Los secretos del Ratón Pérez

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Nunca se puso los aparatos de ortodoncia porque decía que le encantaba tener dientes grandes y un poquito volados ¡Y vaya que al Ratón Pérez le encantan los dientes! El caso es que, a nuestro amigo Pérez, le ocurrió algo difícil e importante que le sucede a todo adolescente: decidir cuál sería su profesión.

Como muchos chicos de su edad, estaba confundido hasta que su mami le pidió que cerrara sus ojos y visualizara aquello que lo hacía feliz. Con los ojos cerrados, el Ratón Pérez comenzó a sonreír.

Se imaginó dándole vueltas a un hermoso globo terráqueo lleno de países y colores maravillosos. Por extraño que parezca, y aquí es donde viene lo raro, descubrió que tenía un poder especial: ¡podía ver los dientes blancos, pequeños, brillantes y fuertes de todos los niños del mundo! Eran tan blancos que parecían de leche, por eso los llamó, dientes de leche.

Fue así como el Ratón Pérez descubrió su profesión y decidió colocar una moneda o un regalo, para cada niño que debajo de su almohada pusiera el diente que se le había caído. ¿Por qué él hace eso? Lo hace para poner esos dientecitos a los abuelitos ratones quienes, por tener muchos años, los han perdido y no tienen con qué masticar.

Les contaré algo que aunque no aparece en los libros, les aseguro que es cierto. Años atrás, el papá del ratoncito Pérez, tuvo que irse rapidito de España porque allí gobernaba un presidente que era muy malo. Fue así que, buscando un futuro mejor para él y su familia, tomó la decisión de viajar hacia América del Sur. En ese continente descubrió un país realmente hermoso llamado Venezuela, en donde lo trataron con tanto amor, que decidió trabajar muchísimo y ahorrar todo lo que podía para traer a su familia y estar todos juntos otra vez.

Fue así como, a pesar de haber nacido en la madre patria, el Ratón Pérez viajó a ese país y consiguió una beca para estudiar en la Universidad Central de Venezuela (UCV), en donde se graduó de Odontólogo con las más altas calificaciones y eso es algo que tampoco muchos saben.

Su mamá, una ratoncita muy dulce e inteligente como todas las madres, recuerda con orgullo el acto académico en el Aula Magna de la UCV. Ese día, el Ratón Pérez, con todo el corazón, lanzó hacia arriba su birrete de graduación. Lo hizo con tanta fuerza, amor y entusiasmo, que quedó guindado del techo y muchos creen que es una de las nubes de Calder. Por increíble que pueda parecer, ese birrete se transformó en un símbolo de lo que significa ser extranjero y estudiar en un país que te ama y adopta como a un hijo propio.

Con el transcurrir del tiempo, el Ratón Pérez montó muchos consultorios odontológicos alrededor del mundo. Todos muy bien equipados con regalos para los niños. Sin embargo, Venezuela siempre ha sido un país muy especial para él. Y es que allí aprendió a sembrar hermosas orquídeas en su jardín, a leer en voz alta bajo la sombra de un Araguaney, maravillosos versos de poetas como Andrés Eloy Blanco y Aquiles Nazoa. Aprendió también (y esto es increíble) a cantar como lo hacen los turpiales, ya que son ellos quienes le avisan en qué casa, un niño mudó o está por mudar un dientecito de leche. ¡Ah!, lo olvidaba, también aprendió a comer pabellón criollo y las arepas rellenas con queso llanero le encantan.

Ahora, les contaré un chisme… resulta que el Ratón Pérez se ha casado con el Hada de los Dientes y en un curso on line, él aprendió a hablar inglés y ella español. Esa es la razón por la que sin importar el idioma, cualquiera de los dos puede buscar el diente bajo la almohada o sacarlo de los zapatos de los niños de donde es más fácil recogerlos.

Nadie tiene idea de cuánto se han modernizado el Ratón Pérez y su señora esposa. Por ejemplo, con su canto, los turpiales les avisan cuando un niño va a mudar un diente y por GPS obtienen la localización exacta de la casa y de la habitación, por eso ya nunca se pierden buscando una dirección.

Ningún niño (y esto casi puedo jurarlo) ha visto al Ratón Pérez. Dicen que en este siglo XXI él ya no usa bicicleta ni patines para trabajar. Ahora viaja en Dron, ya que es un vehículo aéreo silencioso y muy rápido.

A través de whatsapp, su mamá le manda mensajes de texto y divertidos stickers, emojis y memes, que lo hacen reír a veces en momentos muy inoportunos. La otra vez, su mami lo llamó y le encargó Harina Pan para preparar las arepas del desayuno y esa llamada casi termina en un desastre.

-Mami, no puedo atenderte… –susurró el Ratón Pérez escondido detrás de una de las patas de la cama de un niño- Sí, mamá… Ya la compré, pero por Dios, ahorita no puedo hablar. Te llamo luego… ¡Uyyy!, mami, este niño se va a despertar… ¡dame la bendición que este muchachito se movió y no puedo dejar que me vea!

El Ratón Pérez quiere decirles a todos los niños del mundo, que a pesar de que estamos encerrados por la cuarentena, jamás duden que con doble tapaboca, una mascarita de acetato y después de echarse gel desinfectante en las manos, él o su señora esposa, siempre dejarán un regalito o una moneda a cambio de un diente de leche.

¡Ah! Lo olvidaba, otro secreto: el Ratón Pérez ya no vive en una caja de galletas. Desde que se casó, se mudó con su esposa a un pote vacío de Toddy. ¡Le quedó tan cómodo como una casa rodante!

Para terminar, el secreto final: el Ratón Pérez y el Hada de los Dientes consiguieron trabajo como profesores en la Facultad de Odontología de la UCV y según dicen, al parecer, están esperando un bebé que aún no tiene nombre pero que será alimentado con la leche de los dientencitos de leche de todos los niños del mundo.

Y ahora sí me voy. Investigaré cómo descubrieron que de los dientecitos de leche podían sacar leche. Eso tan extraño debo averiguarlo para luego poder contarlo.

Curadas / Jeanette Ortega Carvajal / Vía EL NACIONAL

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