡Después de que aprendí me encantó! Desde entonces siempre tuve una gran facilidad para nadar mariposa, que es el estilo que, dicen, es el más difícil. Pero a mí el que más me cuesta es el estilo de pecho. Me encantaba nadar mariposa y se lo hice saber a mi segundo entrenador, que fue Gregorio ´Goyo´ Padillos, que ya tiene 94 años y acaba de regresar, contra su voluntad, a las islas Canarias, su lugar de origen, porque estaba solo acá pues sus hijos se fueron del país. Él me ponía unos entrenamientos muy fuertes porque decía que yo era muy disciplinada, pero la verdad es que a mí no me costaba nadar estilo mariposa. Más bien me encantaba, siempre me ha encantado, me gustaba más que nadar libre, que es el estilo por excelencia para entrenar y para todo.

Empecé a los 7 años en Puerto Azul. Cuando vieron que podíamos ser unas grandes competidoras, tanto mi hermana como yo, mi papá se puso a averiguar sobre los equipos a los que nos podíamos unir, sobre todo los que solían ganar en campeonatos nacionales, y así llegamos al Hogar Canario. En ese momento, te estoy hablando del año 75 más o menos, Goyo tenía varios nadadores olímpicos que habían representado al país y entonces nos pareció que nadar con él era muy importante. ¡Era el mejor entrenador del país en ese momento! Además, la gente del Hogar Canario fue muy cálida, muy cariñosa y también nos quedamos por eso.

La desventaja era que nosotros vivíamos en El Cafetal y el Hogar Canario queda en El Paraíso, por lo cual nuestra madre tuvo un rol superimportante para el desarrollo de nuestra carrera como nadadoras. Estudiábamos en el colegio El Ángel, en Chuao, y había que hacer ese viaje de El Cafetal a El Paraíso y de El Paraíso a El Cafetal todos los días y dos veces al día, porque nadábamos en las mañanas a las 5 y en las tardes a las 6. Nos levantábamos a las 4 de la mañana para ir a nadar, siendo unas niñas. Y nuestra gran aliada era mi mamá, porque mi papá trabajaba y entonces ella era la que se encargaba de esa rutina.

En este país no puedes hacer deporte de alta competencia si no tienes a tus padres y, en nuestro caso, a una heroína como mi mamá, que estuvo siempre ahí con nosotras además de estar pendiente de la comida y de todo lo que necesitábamos para poder desarrollarnos como atletas de alta competencia. A mi hermana y a mí nos llamaban «las Llorquitas».

Luego entré a la selección nacional de natación (1974-1986) e hice mi primer viaje internacional en 1977, a un campeonato en República Dominicana. Yo tenía 10 años y el chequeo se hacía en la piscina olímpica de la UCV.  Recuerdo que un día iba con mi papá a ese chequeo y en el camino nos encontramos con Chichí Hurtado, que en esa época era el periodista de natación por excelencia, y mientras caminábamos nos señaló la escuela de Comunicación Social y yo le dije: ´Ahí es donde yo voy a estudiar´.

¿Qué sentiste en ese momento que te llevó a decir eso?            

¡Una emoción muy grande, ¿sabes?! ¡Yo decreté eso a los 10 años!

Seguimos caminando, me hicieron el chequeo y clasifiqué. Fue glorioso, sentir, siendo tan niña, que vas a representar a tu país, que vas a ser parte de ese equipo. ¡Eso es una de las cosas más bellas que he vivido! Yo me siento muy privilegiada por eso. Todo lo que pudo ser el sacrificio de entrenar, de cumplir con esa rutina tan forzada, de tener que estudiar y nadar y de repente no tener esa vida «normal», así, entre comillas, de tus compañeros de clase, de tus amigos vecinos, tenía una compensación grandísima al poder representar a Venezuela, formar parte de una selección, vivir la alta competencia y conocer a tanta gente y a tantos atletas.

¡Eso es una emoción grandísima y algo que te llena de mucho orgullo! Yo representé a Venezuela en 20 competencias internacionales y eso siempre fue maravilloso. Cuando entonan el himno nacional y uno está en el podio ¡es superbonito, superbonito!

¿Y no extrañabas la vida “normal” de tus amiguitos?

¡Claro, mucho! Porque uno termina siendo, además, como el bicho raro del grupo (risas). Eso de llegar a clase con el cabello mojado y oliendo a cloro; que la gente lo viera a uno y se preguntara qué nos pasaba. Que nos invitaran a fiestas y no pudiéramos ir porque teníamos que entrenar. Los compañeritos nos decían ´¡qué fastidio que siempre estás entrenando!´. Eso no es fácil.

