Por Marc Tecnológo.
El fanatismo político en Venezuela no llegó de golpe.
Se instaló despacio, disfrazado de convicción, de lealtad, de identidad. Y hoy es el negocio más rentable del país: no produce petróleo, pero garantiza votos, movilización y silencio cómplice. Este artículo no habla del gobierno ni de la oposición. Habla de ti.
Tienes una bandera roja o una tricolor en el pecho. Gritas consignas, compartes memes, defiendes a tu líder con la misma fe con que otros rezan. Crees que eres parte de la solución. Aquí te voy a demostrar que eres parte del problema.
Seamos honestos por una vez.
No con el gobierno. No con la oposición. Contigo.
Porque el gran negocio político de Venezuela no es el petróleo. Es tu fanatismo. Y llevan décadas viviendo de él.
Cada vez que defiendes lo indefendible porque «es mi bando», cada vez que atacas sin leer, cada vez que confundes lealtad con pensamiento, le estás haciendo el trabajo sucio a alguien que duerme muy bien mientras tú te desgastas en Twitter peleando con desconocidos.
El fanático no es el otro. Eres tú. Y yo. Y casi todos.
El fanatismo político no tiene un solo dueño en Venezuela
Hay un perfil que se repite con precisión quirúrgica en ambas trincheras.
No escucha: repite. No analiza: ignora. No comprende: desprecia. Si es oficialista, justifica la corrupción, culpa al embargo de todo y niega los errores con la misma naturalidad con que respira. Si es opositor, idolatra a su líder, jamás le exige explicaciones y convierte cada decisión cuestionable en un acto de fe que no se toca.
Los dos creen que están luchando por Venezuela.
Los dos llevan años siendo el combustible gratis de una maquinaria que los necesita exactamente así: encendidos, furiosos y sin preguntas.
¿Cuándo fue la última vez que cuestionaste a los tuyos? No a los del otro lado. A los tuyos.
Si la respuesta tarda más de tres segundos, ya sabes dónde estás parado.
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El cuento de la falsa equivalencia: no, no son lo mismo
Ahora bien. Hay algo que no se puede decir sin matiz, aunque incomode a los que quieren quedar bien con todos.
El fanatismo político oficialista y el opositor no son la misma cosa.
No porque uno sea mejor persona. Sino porque uno tiene el poder y el otro no.
Un fanático opositor que sigue a su líder sin cuestionarlo comete un error. Un error grave, uno que le cuesta la capacidad de pensar. Pero ese error no mete a nadie preso. No manipula actas electorales. No decide quién puede salir del país y quién no. No controla los cuerpos de seguridad que golpean manifestantes.
El fanatismo que sostiene al poder hace todo eso posible. No como espectador: como cómplice activo.
Cientos de presos políticos documentados por Foro Penal. Más de 7,7 millones de venezolanos en el exilio según ACNUR. Un salario mínimo que no alcanza para comer una semana.
Eso no lo produjo el fanatismo de trinchera. Lo produjo el fanatismo con instituciones, con presupuesto, con aparato de Estado.
Equipararlos no es ser neutral. Es hacerle un favor al que manda.
Mientras ustedes pelean, hay un venezolano que lleva décadas esperando
Existe una Venezuela que no sale en los actos del PSUV ni en las marchas opositoras.
Es la que se levanta a las cinco de la mañana para llegar al trabajo antes de que la electricidad falle. La que lleva a su hijo al ambulatorio y encuentra las camillas sin sábanas. La que transfiere en bolívares y piensa en dólares porque si no, la matemática no cierra.
Esa Venezuela no tiene trinchera. Tiene facturas.
No pide revolución ni restauración. Pide cinco cosas devastadoramente simples: salario digno, seguridad, justicia, instituciones que funcionen y un futuro que valga la pena construir.
Lleva veinticinco años esperando mientras dos bandos se destruyen mutuamente con su dinero, su tiempo y su energía.
Y lo más cruel de todo: cada vez que el fanatismo gana terreno, ese venezolano invisible pierde otro año de su vida esperando que alguien, en algún bando, recuerde que existe.
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La única pregunta que importa
¿Cuándo fue la última vez que le exigiste cuentas a los tuyos?
No a los del otro lado. A los que dices apoyar. A tu líder. A tu movimiento. A tu bando.
Porque apoyar no es obedecer. Confiar no es callar. Y la lealtad que no admite preguntas no es lealtad política: es sumisión voluntaria disfrazada de convicción.
Venezuela no necesita que cambies de bando. Necesita que empieces a pensar dentro del tuyo.
Un fanático con buenas intenciones sigue siendo un fanático. Y el fanatismo político de cualquier color siempre termina gobernado por alguien que lo usa mejor de lo que él se usa a sí mismo.»
La pregunta no es si eres chavista u opositor.
La pregunta es si eres ciudadano.
Y esa respuesta solo la tienes tú.