Trotar en el Parque del Este – por Rodolfo Izaguirre

Trotar en el Parque del Este

Todavía podía trotar en el Parque del Este por sus caminerías o a campo traviesa con pasos cortos, sexagenarios pero elegantes y veía a Salvador Garmendia caminar junto a un grupo de amigos suyos, la mayoría profesores del Pedagógico. A veces se les agregaba  el historiador Manuel Caballero, disfrazado de deportista con zapatos y pantalones cortos recién comprados.

En el Parque se les llamaba «el Ateneo que camina» y se les respetaba. Cuando los veía venir imprimía más velocidad a mi trotecito y pasaba a su lado saludando y exclamando ¡estos intelectuales! que era una manera soberbia y altanera de decirles que el verdadero atleta o deportista era yo. Pero al dejar de verlos, volvía a mi trote sexagenario hasta que nuevamente me encontraba con el grupo y repetía la escena. 

En mi casa, Salvador tomaba una infusión de toronjil, y comentaba que en el ateneo que camina se decía que me estaba entrenando para el Maratón de Nueva York, mientras Caballero seguía contando sus malos chistes de siempre, pero acezando.

Fueron tantas las veces que corrí por el Parque del Este que llegué a conocerlo bien con Imparques satisfactorio o Imparques desabrido y holgazán; con intenso verdor o árido suelo, con mangos caídos o sin ellos

Corrí el perímetro del Parque del Este, por todas sus caminerías o dentro de él sin rumbo determinado, a campo traviesa y vi desaparecer el barco del Almirante, pude constatar la degradación política y social del país en la medida en que disminuía la población de monos, serpientes y animales de agua y selva y el jardín japonés se empobrecía y se adormilaba el verdor del Parque.

Entonces dejé de frecuentarlo y preferí correr por el sector de Caracas que ha sido siempre mi ciudad, es decir, salía de mi casa en Santa Eduvigis, corría por los Palos Grandes, Chacao, Sabana Grande, atravesaba el parque de los Caobos, tocaba la reja del Museo de Ciencias donde se activaba la Cinemateca Nacional y hacía el hecho y deshecho del flamenco y regresaba a casa. Dos horas más tarde, a las ocho de la mañana, bañado y desayunado bajaba de mi automóvil, abría la reja del Museo y entraba a la Cinemateca. 

Hasta que avanzado en edad no hago otra cosa que leer y escribir sin correr y mucho menos sin poder caminar largos trechos.   

Rodolfo Izaguirre en Curadas

Tampoco pudo hacerlo Salvador porque la enfermedad se lo impidió. «Lo que mas lamento, me dijo esa vez, es no poder caminar más en el Parque del Este», pero no hay mal que por bien no venga: Elisa Maggi compiló los cuentos de Salvador en tres volúmenes de algo más de quinientas páginas cada uno, sin contar las novelas, los guiones de cine y de documentales y las telenovelas y radionovelas que escribió. 

Yo iba todas las tardes a las cinco a buscarlo en Radio Continente donde trabajaba como locutor y escritor de radio novelas y lo encontré una vez tan abrumado escribiendo directamente sobre el esténcil, que le pregunté si podía ayudarlo en algo. Me miró a los ojos y me dijo: «¡No, no puedes! ¡Escribir mal es muy difícil! 

El Parque del Este queda a dos cuadras apenas de mi casa, pero hace años que no lo visito porque la edad y el bastón no me ayudan mucho. Pregunto por él y recibo respuestas contradictorias. Es como si preguntara por el gobierno: ¡está así, está asao! y es mejor no preguntar.

Una vez fui al Parque acompañado con la señora que me ayuda a vivir. Quedé desencantado por el visible deterioro que lo aquejaba en ese entonces y me dije que era la última vez que lo visitaba. Recordé que uno de los arquitectos paisajistas que lo diseñaron (no menciono su nombre porque no estoy autorizado para hacerlo) recibió un balazo que afortunadamente no lo mató porque no escuchó o no obedeció la orden del soldado que custodiaba el lugar, pero me dijeron que no pisó nunca más el Parque que construyó con el arquitecto brasileño Burle Marx, cuando vio que sin consentimiento alguno habían alterado su diseño original.  

El Parque arrastra originalmente la presencia de Rómulo Betancourt, pero se le conoce como Parque del Este y desde un tiempo para acá como Parque Miranda porque políticamente el apellido Betancourt no se pronuncia.

Debe estar todavía a un lado de la entrada principal un medallón con su rostro y una pipa en la boca, un objeto o adminículo inadecuado en un lugar consagrado a la naturaleza, pero por ahora es lo que queda de él.

Rodolfo Izaguirre

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