Que cenaron la última noche en el Titanic

La última cena en el Titanic con Daniel Nazoa

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Siempre se habló de los acontecimientos que llevaron al gigante trasatlántico RMS Titanic a hundirse en el Atlántico Norte del 14 al 15 de abril de 1914. Un aspecto a destacar es su última cena.

La última cena en el Titanic con Daniel Nazoa.

Entre la noche del 14 y la madrugada del 15 de abril de 1912 se hundía en el gélido Atlántico Norte, en su viaje inaugural, el buque RMS Titanic.

El presentador Daniel Nazoa nos recuerda que el hecho cobró la vida de 1.496 personas, dando inicio al suceso histórico no bélico más catastrófico jamás registrado.

La última cena en el Titanic: Aquella fatídica noche

La travesía comprendía Southampton, en Inglaterra, de donde partió el barco con destino a Nueva York, en Estados Unidos.

Revisemos un aspecto primordial de aquel acontecimiento: ¿Qué llevaban en sus estómagos las víctimas del naufragio?

Sí, veremos los platos que integraron la última cena que se degustó a bordo del Titanic.

La última cena en el Titanic: Restaurantes a bordo

El navío tenía cuatro restaurantes y el personal encargado eran más de cien personas.

No había hotel en tierra que ostentara el lujo que poseía la flamante embarcación, ni ningún restaurante mejo equipado que los dos que servían a la primera clae.

La carga de comida y bebidas podía mantener durante días a un pueblo de 2.500 habitantes.

Se desglosaba en 34 toneladas de carne de res fresca, 5 toneladas de pollo, 40 mil kilos de papas y 7 mil lechugas, por ejemplo.

En fin, era una fortaleza culinaria flotante.

La última cena en el Titanic: La ocasión postrera

Vamos a centrarnos en el menú de la última cena de la primera clase.

Se sirvió a las 7:30 de la noche y el choque contra el iceberg se produjo a las 11:40 pm, tiempo suficiente para que ya hubieran pasado del postre a la sala de fumadores los hombres, y las mujeres a la tertulia.

De los cuatro restaurantes uno se encargaba de la comida incluida en el pasaje de primera y segunda clase. Otro de los platos de tercera clase, y el restante dedicado a los snacks y desayunos en las terrazas.

Cuenta Nazoa que había un restaurante en primera clase que había que pagar aparte.

El menú fue preparado por el padre de la moderna gastronomía francesa, Auguste Escoffier, uno de los chefs más afamados de la época, creador de las «brigadas de la cocina».

Antes las cocinas eran un caos pero después se les introdujo el orden a través de estas figuras.

El maestro Escoffier puso en su sitio a parrilleros, salseros, pantristas, pasteleros, encargados de las ensaladas y guarniciones, forjando una cadena de proceso.

Pero Escoffier no viajó en el Titanic. En su lugar había dos encargados de los fogones: el inglés Charles Proctor y el galo Pierre Rousseau.

Cabe destacar, dice Nazoa, que los pasajeros de tercera clase podían portar su propia comida, o tenían que comprarla en el expendio de segunda clase.

Un menú célebre

El menú de esa noche costaba unas 3 libras esterlinas por persona, que hoy en día serían unos 350 dólares.

Hablando del menú para los canapés o entradas sirvieron ostras gratinadas al champagne.

Después siguió el consomé Olga, una sopa al Oporto, con una vieira cortada en tres trozos.

Guarnecido artísticamente y cortado en Juliana raíz de apio, pepino, trufas y clara de huevo coagulada en hilos.

Continuaba el pescado: salmón Poché con salsa y pepinos. Para entonces el salmón unas veces se servía entero y otras en rodajas, cocidos en un caldo corto al vinagre.

Aromatizado con cebolla, zanahoria, perejil, laurel, tomillo, pimienta negra y en un caldo por supuesto salado.

Deleite de paladares

Llegaba, entonces, la entrada: filete mignon Lili, que es un corte específico. El mejor es la cola de solomillo de buey.

Cuando Escoffier se trataba de unos filete mignon de unos 250 gramos, salpimentados.

Para los que no comían carnes rojas había el pollo salteado a la lionesa.

Entre sus ingredientes se encuentran un pollo de 2 kilos, troceado en bocados, mantequilla, tomate, dos clases de seta, perejil, un diente de ajo, vino blanco, Armagnac, sal y pimienta.

Y para los vegetarianos flores de calabacín rellenas.

Y como plato principal el gigot en salsa de menta, típicamente inglés que poco ha variado en el tiempo.

Para este plato se necesitan unas patas de cordero traseras, deshuesadas pero sin desarmar.

Y de postre estaba nada más y nada menos que toda la pastelería francesa: pasteles, gelatinas, pudines.

Entre las bebidas destacaban, obviamente, el champagne y el vino.

Anécdota del naufragio

Una anécdota, nos relata Nazoa: el jefe de panaderos en el Titanic, Charles Joughin, al saber del choque con el témpano, se encerró en su camarote con una botella de whisky y se medio emborrachó.

En aquellas condiciones fue a buscar pan para distribuirlo entre quienes abordaban los botes salvavidas. Además, lanzó por la borda sillas y otros muebles para que la gente pudiera encaramarse en ellos.

Hasta sirvió de psicólogo alentando a los náufragos.

Fue uno de los pocos sobrevivientes que flotó en el mar y pudo echar el cuento.

El destilado pudo haberlo animado a burlar la muerte.

Tomado de Daniel Nazoa.

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