Gracias, Estados Unidos: nos salió barato

Por Marc Tecnólogo.

Hay que decirlo sin rodeos, aunque incomode: como sociedad, le debemos gratitud a Estados Unidos. Lo que su intervención logró en meses, sacar a Maduro y comenzar el cierre de veintisiete años de chavismo, la clase política venezolana nunca lo logró. De hecho, nunca lo intentó.

Y mientras tanto, ya hay quienes se dedican a satanizar la factura que ahora toca pagar. La critican como si existiera, en algún cajón, una alternativa gratis que nadie más quiso ofrecernos. No existió. Nunca existió.

Porque esta es la verdad incómoda: la clase política venezolana nunca quiso que Venezuela fuera una potencia, como soñaba Uslar Pietri o como proponía Renny Ottolina. Quiso, siempre, una caja chica. Cambiaron los partidos, las siglas, el reparto de cuotas y los rostros que salían en la foto. Sin embargo, la lógica de fondo, forrarse a costa del país, se mantuvo intacta.

Una caja chica con muchos nombres

En 1958, Acción Democrática, Copei y URD firmaron el Pacto de Punto Fijo. Cuarenta años de alternancia entre AD y Copei, vendidos como estabilidad democrática. En realidad, fue el molde donde se fraguó el socialismo criollo, financiado siempre con la misma fuente: el petróleo.

Arturo Uslar Pietri lo advirtió desde 1936: había que sembrar el petróleo, no gastarlo. Nadie lo escuchó. Años después, AD y Copei usaron la renta petrolera como cheque en blanco para el clientelismo. Léase bien: fueron socialistas mucho antes de que Chávez se inventara la «revolución del siglo XXI», la caja chica ya estaba fundada solo cambió de dueño.

Cuando el nacionalismo incomoda a la clase política venezolana

Hay un patrón que se repite cada vez que aparece un liderazgo genuinamente nacionalista, de esos que amenazan el reparto en vez de sentarse a la mesa. La clase política venezolana cierra filas para sacarlo del camino. Además, la sociedad lo permite mirando hacia otro lado.En 1978, Renny Ottolina se preparaba para inscribir su candidatura presidencial. Tenía carisma, un discurso nacionalista y un país que empezaba a escucharlo en serio. Dos semanas antes de formalizar, su avioneta se estrelló camino a Porlamar. Murieron todos a bordo.

La versión oficial habló de mal tiempo y error del piloto. Nadie se creyó ese cuento. En efecto, el propio secretario del partido de Ottolina acusó públicamente a Carlos Andrés Pérez de no investigar a fondo. No hay pruebas de un atentado. Pero tampoco hubo una explicación concreta. Por lo que el silencio otorgó cierta realidad a la teoría del asesinato.

A pesar de ello, lo que sí queda claro es esto: nadie que amenazara el estatus quo de la caja chica salió bien parado. Cambió el color del gobierno, nunca el reflejo.

Cuarenta años después de Ottolina, en enero de 2018, Óscar Pérez murió acribillado en El Junquito. Era inspector del Cicpc y había desafiado al régimen con un discurso nacionalista, no partidista. Grabó videos diciendo que se entregaba. Lo mataron igual, junto a otras seis personas. La CIDH llevó el caso a la Corte Interamericana como ejecución extrajudicial. Hasta hoy, impunidad total. Y como él, muchos otros.

El «por ahora» que nos cambió el destino

Catorce años después, en 1992, un teniente coronel cobarde intentó derrocar a un presidente electo a punta de tanques. Fracasó en lo militar. Ganó en lo simbólico: «por ahora, los objetivos planteados no fueron alcanzados». Esa frase, dicha en cámara, sembró más que cualquier campaña.

De ahí en adelante, Hugo Chávez subió como espuma hasta la presidencia en 1998. No cambió la lógica de la caja chica. Solo le puso un uniforme nuevo y un discurso rojo. Así, el país siguió siendo el patrimonio de quien lograra sentarse en la silla.

La clase política venezolana es más vieja que el chavismo

El chavismo ha sido nefasto, y lo seguirá siendo mientras exista. Pero reducir 67 años de historia a «Chávez llegó y dañó todo» es la coartada perfecta para no mirarnos al espejo. La caja chica es más vieja que el chavismo. Por lo demás, la propia oposición lo confirma cada vez que puede.

Leopoldo López, ya en el exilio, acusó públicamente a dirigentes de su propio bando de mantener vínculos con el chavismo. No hizo falta que lo dijera un adversario. Lo dijo alguien de adentro, sobre los suyos. Distintas siglas, mismo reparto.

Décadas de la misma gira

Lester Toledo regresó a Venezuela en mayo de 2026 después de diez años de exilio. ¿Casualidad? No creo. Juan Pablo Guanipa lleva más de tres décadas en política y hoy dirige una fracción partida de su propio partido. Leopoldo López sigue afuera dirigiendo su cadena de ONG para financiar campañas en toda Venezuela. Henrique Capriles, por su parte, perdió dos elecciones presidenciales, fue expulsado de Primero Justicia en 2025 y terminó sentado en la Asamblea que preside el chavismo.

Cuatro nombres, cuatro trayectorias distintas, un mismo denominador de la clase política venezolana: décadas de carrera y ningún cambio estructural que mostrar. Muchos dirigentes, lacayos de los diferentes partidos de la «oposición», recorren pueblo tras pueblo señalando el mismo hueco en la misma carretera. El detalle que nadie quiere ver es otro. Ese hueco ya estaba ahí cuando ellos eran niños, y el político de aquella época también hacía campaña señalándolo. Sesenta años de gira, cero reparación.

La factura que sí deberíamos aplaudir

Sacar al monigote y frenar al régimen tenía un precio. Lo pagamos con el acuerdo petrolero firmado con Delcy Rodríguez. Visto en frío, nos salió barato: ninguna cúpula local, en veintisiete años de chavismo, ofreció jamás sacarnos de esto por ningún precio, barato o caro.

Por eso conviene preguntarse quién critica hoy la factura, y por qué. Porque esto que está pasando también sirve de filtro. Separa a quienes de verdad apuestan por Venezuela como país de quienes han sido políticos toda su vida sin producir nada más que reparto de cuotas durante seis décadas. Los segundos no atacan la factura porque duela el precio. La atacan porque, por primera vez en mucho tiempo, alguien más movió una ficha que ellos no controlan.

El próximo caudillo ya tiene seguidores

Antes fue la televisión, con Chávez vestido de militar y afirmando su «por ahora». Hoy el formato es el video viral. En consecuencia, ya hay creadores de contenido, como Miguel Herrera «Kilómetro», acumulando el mismo tipo de fe ciega que antes se repartía en un mitin. El envase cambia. El reflejo social que lo hace posible, no.

El cambio no está en quién dirige el país, ni en quién nos lo devuelve. Está en nosotros. En dejar de confiar en «líderes» que llevan veinte años de gira política y no pueden explicar de qué viven en treinta segundos. Además, en agradecer cuando alguien de afuera hace lo que adentro nadie quiso hacer nunca. El día que hagamos eso, y no antes, empezamos a merecer el país del que tanto hablamos con orgullo.

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