No saber que es apellido – por Rodolfo Izaguirre
Cuando volvamos a ser quiénes fuimos alguna vez nos veremos obligados a darle vueltas al país, revisarlo, sacudirlo hasta que quede limpio de cualquier clase de impurezas y al festejarnos
Cuando volvamos a ser quiénes fuimos alguna vez nos veremos obligados a darle vueltas al país, revisarlo, sacudirlo hasta que quede limpio de cualquier clase de impurezas y al festejarnos
Tengo años siendo buena persona, pero ahora quiero ser como esos muchachos que vi en la Universidad Central agrupando y organizando donaciones humanitarias, acopio de anónimas y generosas ayudas a las desafortunadas víctimas de la espantosa tragedia ocurrida en el Día del Ejército que para mí, y muchos como yo, es el Día que conmemora la Batalla de Carabobo, es decir, el Día de nuestra Independencia y no del Ejército porque el Ejército lo creó Juan Vicente Gómez, largos, inciertos y deplorables años más tarde.
Tenía once años cuando murió Tula, mi mamá. La muerte entró sigilosa por la ventana del cuarto principal donde Tula yacía tendida en una cama clínica. Ninguno de los que estábamos allí evitó la bofetada que la mujer del sudario le asestó arrojándola al abismo de la eternidad.
Vive en nosotros la angustia de no ser en verdad quienes somos y la pesadumbre de no ser dueños de nuestro propio destino.
Vive en nosotros la angustia de no ser en verdad quienes somos y la pesadumbre de no ser dueños de nuestro propio destino.
Mientras el ejército celebraba como suyo nuestro día de independencia, un terremoto causó estragos en todo el país y aún es pronto para determinar sus consecuencias materiales, familiares y psicológicas.
«¡Escúchame con los ojos!» También dijo que no aprendía para saber, sino para ignorar menos. De ella aprendí mucho y fue lo que dijo la Cinemateca Venezolana cuando me tocó ocuparme tan maltrechamente de ella en 1968.
Intensa y decididamente juvenil me enfrenté a la célebre y venerada Sorbona en Paris, la universidad parisina en la que me inscribí a comienzos de los años cincuenta del pasado siglo para estudiar leyes en su École du Droit.
En un país que hace esfuerzos por no ser huraño y sonríe en cambio a la adversidad y espera pacientemente que una mujer histórica retorne con los siete millones de votos que le robaron; debería conocerme más a mí mismo. Estoy cansado de ser buena persona y a mi avanzada edad lo que quiero es ser mas humano.
Tuve un sueño que puede considerarse mas bien, si se quiere, como una pesadilla insólita e infernal. Estaban en la puerta del cielo San Pero y Dios con sus barbas blancas a imagen y semejanza nuestra como nos enseñó la Santa Iglesia discutiendo qué iban a hacer conmigo porque ninguno de los dos me aceptaba en el cielo porque confundían mi nombre con algún chavista impresentable o por temor a mis críticas; y habían recibido la notificación de que en el Infierno tampoco estaban dispuestos a recibirme lo que explica por qué sigo viviendo en Caracas con 95 años encima.
Creo haber salvado a lo largo de mi avanzada edad, impedimentos y obstáculos ideológicos que me han permitido domar al alucinado animal que tanto estremecía mi alma.
La belleza que surge bajo el impulso de una revelación puede tardar años para ser comprendida por la mayoría, pero la muerte la detiene cuando está a punto de iniciar o continuar su espléndido recorrido.
Cuando Belén dejó para siempre la quinta Nancy y los empleados de la funeraria bajaron por las escaleras su cuerpo aniquilado por la enfermedad creí haber quedado despiadadamente solo, pero no fue así porque tuve el acertado impulso de cambiarle el nombre y en lugar de llamarla Belén o Cuevita como era el nombre amoroso que le otorgué en vida, comencé a llamarla Soledad y desde entonces me acompaña día y noche: sigue siendo mi sombra y no me desampara porque nunca estoy solo.
El problema con el mundo es que la gente inteligente está llena de dudas, mientras que los estúpidos están llenos de confianza.
Al conmemorarse hoy 26 de abril un año más de la muerte del poeta Aquiles Nazoa, comparto esta breve y sentida semblanza de su vida.
Hoy, las exclamaciones españolas de tiempos pasados me hacen reír y hago esfuerzos por imaginar los comportamientos de quienes las pronunciaban: Cáspita, Pardiez, Demóntres, Voto a sanes y situaciones rigurosamente absurdas como ésta: «¿Qué hora es? ¡Las doce! ¡Feliz vos que sabéis la hora en que vais a morir! ¡Defendeos!» Y sacaban las espadas sin saber quiénes eran ninguno de los dos.
en el examen de Derecho Romano, le escuché en un susurro ahogado: «¡Izaguirre! ¿Cómo se contesta la tercera pregunta?»
En el 23 de enero vivió una madre soltera con su hija de apenas ocho años. Ambas parecían haber sido rozadas por las alas de un ángel, porque poseían el don del canto como no había escuchado nunca antes.
Estas son algunas de las palabras que pronuncié en un almuerzo en La Isabela, la acogedora casa de Faitha Nahmen: cada vez que enfrento a un auditorio pienso que en las personas que lo integran hay algo que no saben.
En los primeros años del cristianismo unos herejes llamados gnósticos intentaron construir una ideología cristiana con concepto tomados de la mística griega y oriental que visualizaban al Ángel de la Muerte como un pie pisando una mariposa.