Pero también tuve muy buenas y bellas amigas en el colegio. En 1983 participé en los Juegos Panamericanos, que se hicieron en Venezuela, y ellas se fueron a la competencia con unas pancartas para auparme. ¡Me hicieron una tremenda barra!  En el colegio también siempre fueron muy solidarios con nosotras. Cuando llegábamos de las competencias con nuestras medallas, el director, que en ese momento era Gerardo Blanco y que hoy en día está vinculado al teatro, nos felicitaba por el altavoz y se mostraba muy orgulloso de nuestros logros. Pero había esa otra parte a la que te refieres. No puedes llevar la vida normal que llevan los demás. Pero también tiene su lado bueno, como todo.

Cuéntame cómo fue el proceso de preparación que te llevó a marcar tu récord nacional en los 200 metros mariposa.

Estaba en cuarto de bachillerato y nos preparábamos para los Juegos Centroamericanos y del Caribe que ese año, 1982, se realizaron en La Habana, Cuba. Goyo me había dicho que debíamos entrenar muy duro y que el plan final lo empezaríamos a partir de junio, porque la competencia era en agosto. Por eso me pidió que eximiera todas las materias para no tener que presentar exámenes finales en julio y poder concentrarme en el entrenamiento. Y lo hice, con excepción de matemáticas, que nunca fueron mi fuerte.

Después de eso fue una cosa bárbara: lo único que hice fue entrenar, comer y dormir. Hay muchos chistes acerca de la vida de los nadadores porque esa es nuestra vida: entrenas, comes y duermes. Y eso era lo único que yo hacía en ese momento.

Cuando nos enfocamos en ganar la medalla de oro no nos salieron las cosas bien, porque eso genera mucha presión y uno se pone muy nervioso. Las cosas, a veces, no siempre salen como uno quiere. Entonces él me propuso que entrenáramos para hacer la prueba de los 200 metros mariposa en un tiempo de 2:20. Los entrenamientos se dividen en bloques de series. Son series de 50, 100 y 200 metros. La serie de 50 metros debía hacerla siempre a menos de 35 décimas.

Entre junio y agosto hice todo lo que Goyo me dijo. ¡Todo! Yo podía estar muriéndome, porque había veces en que me sentía de muerte, pero me decía «tienes que darle». Y llegamos a La Habana con la meta de hacer 2:20. No pensábamos en medallas ni en más nada: el foco era hacer 2:20.

Esa competencia fue muy emocionante, porque yo soy de la generación de Alberto Mestre y Rafael Vidal, unos nadadores superextraordinarios, y a ellos dos les había ido muy bien, eran la sensación de esos juegos. A las mujeres no les había ido bien y a mí me tocaba competir el último día.

Las eliminatorias para clasificar a la final se hicieron en la mañana y todo iba de acuerdo a lo previsto. Yo voy por el carril número 6 (en natación el mejor carril es el cuatro, luego siguen el 5, el 3 y el 6).  Yo en lo único en lo que pensaba era en el 2:20. ¡Lo cuento como si hubiera sido ayer y ya van a ser casi 40 años de eso, pero me emociono igualito como si fuese ese día!

Veo a mi mamá y a mi hermana en las gradas y me lanzo con las cuatro piscinas. En la primera piscina iba de última y mi mamá dice ´ay, Dios mío, no puede ser´, según me contó después. En la segunda piscina, cuando termino, ya voy sexta. Para la tercera piscina, Goyo me había dicho que un poco antes de llegar a la pared empezara a acelerar para agarrar ritmo y poder rematar fuerte. Yo era fondista, entonces teníamos que seguir esa estrategia para aprovechar esa habilidad que yo tenía y administrar el fondo.

En esa tercera piscina, en el momento acordado, empiezo a acelerar, toco, me regreso y ahí empiezo a escuchar ´corre´, ´corre´ y siento que voy pasando a las personas que tenía a mi lado. Le voy dando durísimo, durísimo, durísimo e hago un remate superfuerte en la última piscina, toco la placa y me volteo porque no sabía que ya había llegado. Después es que me entero de que había marcado 2:19:74, o sea, tres décimas menos de lo previsto, del 2:20 que nos habíamos trazado como meta.

