La última muerte de Juan Jiménez por Alexander Lugo

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El joropo no está muerto
existe la tradición
mientras Juan Jiménez viva
nunca morirá el folklore.
Al compás de bandolín
Cuatro, maraca y tambor
joropo, joropo bueno
joropo de mi región
(“Recordando a Juan Jiménez”: Hernán Marín)

Sucedió hace cuarenta años, en una desvelada madruga del 21 de octubre de 1981. Contaba con ochenta y nueve años aquel legendario cantador llamado “El canario” por sus extraordinarios dotes, siempre enamorado, siempre elocuente, con una fama que le igualaba en aventuras y romances, errante andariego que con su voz inigualable se anunciaba y con las mismas desaparecía, huyendo, siempre huyendo, cantando, siempre cantando, perseguido por sus demonios y agobiado por la fiereza de su espíritu, se abandonó definitivamente a la obstinada muerte.

Había nacido un desdibujado mes del año 1892, a los pies de las montañas de Tataracual, pertenecientes al macizo de Turimiquire en el estado Sucre. Los hechos de su vida son infinitos e incalculables. En las caminadas noches vagabundas y en los oficios diversos de arrojado temple, iba tramando sus versos que elevaba en canticas llenas de picardía y seducción.

Atraía a la vez que encolerizaba con su figura descomunal de negro orgulloso y esbelto, sus ojos claros verdeaban en cada inspiración que tañía un joropo bueno y se azulaban en los aquerenciados e infaltables registros del amor. Su condición libérrima de bohemio, su frenética trashumancia, su rutina de postergación y enredos, su alcoholizado temperamento, su machismo desbocado, lo elevaban y lo perdían.

Él se sabía superior y predestinado a vivir de su fama, sin otra posible inmortalidad que la de sus estupendo cantar, la de su garganta de oro, la de su alegría para el joropo, la de su cotorreo impecable, por ello la impaciencia de la gloria y la orgullosa presencia que imponía donde quiera que se aparecía fantasmagórico y seductor, y casi siempre insolente y desvergonzado:

“La mía fue una raza que también nació para eso y para dar hombres de verdad… Yo no encontré músico que me regañara, porque cuando este negro Juan Jiménez cantaba, no cantaba más nadie y por eso me quisieron matar por la garganta, porque yo era un trueno, porque no había quien me aguantara estos pulmones, esta caja en el pecho de Juan Jiménez. Las maracas se reventaban, el bandolín agonizaba, el acordeón se paraba en medio del joropo y yo seguía el canto como la primera vez, siempre al compás, sin pelarme en una sola palabra, eso llaman el cantor… ¡Callen la boca, yo soy el que puede hablar!”.

De las tantas muertes de Juan Jiménez -escribe Benito Irady- de las tantas vidas regadas en cada lugar, creció la leyenda del canario que retumbaba con su canto entre la serranía y el mar del oriente. ‘Canario’ Juan Jiménez de negrísima piel y claros ojos azules. Cantor jamás nacido de entre las piedras de Tataracual. Cantor y más cantor con garganta habituada a la brega y al amor inaudito.

Ese proceder, orgulloso y a veces desmesurado no significaba una vanidad, era su parte mecánica de la gloria, era una obligación para su oficio de alborotador de los enjambres amorosos, de los destellos luminosos de quien va repartiendo a manos llenas la felicidad. Asimismo la presunción de la incesante muerte le urgía. Por esa abstracta convicción se anclaba a la memoria de los mayores y buscaba frenético los alivios temporales de los ingentes amoríos:
“Así fui aprendiendo a vivir con el recuerdo de mi raza, de mi mama Nieves Jiménez que era una negra parranderísima, una mujer empantalonada que se mudaba para los bailes, para los velorios, que luchaba, que jugaba la maluca… Yo siempre he vivido con esos recuerdos y con la imagen de mi otra abuela llamada Clemencia Vallejo, que era una negra cantadora…”. Al topárselo en unos carnavales en Cumaná, le pregunta de Benito Irady, si él era el verdadero Juan Jiménez de tanta fama, el popular cantor responde con su voz de canario:

¡Juan Jiménez el que canta
Juan Jiménez el que implora
le roba con la garganta
las niñas a las señoras!

Irady venía desde tiempo atrás preguntando por el legendario cantor, a quien muchos daban por muerto: “Todos me hablaban de las maravillas de aquel hombre y me narraban distintos episodios de su muerte. Que fueron dos, los Juan Jiménez. Que no se lograba diferenciar el uno del otro. Que no había mujer que no se enamorara del hechizo de aquella voz dulce de la caña. Que fueron muchos los hijos regados entre el Valle de Cumanacoa y los distintos lugares en que dejó su encanto, desde las rutas que llevaban del mar de Araya al mar de Paria”.

