¿CÓMO SE CONTESTA LA TERCERA PREGUNTA?
¿Llegaremos algún día a ser un país adulto?
¿Celebraremos acontecimientos centenarios o seguiremos siendo «un país joven» como si el tiempo, las hazañas y trapacerías de quienes fueron actores en situaciones que marcaron al país venezolano fuesen picardías y travesuras de muchachos?
El país bolivariano que nos dejó Hugo Chávez quiere ser el Peter Pan latinoamericano que, no solo se niega a crecer, sino que se niega a irse, actúa por impulsos, juega alegremente con leña, economía, no traza planes, sino que como cualquier muchacho alocado solo tiene ocurrencias que comunica de inmediato al ministro y este comienza a ponerlas en práctica sin calcular la distorsión que van a causar en el país.
Puedo decirlo porque estamos en transición, pero como todo adolescente, Hugo y Maduro parecían unos voluntarios que en cualquier momento abandonan sus compromisos, mienten con desenvoltura, se olvidan dónde están y persiguen a sus propias sombras.
Vuelvo a decirlo, porque estamos en transición: el bolivariano resultó ser el país que más trampas, mentiras y despropósitos ha logrado acumular durante su permanencia. La única explicación que cabe es que, además de no ser adulto ni profesional, es la de ser militar, inexperto y agresivo. No solo tiene «ocurrencias», sino que le gusta andar acompañado de cubanos, iraníes o nicaragüenses.
Yo era joven y ya colaboraba en el Papel Literario de El Nacional, un privilegio que en cualquier otro país estaría reservado a personas con experiencia y renombre. Pero no ocurría así en el país venezolano de aquel tiempo. Juan Liscano y Mariano Picón Salas quisieron que fuesen unos jóvenes los que compartiesen con ellos las tareas y responsabilidades en el Papel Literario y Guillermo Meneses, no solo pidió que lo acompañásemos en la Revista Cal, sino que también nos llamó para estar con él en el Papel Literario.
Por eso estuvimos allí Adriano González León, Guillermo Sucre, Salvador Garmendia, Luis García Morales, Alfredo Chacón y tantos otros. Supimos comportarnos como adultos y nuestros pasos quedaron asentados en la Revista Sardio, en la narrativa y en la poesía.
Pero el país pareciera que se niega a reconocerse adulto y la prueba es que ha inventado o se ha apropiado de la expresión «juventud prolongada» y es frecuente que el estudiante universitario que se acaba de graduar sea de inmediato profesor en la misma Universidad y seguir siendo joven.
Este anhelo, desde luego genera ambigüedades como la del profesor que va por el pasillo y es saludado por uno de sus alumnos mucho mayor en edad: «Adiós, profesor» y el verdadero profesor responde: «Adiós, profesor», percatándose en el acto que el verdadero profesor no es el alumno el que saluda, sino él que responde de manera atolondrada olvidando que acaba de ser nombrado profesor de esa misma Universidad.

Guardo un recuerdo conmovedor de mi profesor de Historia Universal en el Liceo Fermín Toro porque decidió dejar de ser profesor para convertirse en alumno el mismo año en que me gradué de bachiller y entró conmigo a la Escuela de Derecho en la Central y desde su pupitre, detrás de mí, en el examen de Derecho Romano, le escuché en un susurro ahogado: «¡Izaguirre! ¿Cómo se contesta la tercera pregunta?«.

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