Veo a Goyo y nos saludamos; veo a mi mamá supercontenta y ella me hace una seña y es cuando me entero de que había llegado de segunda y de que había ganado la medalla de plata. Las deportistas venezolanas no habían ganado ninguna medalla individual en esos juegos, por lo cual me tocó hacer podio. ¡La emoción fue tan grande que no salí por las escaleras sino por la placa y abracé al cronometrista! (Risas). Me han podido descalificar por eso, en esta época me habrían descalificado.  ¡Gracias a que eso fue en el año catapum, porque si no…! Después de eso nadé cuatro años más, hasta 1986.

¿Alguien se acercó en esos 22 años a ese récord tuyo?

¡Claro que sí! Había muchas chicas que querían batirlo y me lo decían, ya para entonces yo era reportera. Hasta que lo batió María Rodríguez, una chica de Lara, en una competencia nacional.

¿Por qué nunca fuiste a unos juegos olímpicos?

Porque en esa época era sumamente estricta la selección para participar en unos juegos olímpicos y yo era categoría B. A mí me quedó esa espinita de no haber podido ser olímpica y me la saqué de alguna manera siendo periodista deportiva, cuando fui a cubrir los Juegos Olímpicos de Sidney, en el año 2000. Lo viví desde ese otro lado, pero también fue muy emocionante. Fue una experiencia muy hermosa.

¿En qué momento comenzó a confluir tu condición de nadadora con la de periodista?

Siempre que iba a un juego o una competencia me encontraba con periodistas, que se acercaban para entrevistarme y a mí no me daba pena declararles. Me había hecho amiga de muchos de ellos y esa afinidad me hizo como reafirmar mi deseo de ser periodista, más la influencia de mi papá, por supuesto. Entonces la idea de ser periodista empezó a darme vueltas en la cabeza.  Te cuento una anécdota de algo que me pasó y que me marcó mucho porque de ahí es por donde vienen los tiros.

Después de esos juegos del 82 llegamos de La Habana y el entonces presidente Luis Herrera nos recibió. Él siempre recibía a los deportistas y eran encuentros muy espontáneos; a él le gustaba ese acercamiento con los atletas porque le encantaba el deporte. No era que se aprovechara, por razones políticas, de una delegación a la que le haya ido muy bien en una competencia. Su interés era genuino. Una vez, por ejemplo, en una competencia distrital, que no tenía ningún tipo de rango, se presentó y puso a todo el mundo a correr porque no había ni siquiera podio para hacer la premiación. Y él nos premió sobre los tacos de salida. ¡Fue muy emocionante ver al presidente hacer eso de presentarse de repente en una competencia!

Entonces, al llegar de La Habana nos dicen que hay que ir a Miraflores porque el presidente nos va a recibir y que aprovecharíamos el encuentro para hacerle unas peticiones para los Juegos Panamericanos de 1983 (que se celebrarían en Venezuela, junto con otros variados actos que se organizaron en el país con motivo del bicentenario del nacimiento del Libertador Simón Bolívar).

Los delegados de las distintas disciplinas deportivas se reúnen y definen las peticiones que quieren plantear. Allí había cualquier cantidad de atletas, pero ¿a quién eligen para ser la vocera ante el presidente? ¡A Amalia! Yo apenas tenía 16 años, me sentía muy honrada pero también muy asustada. Entonces me entrenan sobre lo que debía decir y me lo escriben en un papel. Cuando llega el día, empiezo: ´Señor presidente…´ y la voz era perfecta, la dicción también, pero el papel que tenía en las manos me delató porque yo era una gelatina de tanto que temblaba. ¡La guachafita después fue horrible con todas las bromas que me hicieron! (Risas)

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Después de eso me entusiasmé mucho con la idea de estudiar periodismo, además de que siempre me gustó mucho leer y escribir. En algunas oportunidades me pasó por la mente estudiar otras cosas, como turismo o relaciones internacionales. En otro momento me dio por estudiar biología marina. Pero al final terminé cumpliendo aquella sentencia que hice a los 10 años.

¿Seguiste entrenando mientras estudiabas la carrera de periodismo?

No, eso también era muy difícil en mi época. Por lo general uno dejaba de nadar cuando entraba a la universidad porque de verdad es muy forzado. Sin embargo, yo nadé hasta el quinto semestre, es decir, continué nadando hasta la mitad de la carrera. Y en eso también tuve muchísima suerte porque el director de la escuela en ese momento era Eleazar Díaz Rangel, quien siempre estuvo muy vinculado al deporte y apreciaba mucho a los atletas de alta competencia, a quienes reconocía públicamente, y eso me dio alguna facilidad para poder continuar nadando.

