Por Marc Tecnólogo.
El 13 de mayo de 2026, Suiza pidió que arrestaran a Alejandro Betancourt si pisaba territorio estadounidense. Washington, en cambio, le entregó una visa de entradas múltiples. Ese gesto resume veinte años de impunidad comprada: mientras Venezuela se quedaba sin luz, sin dólares y sin instituciones, este hombre se hizo indispensable para quienes la saquearon y para quienes hoy dicen rescatarla.
No es una víctima de las circunstancias. Es el resultado de ellas.
El apagón que hizo millonario a Alejandro Betancourt
En 2009, mientras los venezolanos hacían fila con baldes para el agua y velas para la noche, Betancourt firmó contratos por 2.000 millones de dólares sin haber levantado jamás una planta eléctrica. Su empresa, Derwick Associates, revendió al Estado una propuesta de 32,6 millones de dólares por casi el triple. Una comisión parlamentaria calculó después que el sobreprecio total pudo rondar los 959 millones.
Ese dinero no vino de la nada. Salió de un país a oscuras. Y mientras las plantas fallaban o nunca funcionaron a plena capacidad, él ya había cobrado.
Sin bando: solo precio
En 2019 se supo que Alejandro Betancourt había financiado en secreto a Juan Guaidó, el mismo hombre que se presentaba como la esperanza opositora contra el chavismo que a él lo señalaba de saquear a PDVSA. No defendía una causa. Compraba línea directa con los dos bandos, por si acaso ganaba cualquiera.
Ese mismo año, su abogado —también abogado personal de Donald Trump— pidió que Estados Unidos aflojara la investigación en su contra. Un mes después de comprar protección opositora, ya estaba comprando protección en Washington.
El régimen que lo acusó ahora le firma contratos
En 2020, Jorge Rodríguez lo llamó financista de la «oposición extremista». Cinco años después, su hermana Delcy —hoy al frente del país— pactó con él el esquema petrolero que Venezuela promueve como su gran apertura. Cuando Estados Unidos empujó a un socio incómodo fuera del negocio, fue Betancourt quien se quedó con todo por 300 millones de dólares.
La memoria del régimen dura exactamente lo que dura la conveniencia.
A Washington no le estorba que esté sucio. Lo necesita así
Un empresario limpio no tendría veinte años de contactos dentro del chavismo. Tampoco sabría a quién pagar, a quién llamar ni cómo moverse entre Caracas y Washington sin que nadie tuviera que reconocerlo en público. Por eso, cuando la fiscalía suiza lo quiso preso, altos funcionarios de la administración Trump llamaron a Berna para pedir lo contrario: que pudiera seguir viajando, que el caso se resolviera sin cárcel.
Documentos judiciales lo identifican bajo el alias «Conspirator 2» en la trama que desvió 1.200 millones de dólares de PDVSA. No ha sido condenado en ningún país. Tampoco necesita estarlo: la utilidad no se mide en sentencias, se mide en contratos firmados y visas entregadas.
El país pagó, y sigue pagando
Nadie en esta historia representa a Venezuela. Ni el régimen que lo persiguió en el discurso mientras negociaba con él en privado. Ni la oposición que aceptó su dinero sin preguntar de dónde salía. Ni Washington, que decidió que un hombre investigado en tres países era más útil libre que preso.
El único que no cobró nada fue el país que se quedó sin luz para que él se hiciera rico. Hoy ese mismo país lo ve viajar con visa de entradas múltiples, mientras Zúrich mantiene abierto un expediente que a nadie con poder le interesa cerrar.
Lee también: La CIA lo confirma: Venezuela tuvo 20 años de fraude electoral y una oposición que eligió no destruirlo
🗣️ Únete a la conversación
Inicia sesión con tu cuenta de Telegram en un clic para debatir esta noticia con la comunidad de Curadas, libre de spam.