Vacunas, teatro y odas. Andrés Bello y su “Venezuela Consolada” por Alexander Lugo

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En 1772 se produjo en Venezuela una gran epidemia de viruela, se trató de un brote que se extendió rápidamente sobre todo en los escasos habitantes de la capital, diezmando en poco tiempo a la población contagiada, pues todos los medios para combatirla resultaron ineficaz. El 14 de mayo de 1796 el médico inglés Eduardo Jenner logró por fin, luego de 25 años de experimentación, dar con la anhelada vacuna.

Comenzando el siglo XIX hubo un gran rebrote de viruela en Caracas lo que resolvió al reino de España enviar un buque con la preciada vacuna. Por instrucciones del rey Carlos IV el buque distribuyó su carga en varias islas del Caribe para luego recalar en costas venezolanas.

En 1804 fue introducida por fin la vacuna en Caracas. Este suceso fue de una importancia mayor de la que uno pudiera imaginarse, pues cuando la viruela azotaba a la población, no había remedio alguno, ni más que hacer, que echarse en una cama a esperar el resultado, casi siempre fatal, de la enfermedad.

Tal como sucede hoy en día, según documentos de la época, la gente decía que la inoculación practicada en Venezuela lo que hacía era propagar el mal, estaban muy frescos los estragos causado por la pandemia de 1772.

El primer venezolano vacunado fue el niño Luis Blanco, caraqueño nacido en 1802. Para celebrar tan extraordinario suceso, se efectuó en el Teatro de Caracas, “El Coliseo”, una velada inolvidable, en la cual se puso en escena un “juguete dramático” del joven Andrés Bello, titulado Venezuela Consolada, que corre pareja con su Oda a la Vacuna, dedicadas ambas obras al Rey Carlos IV. Este primer venezolano que fue inoculado con la milagrosa vacuna del Dr. Jenner, murió en 1874 a los 72 años de edad. ¡Salió buena esa vacuna!

PONTE EL SOMBRERO

Por otra parte, el primer teatro de Caracas que merezca ese nombre data de 1784. Situado entre las esquinas de El Conde y Carmelitas. Poco después de construido el teatro, fue entregado por el Gobernador González de Navarra al Ayuntamiento. En un principio se le llamó Coliseo; años más tarde encontramos la designación de Teatro Público. Su
capacidad era de dos mil personas, incluyendo los que estaban de pie.

En sus veintiocho años de vida, hubo en este teatro, comedias, veladas patrióticas y literarias, acróbatas, autos y ópera francesa. Como no había en Caracas ninguna otra diversión, siempre acudía un público numeroso. Aparte los palcos, que se alquilaban, el público que pagaba un real por la entrada y otro real por alquiler de una silla.

Solo el jefe de la familia podía sentarse en el extremo de una fila destinada a las mujeres, si estaba en compañía de los suyos. El reglamento del teatro dictado por el ayuntamiento en 1798 decía, entre otras cosas, que “ni hombres ni mujeres podrán ponerse el sombrero durante la representación”; que no se podrá gritar a nadie y menos a un cómico, aunque se equivoque, “pues no es lícito agraviar a quien hace lo que puede por complacer a los demás”; que “se prohíbe todo bullicio y falta de compostura hasta en los entreactos, so pena de expulsión”.

En los palcos de mantuanos, las cosas eran diferentes, y allí podían estar hombres y mujeres juntos, o ponerse el sombrero si querían.

En 1806 tenía el contrato del teatro Don Benito de Villarroya y Esteller, quien tuvo mala suerte, pues en Caracas, desde hacía muchísimos años, se efectuaban ocasionalmente representaciones en los corrales de algunas casas, y por esta época las funciones de uno de estos, situado por la esquina de la Palmita, comenzaron a atraer tanta gente, que quitaba público al teatro.

ODA A LA VACUNA

Veamos un extracto de la Oda compuesta por el novel poeta Andrés Bello, quien contaba para la fecha con veintidós años de edad, para celebrar la llegada de la vacuna, destacando la gestión del rey de España:

Suprema Providencia, al fin llegaron
a tu morada los llorosos ecos
del hombre consternado, y levantaste
de su cerviz tu brazo justiciero;
admirable y pasmosa en tus recursos,
tú diste al hombre medicina, hiriendo
de contagiosa plaga los rebaños;
tú nos abriste manantiales nuevos
de salud en las llagas, y estampaste
en nuestra carne un milagroso sello
que las negras viruelas respetaron.

Jenner es quien encuentra bajo el techo
de los pastores tan precioso hallazgo.
Él publicó gozoso al universo
la feliz nueva, y Carlos distribuye
a la tierra la dádiva del cielo.

Expedición famosa, tú desluces,
tú sepultas en lóbrego silencio
aquellas melancólicas hazañas,
que la ambición y el fausto sugirieron;
tú, mientras que guerreros batallones
en sangre van sus pasos imprimiendo,
y sobre estragos y ruina corren
a coronarse de un laurel funesto,
ahuyentas a la Parca de nosotros
a costa de fatigas y desvelos;
y en galardón recibes de tus penas
el llanto agradecido de los pueblos.

Ya la hermosura goza el homenaje
que el amor le tributa, sin recelo
de que el contagio destructor, ajando
sus atractivos, le arrebate el cetro.
Reconocidos a tan altas muestras
de la regia bondad, nuestros acentos
de gratitud a los remotos días
de la posteridad trasmitiremos.
Entonces, cuando el viejo a quien agobia

el peso de la edad pinte a sus nietos
aquel terrible mal de las viruelas,
y en su frente arrugada, muestre impresos
con señal indeleble los estragos
de tan fiero contagio, dirán ellos:
«Las viruelas, cuyo solo nombre
con tanto horror pronuncias, ¿qué se han hecho?»
Y le responderá con las mejillas
inundadas en lágrimas de afecto:
«Carlos el Bienhechor, aquella plaga
desterró para siempre de sus pueblos».

Alexander Lugo Rodríguez, 09 de enero de 2022

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