Cuando estaba en el quinto semestre venían unos juegos panamericanos a los que me habría encantado asistir. Fui a hablar con Fernando Romero, entonces responsable del Comité Olímpico, y le pregunté si tenía posibilidades de ir a esa competencia, porque el plan de selección en ese momento era muy estricto. Ahora hay otras maneras. Pero en esa época, por ejemplo, la marca B nunca iba a ese tipo de competencias. Y él me dijo que si yo no hacía la marca A, no podía ir. Fue entonces cuando decidí retirarme, porque dije que no valía la pena dejar de estudiar si corría el riesgo de luego no clasificar a esos panamericanos.

¿Y ahora no nadas, aunque sea por satisfacción personal?

Es que es difícil. Durante el tiempo que estuve como jefe de deportes en El Universal casi nunca podía escaparme para ir a nadar. Entonces me puse a correr y era muy cómico porque la gente me decía «vuelve a tu medio natural, eres una traidora» (risas).

Hace poco, como tres años, fue que volví a la natación. No con el ánimo de competir, porque creo que ya de competencias tuve suficiente. Ahora es más por salud, por recreación, sin ningún tipo de presión. Nadar es muy rico, muy terapéutico. Para mí el agua es lo máximo. Yo siento un gran paz en el agua. Esa es otra de las cosas que me conecta mucho con la natación, porque cuando nadas estás muy dentro de ti. Yo siento una gran paz nadando. Siempre ha sido así, pese a que tenía que entrenar muy duro. Pese a la sobrecarga y las exigencias de los entrenamientos, siempre me he sentido muy en paz al nadar. Esa conexión es superbonita, es muy tranquilizadora y hasta muy sanadora. Tengo amigos que han resuelto divorcios nadando» (risas)».

La discriminación por su estatura de la que nunca fue víctima Amalia Llorca en la natación, sí la sufrió de parte de sus colegas cuando se convirtió en la primera mujer en dirigir las páginas deportivas de El Universal, un hecho trascendente en Venezuela y en ese periódico, que en ese momento se le consideraba muy conservador. «Yo agradezco muchísimo esa oportunidad. Agradezco mucho a las personas que estaban al frente del diario en ese momento, especialmente Elides Rojas, Miguel San Martin, Roger Vivas, que confiaron plenamente en mí para que yo estuviera al frente de esa sección, en que yo fuera la primera mujer editora de deportes de El Universal, un periódico de tanto prestigio y de tanta trayectoria. Como dices, el periódico era muy conservador y esa decisión significaba una ruptura. María Teresa Mata también tuvo que ver con esa decisión, y le agradezco muchísimo.

Eso fue un sacudón no solamente en El Universal sino en el ámbito del periodismo deportivo, creo. Y realmente no fue fácil. Mis mejores amigos se convirtieron en mis mayores adversarios, por decirlo de alguna manera. A mucha gente no le gustó que me nombraran para ese cargo. Intentaron descalificarme. Pero yo seguí adelante y creo que lo hicimos muy bien, que tuvimos grandes logros.

Fue una experiencia bellísima. Me encanta el periodismo y creo que trabajar en una redacción es lo máximo. Para mí es muy adictivo eso de estar tras la noticia, tras un hecho que nace y muere el mismo día. ¡Esa es una actividad de alta competencia también, eso es adrenalina pura! (Risas). Fue muy retador porque el periodismo deportivo nunca se detiene. Sales de la temporada de béisbol local y pasas a la de las grandes ligas. Luego vienen las temporadas de fútbol, las ligas de campeones, los grandes slam en tenis. Hay momentos en que esas cosas se te solapan y se unía la Eurocopa con la Copa América. Era manejar grandes equipos de gente para que esas coberturas salieran lo mejor posible.

Y como periódico siempre íbamos adelante tratando de adaptarnos a los cambios, entonces hacíamos relatos en vivo en béisbol, en fútbol. Cubrir los juegos olímpicos de la mejor manera. Todo eso requería una exigencia máxima y creo que cumplimos esos retos.

¿Y cómo fue tu experiencia en las Olimpiadas de Sydney 2000, adonde fuiste ya no como atleta sino como periodista?  

