por Claudio Nazoa
Pasarán muchos años para asimilar esto de los terremotos.
He vivido tres: el de 1967 y estos dos últimos, que incluso son incomparables con los ocurridos en otras partes del mundo.
Lo de la Guaira es, simplemente, increíble. Más de 1500 edificios quedaron totalmente destruidos, además de casas, centros comerciales y escuelas. Creo, sinceramente, que nunca sabremos la cantidad de fallecidos en esta magna tragedia.
Detrás de esta fatalidad hay cosas que nos hacen reflexionar con respecto a la vida del ser humano. En lo personal, he pensado mucho sobre lo frágil de nuestra efímera existencia.
John Lennon viene hoy de nuevo a mi reflexión por aquello que, para mí, es uno de los más grandes pensamientos que el ser humano haya expresado: «la vida son todas aquellas cosas que nos están pasando mientras nosotros hacemos otros planes».
El gran Carlos Fraga ha acuñado una frase que me encanta: «la vida es hoy».
Yo, como soy un copión, le diría a mi sabio amigo: «la vida no es hoy, ¡es ya!». Ya significa que, al abrir los ojos en la mañana, debemos estar conscientes de que estamos vivos.
En ese insignificante instante de milésimas de segundos, vuelves a nacer, a conectarte con la vida que te rodea, pero, justo en ese instante, también podrías morir por muchas causas: un infarto, un accidente doméstico o dos terribles terremotos que te despiden de la vida sin darte cuenta.
La muerte de todos los seres vivientes es inevitable
La muerte siempre está sentada a nuestro lado y no lo sabemos. Definitivamente, la muerte, nada tiene que ver con la edad, ni con la conciencia, ni con la sabiduría y mucho menos con lo material.
Se puede morir un niño con horas de haber nacido mientras que su abuelo, de ochenta años, aún podría vivir mucho más.
A la muerte no le importa tu edad, si eres rico o pobre, y al desaparecer de este mundo, todas aquellas cosas que poseías en la vida, muchas o pocas, ya no te sirven para nada.
Lo único que queda después de la muerte de un ser humano son sus sentimientos, buenos y malos. Queda también el conocimiento que le deja incluso a los seres que aún no han nacido.
Por ejemplo, somos herederos de Leonardo Da Vinci, de Charles Chaplin, de Wolfgang Amadeus Mozart, de Albert Einstein, de Gabriel García Márquez, De Galileo Galilei, de Andrés Eloy Blanco, de Rómulo Gallegos, de Aquiles Nazoa…
Sus cuerpos ya no existen, pero gracias a su legado, ellos continúan vivos enseñándonos el camino.
No puedo dejar de pensar en la gente que el día del fatídico 24 de junio, en su apartamento, frente al mar o en Caracas frente al Cerro El Ávila, se preparaban para ver el partido del mundial de fútbol.
Los imagino absolutamente desprevenidos de su inminente destino, quizás, destapando una lata de cerveza o abriendo una caja de pizza para tomar un pedazo.
Veo a unos niños comiendo una torta sin saber que ese pedacito sería su último pedacito. Nadie sabía que ese sería el último juego de fútbol de su existencia. La vida de todas esas víctimas era ¡ya!, allí, y solo hasta esa hora.
Murieron familias enteras quienes felices tenían otros planes. La muerte no preguntó edad, ni estatus social, ni proyectos futuros.
La vida, aunque nadie lo sabía, era ya, hasta esa hora, hasta ese preciso momento.
Todo esto, como a todos los sobrevivientes, me ha dejado mal. Pero entre tantas historias terribles, hay una que me llamó la atención.
En una esquina de la primera transversal de Los Palos Grandes, en Chacao, había un semáforo; allí quedaba un edificio de nombre Petunia.
El 24 de junio a las 6:03 minutos, varios motorizados y algunos automóviles esperaban que cambiara la luz roja. Esa luz dura un minuto.
Cuando el reloj marcó las 6:04, junto con la luz verde, llegaron dos terremotos fortísimos. Tan fuertes, que en fracciones de segundos el gigantesco Petunia se derrumbó sobre ellos incluso sin que se dieran cuenta.
Es imposible que esto no nos haga reflexionar sobre lo incierto que es el destino, sobre lo efímero que es el futuro.
Toda esa gente que murió dentro y fuera de ese edificio, tenía otros planes.
Planes tan inmediatos como creer que a las 6:05 minutos, avanzarían con la luz verde y la vida continuaría. Lo que nunca imaginaron es que esa insignificante luz verde, les dio el paso hacía la muerte.
Ya finalizando este artículo tan difícil, solo queda preguntarnos: y ahora, ¿qué haremos con esta incertidumbre y con este dolor?
La respuesta es: dedíquense a hacer con más ahínco y amor todo aquello que pueda dejarle algo bonito a futuras generaciones.
Hagan el bien. Intenten hacer felices a quienes los rodean. Esmérense en entregar la excelencia en todo aquello que saben hacer y, sobre todo, recuerden que cada segundo de su vida consciente podría ser el último.
¡Porque la vida es ya! Porque no sabemos si podremos ver el cambio de un semáforo en rojo.
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