Los barcos de Nemi fueron dos barcos ceremoniales muy elaborados, de 70 metros de longitud, que formaban parte de una villa imperial romana de Calígula situada a orillas del lago de Nemi
El emperador Calígula, dentro de sus sueños, cumplió uno. Tener un enorme barco que superara en lujo al que Arquímedes diseñó para el tirano Hierón de Siracusa o al que navegaba al mando de Ptolomeo IV. Quería demostrar que la grandeza del Imperio Romano superaba y por mucho a del Antiguo Egipto de los faraones.
En el año 41 d.C., tras el asesinato de Calígula, el Senado de Roma ordenó que fueran destruidas todas sus obras, fruto de la desmesura y el derroche propios de su locura megalómana. Entre ellas se contaban dos barcos que Calígula había mandado construir como apéndice flotante de una villa imperial situada a orillas del lago de Nemi, un lago de origen volcánico a 33 kilómetros al sur de Roma. Se trataba de dos naves de más de 70 metros de longitud, lujosamente equipadas y dotadas de los más innovadores ingenios náuticos.

Tras su destrucción, los barcos de Nemi cayeron en el olvido, hasta el punto de que las fuentes clásicas nunca los mencionan. Sin embargo, de vez en cuando los pescadores sacaban a la superficie objetos antiguos enredados entre sus redes, y ello alimentó una leyenda popular sobre la existencia de barcos de dimensiones colosales en el fondo del lago.
Primeros intentos
En 1446, Próspero Colonna, propietario del territorio de Nemi y Genzano, fue el primero en tratar de comprobar la veracidad de la tradición local. Confió la investigación al humanista e ingeniero León Battista Alberti, quien encargó la exploración del fondo del lago a los marangoni, buceadores profesionales de Génova. Éstos vieron un único barco de proporciones insólitas y para tratar de reflotarlo se construyó una plataforma flotante con máquinas dotadas de ganchos. Pero sólo se logró arrancar una parte del mismo, que se expuso durante años en Roma.
La admiración causada por aquel descubrimiento alentó los sucesivos intentos de hacer emerger la nave romana, que se creía obra de Tiberio o de Trajano. En 1535 Francesco de Marchi, al servicio de Alessandro de Médicis, se sumergió en el lago durante más de una hora gracias a un extraño artilugio inventado por Guglielmo di Lorena.
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