Groserías

Las groserías son más antiguas que la creación de la escritura

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En todos los idiomas existen las groserías. Las palabras soeces surgen desde el inicio de la expresión humana, asentándose en las diversas culturas.

Hablemos de las groserías. El lenguaje soez o procaz está hecho de expresiones conocidas como malas palabras, improperios o palabras altisonantes.

Estas sirven para insultar o denigrar a otros o para expresar enojo o desprecio.

Aunque hay quienes las usan con tanta frecuencia que ya solo quedan como expletivos.

Es decir, como indicadores de énfasis.

Tradicionalmente también se conceptúan como vulgaridades.

Se dice que quien recurre a ellas es alguien ordinario, carente de educación y de finura.

Las groserías: ¿Quién fue el primero que las dijo?

Es imposible saber quien fue el primero que las empleó.

Se usaron mucho tiempo antes de que existiera la escritura y no queda registro.

Aunque muchos vocablos que hoy consideramos palabrotas no siempre fueron groserías.

Y muchas que antes eran groserías ahora no lo son.

Todo indica que las palabras injuriosas han existido desde que se inició la expresión humana.

Todos los idiomas y todas las culturas tienen un vocabulario soez.

El chiste más antiguo, que data de 1.900 antes de Cristo, era sumerio y se refería a las flatulencias.

No todas las culturas consideran ofensivas las mismas palabras.

Pero las majaderías si tienen en común que hacen referencia a conceptos tabúes.

Son temas de de los que se supone debemos evitar hablar.

Las groserías: La suciedad

Las groserías generalmente hacen referencia a tres tipos de tabúes.

El primero es la suciedad. Son muy comunes las palabrotas que evocan sustancias que instintivamente dan asco o generan desagrado.

Esto tiene que ver con los excrementos, mugre, secreciones corporales o las partes del cuerpo que las producen.

También hay términos relativos a animales considerados sucios.

El sexo es un tema recurrente

En segundo lugar como tabú tenemos al sexo.

Una buena parte de las malas palabras se refieren a las actividades sexuales.

Sobre todo si en determinada cultura se consideran indignas o vergonzosas, aunque no sea cierto.

Los romanos, con su sociedad patriarcal, veían como ofensivas palabras que implicaban que un hombre se subordinaba a una mujer durante la actividad íntima.

En nuestra cultura, derivada de la latina, hay muchas palabras denigrantes relacionadas con quienes ofrecen servicios sexuales, pero ninguna para quien paga por esos servicios.

No podía faltar la religión

El tercer tabú es la religión.

Para muchas culturas los temas sagrados no deberían mencionarse fuera del ámbito de la solemnidad.

Así que relacionar términos sacros con procacidades es especialmente transgresor.

En el cristianismo hay prohibiciones explicitas a mencionar el nombre de Dios en vano y a jurar.

Así que durante la Edad Media si alguien quería parecer muy rudo juraba «por los clavos de Cristo».

O traía a colación objetos sagrados en tono de burla.

Otro medio de insultar es hacer alusión a la poca capacidad intelectual de un individuo comparándolo con un animal considerado como tonto.

También vinculándolo con trastornos mentales.

El vocabulario

Es muy común en las culturas latinas decir groserías invocando a la madre, pues ofenden el nexo sentimental con la progenitora.

Se ha dicho que las malas palabras empobrecen el vocabulario.

Sin embargo, un estudio encontró que personas con más amplio vocabulario conocen toda una gama de groserías.

Igualmente, determinó que las personas más malhabladas suelen tener más tendencia al neuroticismo, la extroversión y la hostilidad.

Y las que dicen menos palabrotas tienden a la amabilidad y minuciosidad.

Proceso cerebral

El lenguaje se almacena en la corteza cerebral, especialmente en el lado izquierdo.

Pero los vocablos soeces tienen lugares y procesos diferentes. Se relacionan con áreas más profundas del cerebro, con el sistema límbico y el procesamiento emocional.

Quizás por eso pronunciamos groserías automáticamente cuando, por ejemplo, nos damos un martillazo en un dedo.

Otras investigaciones afirman que esas palabras tiene efecto analgésico, que ayudan a aliviar el dolor.

Algunos trastornos como la afasia, el síndrome de Gilles de Tourette o el Alzheimer afectan las partes del cerebro que inhiben la expresión de groserías.

Por cierto, esos símbolos que en los comics representan las vulgaridades se llaman «grawlix», bautizadas así por el estadounidense Mort Walker, autor de «Beto el Recluta».

Para insultar no siempre se necesitan palabras procaces, se puede hacer con creatividad.

Lo cierto es que las groserías forman parte del habla cotidiana y su uso dependerá mucho del nivel de educación y formalismo de la persona.

Tomado de CuriosaMente, Wikipedia.

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