La roca de playa Larga – por Rodolfo Izaguirre

LA ROCA DE PLAYA LARGA

Atrás queda el caluroso tumulto humano de Naiguatá y la costosa serenidad de los clubes y balnearios privados que se activan en su cercanía y se abre entonces la larga carretera paralela al mar que conduce a Los Caracas, aclamada zona vacacional en tiempos de Pérez Jiménez recuperada hoy, pero solitaria y al parecer militarizada. A la izquierda de la carretera se mantiene la inmensa eternidad del mar y la clara línea de un horizonte inmóvil.

De pronto, la carretera se separa del mar y dando vueltas y más vueltas trepa por la montaña, una montaña gloriosa y exuberante que descubre sus secretos atesorados desde la aurora del mundo, ocultos en lo más hondo de su espesura: su oscura respiración, el sonido del viento removiendo las copas de los árboles, la multiplicidad de su antiguo e intenso verdor, la altura y corpulento vigor de sus árboles que, a veces, cuando logran abrazar su ramaje con el árbol que se levanta enfrente producen túneles de sombra que apaciguan al animal de costumbre que llevamos dentro, y al abrazar sus altas ramas o al separarse y abrir nuevamente el camino me percato y me congratulo porque me doy cuenta de que la naturaleza no se encuentra fuera de mí, sino que vive en mí y al invadirla mientras me encamino junto a Rházil, Charo, Boris y Rubén, mis hijos, hacia una Posada que me espera, me siento vivo y agradecido porque constato que ella no solo me hace mejor persona, sino que me hace más humano.

Por momentos, la montaña cesa y permite ver abajo y desde la carretera el brillo intenso del mar siempre igual a sí mismo como dijera de él el uruguayo Conde de Lautreamont en sus Cantos de Maldoror, el libro que tanto entusiasmo produjo entre los surrealistas franceses. 

Pero vista en perspectiva y desde lejos pareciera mas bien que la montaña quisiera hundirse en el mar, precipitarse en él como las gaviotas o los pelícanos que se lanzan desde el aire y chocan con las aguas siempre en movimiento para atrapar al pez que detectan desde lo alto con persistente y asombrosa mirada sin saber, lamentablemente, que el choque constante contra el mar los pone ciegos y van a morir lejos y en soledad, allá en alta mar.

Y para defenderse del acoso de la montaña y de nosotros mismos, depredadores de profesión, el mar coloca negras rocas de acantilado a todo lo largo de la costa dejando, sin embargo, espacios libres con buena arena para que los convirtamos en playas y lugares de felices encuentros y toneladas de nefastos microplásticos dejados en ellas por gente incivil y sin conciencia.

A veces, a un costado de la carretera se ven muros que ocultan seguramente propiedades que se enfrentan al fascinante y extenso deslumbre del mar y puntos blancos esparcidos por la montaña que no son otra cosa que acogedoras residencias.

En Osma y en Urama sobre ríos inexistentes hay estrechos puentes militares, pero vestidos de civil porque están pintados de amarillo. Y en Urama se encuentra Caluyo, la Posada que buscamos y desde allí se ve Playa Larga que se integra a una hermosa bahía y fue en Playa Larga donde ocurrió la magia de lo inesperado y el asombro que desde entonces no se aleja de mí. 

En uno de los extremos de Playa Larga, se encuentra una enorme roca que merecería permanecer expuesta en un Museo de Arte Contemporáneo, porque el tiempo y la eternidad del mar la han erosionado y convertido en objeto de veneración. Desde el momento en que pisamos la playa, desierta esa mañana, la roca me obligó a fijarme en ella de manera permanente. Era como si me llamara a gritos con recia insistencia.

Entonces le pedí a mi hijo Boris que me acompañara a verla. Ambos teníamos puesta la franela blanca con la imagen de una obra de Fran Beaufrand, mi amigo fotógrafo fallecido recientemente. Era el regalo que nos hizo Tita Beaufrand para homenajear aún más a su irrepetible hermano. 

Admiramos largamente la fascinante belleza de la roca y al regresar a nuestro pequeño grupo viajero, nos enteramos con perfecto y aturdido asombro de que precisamente en esa roca o a un lado de ella quedaron esparcidas las cenizas de Fran.

Pasarán los años, el mar permanecerá igual a sí mismo, la montaña vivirá en mí y seguiré atónito y dolorosamente maravillado por haber conocido la prodigiosa roca de Playa Larga. 

Rodolfo Izaguirre

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