Yo siempre tuve ese sueño olímpico. Creo que el sueño de todo atleta de alta competencia es ir a unos juegos olímpicos. Yo no lo pude hacer como atleta, pero tuve la grandísima suerte de hacerlo luego como periodista. En ese tiempo, como ha pasado siempre con todos los medios, al menos en nuestro país, nunca había suficientes recursos para esas coberturas. Me dijeron que me podían costear una parte del viaje, que además era muy largo, y yo busqué recursos por otra parte. Fui como ancla y comentarista del programa de Pedro Penzini y trabajé también con Eli Bravo y Polo Troconis haciéndoles reportes de los juegos en los que participaba Venezuela.

Fue muy retador porque el cambio de horario exigía mucha planificación y al hablar debías cuidarte mucho porque ´hoy´ era ´ayer´, lo cual era un enredo. También me ocurrió que solamente tenía seguridad de habitación por ocho días, y aun así me fui y resolví que allá vería cómo me las arreglaba.  Cuando llegué me di cuenta de que todo estaba copado.

En la primera actividad en la que participó Venezuela, que fue de triatlón, donde todas las esperanzas estaban puestas en Gilberto González, me voy a cubrir la competencia y al llegar veo una bandera de Venezuela. Entonces me acerqué al grupo para entrevistarlos y pedir ayuda, a ver si me indicaban dónde podía hospedarme. Cuando les expliqué mi situación de inmediato me dijeron que me quedara en su casa. Eran unos venezolanos que habían emigrado a Australia y me dieron alojamiento por 15 días, lo que me permitió quedarme tres semanas en total y poder cubrir los juegos. ¡Fueron muy amorosos conmigo, la verdad! 

Ese es un ambiente hermosísimo, de mucha hermandad, conoces un gentío de diferentes países. El centro de prensa, los restaurantes, los equipos, la tecnología… todo es como estar en el primer mundo del deporte. Me impresionó mucho la gente de Sport Illustrated, que tenía toda una sala para sus periodistas y sus equipos. Había también una pared inmensa con las horas de todos los países del mundo.

La gente siempre me pregunta sobre la diferencia entre unos juegos olímpicos y un mundial de fútbol, y creo que cada uno tiene su particularidad. Yo también tuve la oportunidad de ir al Mundial de Rusia, en 2018, aunque por muy pocos días, y me pareció que la dinámica es muy distinta. ¡Yo me quedo con mis juegos olímpicos, la verdad! (Risas)

¿Y cuándo diste el salto al periodismo corporativo?

Ese salto lo di debido a las circunstancias. Todo lo que terminó ocurriendo en El Universal me hizo pensar en ciertas cosas. Sentí que lo que yo tenía para dar al periódico ya lo había dado y empecé a abrirme a otros espacios, a pensar en hacer otras cosas. Entonces Alberto Camardiel, que es una bellísima persona y un gran amigo, me abrió los brazos para llevarme a formar parte de esta familia que es Bancamiga. Él me permitió hacer una transición lenta y cómoda hacia el periodismo corporativo. Así lo hicimos y sin darme cuenta esto me empezó a absorber.

Esta es una institución muy innovadora, muy movida. Poco a poco me fui metiendo y metiendo y aquí estoy, muy feliz de haber tomado esta decisión. Me ha ido muy bien, la verdad. Aquí he vivido nuevas experiencias ¡y eso siempre me gusta! Me ha tocado cubrir, por ejemplo, cosas que jamás me hubiese imaginado cubrir estando en un banco, como lo ha sido el proceso de beatificación de José Gregorio Hernández. Eso para mí fue algo totalmente nuevo, pero también muy mágico y muy retador.

¿Y tu hija no practica algún deporte?

No. Ella, por naturaleza, nada muy bien. Habría sido una supercampeona, porque además tiene un estilo de nadar bellísimo. Una nadadora que la vio una vez me dijo que yo no tenía perdón por no haberla obligado. Pero a ella no le gusta nadar, ni los deportes, ni competir. Yo intenté hacer que nadara, pero nunca quiso. Me dijo que lo que le gustaba era bailar y se metió en flamenco en su colegio y baila bellísimo, pero nunca compitió. Ya tiene 28 años, es odontólogo y después de que se graduó en 2017 en la Santa María se fue a vivir a España.  Yo, con todo el dolor de mi alma, porque es mi única hija, le dije que valía la pena probar suerte y más teniendo la nacionalidad. La animé a que probara y la verdad es que le ha ido muy bien.

Este año yo iba a empezar a nadar otra vez con intenciones de competir. Iba a una competencia que se realizaría este diciembre en España y de paso aprovecharía de visitar a mi hija. ¡Pero vino la pandemia y paró todo! Tal vez retome este proyecto cuando volvamos a la normalidad…

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