Los chimpancés pueden enseñarnos algo sobre envejecimiento saludable

Los chimpancés pueden enseñarnos algo sobre envejecimiento saludable

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Una investigación sobre la salud de antiguos animales de laboratorio demuestra que para los chimpancés -y probablemente para las personas- «no es la actividad física, sino la inactividad, lo que nos vuelve frágiles»

Cuando Auntie Rose murió a principios de 2007, era la chimpancé más longeva que conocían los humanos. Con unos 63 años, era muy anciana para una chimpancé y sus últimos meses habían sido difíciles. «Había perdido todo el pelo del cuerpo y simplemente iba a gatas por el bosque», recuerda Emily Otali, directora de campo del Kibale Chimpanzee Project, en Uganda, y exploradora de National Geographic. «Me sentí muy mal por ella».

Un chimpancé llamado Yogi, al que vemos en una foto de octubre de 2011, es uno de los casi 60 animales salvajes estudiados como parte del Kibale Chimpanzee Project en Uganda. Fotografía de Ronan Donovan

Con todo, hasta el final, Auntie Rose se defendió. Los chimpancés adultos rara vez comparten comida, ni siquiera con los mayores, así que los animales ancianos tienen que seguir esforzándose por encontrar su propio alimento.

Los animales envejecidos en estado silvestre son menos activos, dice Otali, y podrían volverse un poco débiles y perder masa muscular conforme envejecen. «Pero llevan la vejez mucho mejor que nosotros. Simplemente siguen adelante, es impresionante».

Por su parte, los chimpancés en centros de investigación biomédica de Estados Unidos se consideran geriátricos al superar los 35 años. Cuatro centros mantienen cientos de chimpancés durante años y realizan experimentos diseñados para ayudarnos a curar o prevenir enfermedades humanas.

Cuando estos animales cautivos empezaron a desarrollar afecciones familiares vinculadas al envejecimiento en humanos, como cardiopatías y diabetes, los investigadores se quedaron sorprendidos ante lo similares que son nuestros parientes más cercanos.

En 2015, cuando los institutos de salud de Estados Unidos decidieron abandonar la investigación invasiva en chimpancés y trasladar a los animales a santuarios del país, un informe reveló que decenas de ellos -muchos de menos de 60 años- eran demasiado frágiles para ser trasladados.

Pero los experimentos a los que han sido sometidos podrían solo ser parte de la explicación.

Los científicos han observado a los chimpancés salvajes de la región de Kanyawara, en el parque nacional de Kibale desde 1987, lo que ha ayudado a avanzar nuestro conocimiento sobre el comportamiento de los primates y su relación con los humanos modernos. Fotografía de Ronan Donovan

La investigación en chimpancés salvajes y en refugios africanos -donde tienen suficiente espacio para vagar libremente- demuestra mejor salud en animales envejecidos frente a los de laboratorio

Esto ofrece algunas lecciones sobre formas de cuidar de los chimpancés que todavía están en cautividad. También sugiere que estudiar los problemas de salud de los chimpancés de laboratorio podría no habernos enseñado mucho sobre su envejecimiento natural. El destino de estos chimpancés ancianos cautivos podría revelarnos más sobre el riesgo de los estilos de vida sedentarios para muchos humanos.

Las personas suelen volverse menos activas a medida que envejecen, inspiradas por la profecía autocumplida de que sus cuerpos se debilitan de forma natural y que, por consiguiente, su condición está deteriorándose inevitablemente

Con todo, incluso los chimpancés salvajes como Auntie Rose, que tenía que recorrer varios kilómetros al día para encontrar comida y no recibió atención veterinaria cuando estuvo enferma o herida, parecen envejecer de forma más saludable, señala la antropóloga Melissa Emery Thompson de la Universidad de Nuevo México, codirectora del Kibale Chimpanzee Project.

Los estudios en personas con estilos de vida de cazadores-recolectores, muchas de las cuales siguen siendo activas hasta el fin de sus vidas, también suelen demostrar que se mantienen sanos mucho más tiempo que aquellos que nos lo tomamos con más calma a medida que envejecemos, dice Emery Thompson.

Por ejemplo, la velocidad de marcha de los hadza de Tanzania, que mantienen sus deberes de recolección durante toda la vida, no parece disminuir considerablemente cuando envejecen.

«No es la actividad física, sino la inactividad, lo que nos vuelve frágiles», afirma.

Lo mejor de ambos mundos

En el santuario para chimpancés de la isla Ngamba, en Uganda, los chimpancés confiscados a cazadores furtivos viven en grandes recintos de bosque tropical, donde pueden vagar en libertad. Reciben un chequeo sanitario anual, en el que recaban datos sobre el proceso de envejecimiento.

«Basándose en estudios de poblaciones cautivas, los científicos pensaban que los chimpancés tenían niveles muy elevados de colesterol». Esto lo afirma la antropóloga Alexandra Rosati, de la Universidad de Míchigan. Pero en un estudio reciente, Rosati y sus colegas descubrieron que los chimpancés del santuario de la isla Ngamba tenían un colesterol mucho más bajo que los chimpancés de laboratorio.

A diferencia de los chimpancés en cautividad, aquellos animales observados en refugios o en estado silvestre parecen envejecer de formas más saludables porque se mantienen activos durante toda su vida. Fotografía de Ronan Donovan

Del mismo modo, otros marcadores de riesgo cardiovascular, como el peso, eran inferiores en los chimpancés de la isla Ngamba, dice Rosati. Añade que la explicación podría ser que se mueven más de lo que podían los chimpancés de laboratorio. También comían más frutas y verduras, algunas de las cuales eran silvestres, y no tanta comida para chimpancés con muchos nutrientes que se les suele dar en los laboratorios.

No es que los chimpancés no muestren señales de envejecimiento -señala Joshua Rukundo, el anterior veterinario jefe y actual director del santuario de la isla Ngamba-, la inflamación de las articulaciones es habitual en chimpancés que envejecen, dice. «También suelen sufrir problemas dentales, lo que hace que sean incapaces de digerir alimentos fibrosos. La falta de comida afecta a su inmunidad y se vuelven vulnerables a las enfermedades».

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