¡No sabemos leer! – por Rodolfo Izaguirre

¡NO SABEMOS LEER!

Hoy, las exclamaciones españolas de tiempos pasados me hacen reír y hago esfuerzos por imaginar los comportamientos de quienes las pronunciaban: Cáspita, Pardiez, Demóntres, Voto a sanes y situaciones rigurosamente absurdas como ésta: «¿Qué hora es? ¡Las doce! ¡Feliz vos que sabéis la hora en que vais a morir! ¡Defendeos!» Y sacaban las espadas sin saber quiénes eran ninguno de los dos. 

Pero no es a estas arcaicas u ocasionales expresiones a las que quiero referirme, sino al desconocimiento que muchos de nosotros tenemos de los signos ortográficos en el momento de dar lectura a algún texto bien o torpemente escrito.

De niño aprendí que existen signos ortográficos que contribuyen a orientar y mantener una buena lectura. En nuestro idioma son el punto, la coma, el punto y coma, los dos puntos, los paréntesis, los corchetes, la raya, las comillas, los signos de interrogación y de exclamación, y los puntos suspensivos. Ellos tienen la obligación de conducir nuestra respiración en el momento de la lectura: hacer breves pausas en las comas y detener algunos segundos la lectura cada vez que nos conmina el punto y aparte. 

Es cosa simple aprender y poner en práctica los signos de interrogación o de exclamación para dar énfasis a la lectura y no atropellarnos leyendo velozmente y de corrido como ya es pésima costumbre.

La única entrevista que he hecho en mi larga vida (¡nunca más me ha tocado experiencia tan humillante!) fue a un destacado miembro del grupo Viernes, cuyo nombre, muy a mi pesar, no doy a conocer porque fue algo desagradable, él queda muy mal parado y no pretendo bajarlo de su pedestal como si se tratara de una estatua de Hugo Chávez. 

A medida que expresaba sus opiniones y avanzaba la entrevista, iba indicándome las comas, los puntos y aparte, las interjecciones e interrogaciones. Sencillamente, me estaba irrespetando. Era una grosería, una vanidosa egolatría de su parte. Como si dijera: «este muchacho periodista no debe saber lo que es una coma, pero yo que soy escritor sí lo sé». Se ponderaba como el gran poeta y escritor que no era y terminé por descubrir que yo soy mejor escritor que el escritor que él creyó ser porque mantengo más nobleza y sensibilidad que las que él no mostró en su tiempo. 

Hay momentos venezolanos en los que diciéndose escritores algunos farsantes utilizan la literatura como trampolín para acceder al Banco Central, a la política, a la nombradía, es decir, al Poder.

Algo me abruma: estoy por afirmar que una buena mayoría venezolana no sabe leer bien. Peor aun, Juan Liscano me dijo una vez, hace algún tiempo, que la burguesía venezolana no lee.

¡Los personeros del actual régimen madurista, mucho menos!

Nuestra burguesía, me refiero a la de antes, a la que no sufrió los desajustes Chávez-maduristas, viajaba, se codeaba, adquiría un barniz cultural floreciente, pero superficial, incapaz de reconocer una sonata de Mozart o de haber leído Une saison en enfer, de Rimbaud o el último libro de Mario Vargas Llosa sobre la huachafería peruana.

La de hoy, a la sombra multimillonaria del chavismo, ni siquiera puede leer periódicos porque no existen. Muchos conocen la diáspora y se ajustaron a aquel Plan B, de los comienzos bolivarianos, pero no deben haber muchos libros en las casas de los chavistas.

Leemos aceleradamente creyendo que así absorbemos toda la información que contiene el texto que tenemos en las manos, sin percatarnos que la velocidad que imprimimos a la lectura vuelve invisibles no solo a las palabras, sino a las ideas que allí estuvieron expresadas. Un texto así, leído velozmente ignorando los signos ortográficos no deja huella alguna, se desvanece. ¡Es como si no hubiese existido! 

Veo al distinguido lector o lectora con los papeles en las manos y los ojos clavados en ellos leyendo sin mirar a la audiencia. De pronto, alzan la mirada, miran a la concurrencia solo para constatar que seguimos allí. Entonces, imperturbables continúan su desventurada lectura.  

Rodolfo Izaguirre

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