En el estribillo cotorreao de la canción “Recordando a Juan Jiménez” que le dedica Hernán Marín y que sus primeras coplas sirven de epígrafe a este exordio, se deja oír:

Juan Jiménez, Juan Jiménez
como no te da un dolor
pa’ que no le pique el ojo
a la mujer de Amador.
no esperes a Juan Jiménez
que Juan Jiménez no viene
Juan Jiménez se quedó
con otra mujer que tiene.

Asimismo, Cecilia Todd en el ‘Golpe’ “Juan Jiménez”, entona:

Dicen que hay un cantador
Por los lados de Chiguana
Que lo mientan Juan Jiménez
Y que es muy grande su fama.

Rafael Salvatore lo inmortalizó en una serie de fotografías, ya en sus últimos días. Deambulaba entre la calle del mercado viejo de Cumaná y el rio Neverí, entre el sanatorio para tuberculosos y el asilo donde un paro respiratorio lo enmudeció para siempre. En una de esas gráficas lo vemos sentado en la gruesas raíces de una Ceiba gigante, la más grande de toda esa ribera del Neverí, en posición de cuclillas y con la cabeza de algodón entre las manos enlazadas, que parece en sumisa oración, sus sucias ropas, camisa desabotonada hasta más abajo del pecho, pantalón raído, ruedos disparejamente doblados a mitad de las canillas, alpargatas de tallas mucho menor a las de aquel gigante, ahora convertido en puros huesos y desolación: “este Juan Jiménez que ahora usted ve aquí eschavetado no es ni la sombra. Ya las palabras me vienen como si me van a ahogar”.

Esas borrosas imágenes son suficiente para entreverlo poroso a la muerte, veteado de hastíos y abandono. Ya Juan Jiménez se acabó, les revelaría a Salvatore y a Benito Yradi, mientras les enseñaba las saqueadas encías. Ya resignado a huir, ahora de sí mismo y de sus demonios:

“Yo lleve mucho látigo, me daban con el chicote que era un cabo de pita, un látigo, y yo lo que hacía era huir cuando era un niño, y me fui quedando por ahí, sin tener con quien contar, me fui quedando solo, igual me quedaba en los lugares de sacar las perlas que en los lugares de sacar la sal, o en las rancherías de los pescadores sacando pescado, siempre algo hacía, en otras partes vendía leña, vendía leche de cabra, vendía una botellita que llamaban conga, huía de un lugar a otro para que no me encontraran, porque me buscaban como medio real para darme látigo y castigarme en los espinerales, en los cardonales, tumbando leña en los montes”.

En peregrinación detrás de su historia, Irady recogió innumerables versiones de su vida y muerte:

“Cuando me propuse seguir su historia, recorriendo el propagado imaginario de un pueblo a otro pueblo, lo habían dado de muerto en las Costas de Güiria, allá me habían dicho que murió embarcado hacia Trinidad y me aseguraron que después de su muerte solo se oía una cantica que el mar empujaba en las noches”. También refiere que en Cumanacoa le habían confesado que murió de un “maldeojo” por un maleficio. Más adelante, en las Fraguas, que se había ido a morir a su terruño Tataracual, Por Carupano decían que era nacido en Cariaco y que ya había muerto en Cuamaná. En lo que si coincidían todos era en su habilidad para improvisar canticas, llenando de alegría los joropos y haciendo estallar de gozo las maracas con su canto. Las memorias del padre brotarán de continuo en sus conversas:

“…de esas costas de no sé de dónde, llego mi papá Antero Vallejo, que era un gigante de hombre, era un negro de verdad, venía de esas costas de Paria, dicen que había nacido entre Güiria y Trinidad, de por ahí de afuera de esas costas era él. Murió en Los Bordones y lo enterraron por las playas de San Luis, por ahí donde había un cementerio cerca de una laguna llamada Pozo de Caimán, pero vivió en todas partes y tuvo una cuadrilla de hijos porque fue un hombre mujeriego”… “mi papá no encontró hombre que le pegara, los hombres sabían que Antero Vallejo no era hombre para ellos, había hombres que salían a buscarlo para malograrlo, sin saber que desde ese momento estaban en el otro mundo, porque mi papá tenía los secretos de esta raza grande de nosotros…”

Y así, rememorando a sus mayores, a su vida de leyenda, a sus abundantes amores, y a su condición de errante vagabundo, siguió huyendo del mundo que lo aprisionaba, evadiéndose finalmente de esa vida que le vedaba el aire:

“Yo atravesaba las serranías del Turimiquire y me iba cimarroneando hasta Caripe del Guacharo…” Trabajé en la tierra y trabajé en el mar porque me gustaba andar embarcando. Yo pienso que si me hubiera quedado en Punta Araya, que fuera de mí, si me hubiera devorado un pez o si fuera un gran marino o un gran cocinero de una embarcación, o quizás hubiera aprendido a gobernar un timón para huirme por todos esos mares, porque yo siempre fui un huido…”.

Alexander Lugo Rodríguez
23 de octubre de 2021 a cuarenta años de la huida definitiva de Juan Jiménez

Curadas | Vía Di-Sonancias

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