VISA Y JURAMENTO PARA INGRESAR A EE.UU.
En 1953, niño el autor de esta nota juro alzando con el brazo derecho sobre un ejemplar abierto de la Biblia colocado en el despacho del Cónsul de los Estados Unidos de América en Caracas, que no atentaría contra la vida del presidente de Eisenhower, entonces iniciándose como huésped de la Casa Blanca. Tan absurda formalidad estuvo relacionada con el viaje a Nueva York que con y gracias a mis padres, Esther Ríos y Guillermo José, tuve oportunidad y privilegio de realizar, ida y vuelta, en uno del par de nuevos aviones Lockheed Constellarion 749 recién estrenados a la Línea Aeropostal Venezolana, vuelo matutino vía La Habana.

En Manhattan ocupamos una habitación en el hotel Park Sheraton y entre otras atenciones contamos con la grata y generosa compañía de Carmen Carvallo, viuda del periodista y escritor Ángel Corao, residenciada en la ciudad de los rascacielos cuyo principal monumento era el Rockefeller Center.
Inolvidable que el balcón y los jardines del edificio en cuya planta baja residía la pariente Carmen, daban al rio Hudson. Cada noche me impresionaba más que durante el día, la intensidad del tráfico en ambos sentidos de barcos circulando por el rio. Lo que menos puede decirse es que era realmente Incesante el cruce del alumbrado por las embarcaciones, casi todos mercantes de poco calado.
La Embajada, como el Consulado de los Estados Unidos en Caracas, antes de pasar a La Floresta en la década de los sesenta, ocupaban varios pisos en el par de edificios para entonces de reciente construcción, situados en la parte baja de San Bernardino, próximos a la intersección de las avenidas Andrés Bello y el final de la avenida El Parque.
En 1958 mis hermanos y mamá pasamos tres meses en la capital de Estados Unidos desde donde, por razones de trabajo de mi padre, regresamos vía Nueva York, el 2 de enero del 59. Walter Kamman Wilson actuaba como el amigo estupendo anfitrión y desde entonces acumule magníficos recuerdos de esa estada en el Hotel Brighton, situado en la California Street.

Visitamos a Marcos Falcon Briceño, el representante de Venezuela ante la Casa Blanca que meses más adelante asumiría el Ministerio de Relaciones Exteriores, a comienzos del gobierno constitucional de Rómulo Betancourt, cartera que estuvo a cargo del uerredista Ignacio Luis Arcaya.
Años después residí en el Washington donde nace mi hijo Diego Antonio Schael Medina. Durante ese entonces colabore a distancia con Ramon Velásquez y la Fundación para el Rescate del Acervo Documental (FUNRES) en localización, selección y remitir documentos relativos a Venezuela hallados, perfectamente clasificados y ordenados en el Archivo Nacional de los Estados Unidos instalado en hermoso edificio situado en el Mall, cerca de los museos smithonianos y la Galería de Arte Nacional.

Toda la documentación rescatada era enviada a la sede de FUNRES en Caracas donde Velásquez, Rafael Ramon Castellanos, el doctor Raúl Ness, entre otros, disponían como seleccionarla y preservar como otras de las fuentes para estudiar historia de nuestro país, según La perspectiva de tan rico y variado acervo documental sin duda que lograba construir el acontecer venezolano, así como reconstruir las relaciones entre Estados Unidos y nuestro país.
En aquel tiempo también colabore con la agencia de Noticias Venpres dirigida en Caracas por Laurenzi Odriozola, instalada en uno de los pisos altos del National Press Building, distante unos cuantos pasos de la Casa Blanca. A cargo de la corresponsalía estaba Delia Linares de Hussein. Coincidíamos en la capital de Estados Unidos, entre otros, los periodistas María Eugenia Diaz, Rodolfo Schmidt, José Egidio Rodríguez, José Antonio Puertas, …
Solíamos coincidir A las doce del día en la Sala de Prensa desde donde reporteros y corresponsales de muchos países cubríamos las ruedas de prensa de la Casa Blanca, Pentágono y Departamento de Estado además de las ocasionales visitas de funcionarios y representantes de empresas y otras entidades privadas o públicas.
La Misión de Venezuela ante la OEA estaba a cargo de Hilarión Cardozo y Kurt Nagel y en la Embajada ante la Casa Blanca, Marcial Pérez Chiriboga.
Me cuento entre los contados venezolanos que en 1979 navegue en el supertanquero Manhattan las aguas de los territorios de Norteamérica entre Alaska, Canadá y la Costa Este de los Estados Unidos gracias por la escogencia de mi persona de Pedro González, representante de la Creole Petroleum Corporation en Nueva York, donde al igual que su padre hizo vida intensa siempre al servicio de los intereses venezolanos.

En el transcurrir de décadas, miles y miles de venezolanos los movilizaban vuelos diarios de VIASA, Pan American, Delta, American Airlines y AVENSA con servicios diarios Caracas-Miami y Maracaibo-Miami. No hubo quien dejase de abordar los jets ida y vuelta alimentados por la oferta turística norteamericana, la opción de contar con una propiedad en Estados Unidos, iniciar o concretar un negocio, servicios médicos o acompañar familiares o amigos…
Si bien en el Norte los funcionarios de inmigración y aduanas no siempre actúan como caramelitos mentolados, pisar territorio estadounidense por puertas formales como Miami, Nueva York, Houston, Dallas, Nueva Orleans, constituía franco motivo de complaciente satisfacción, aunque la razón fuese portar mal cuya solución podía encontrarse en cualquiera de tantos centros médicos. También, llegar en función de proseguir estudios o ahondar en oficios, arte o sin número de especialidades profesionales. Atrayentes lugares de recreo para niños, adultos y personas mayores. Admirar Estados Unidos como tierra de libertades y promisión para latinoamericanos, venezolanos y caribeños. Para ir de compras y gozar de servicios de calidad y confort que no es difícil encontrar, aunque puede ser costoso.

Se hace difícil, lamentable e incluso indignante que en lo sucesivo nada valga el visado oficial como condicionante y llave para viajar e ingresar legalmente, tan siquiera como visitantes de Estados Unidos de América. Nada valdrá incluso si se jure respeto absoluto a la Ley y el Orden, No provocar daño físico o material.
¡Qué tiempos aquellos!

Alfredo Schael
Periodista
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