China es capitalista y no es un caso de éxito comunista ni socialista

El balance del comunismo genuino es igualdad en la miseria

China es capitalista: su sector privado representa más del 60% del PIB, genera más del 80% del empleo y aporta cerca del 70% de la innovación.

Pero cada vez que las tragedias de la izquierda quedan expuestas —desde la escasez crónica de la Unión Soviética hasta el colapso contemporáneo de Venezuela— aparece el mismo rezo:

«China no es capitalista y está dominando el mundo»

El argumento suena contundente, pero descansa sobre una falacia monumental.

Usar el auge de Beijing para reivindicar la vigencia del comunismo equivale a felicitar a la lluvia por el trabajo que hicieron los bomberos.

China no despegó gracias a las recetas de Carlos Marx o Mao Zedong, sino precisamente cuando decidió ser capitalista.

La era del comunismo real fue de hambre y de ruina

Si alguien insiste en evaluar al comunismo puro y duro en China, la historia ofrece un laboratorio implacable entre 1949 y 1976.

Durante el mandato de Mao Zedong, el país aplicó con celo doctrinario el dogma marxista-leninista. Esto es, abolición de la propiedad privada, colectivización forzosa del campo, fijación centralizada de precios y control total de la producción por parte del Estado.

El resultado no fue la utopía proletaria

Se trata de «el Gran Salto Adelante» (1958-1962). Fue una catástrofe de planificación que desató la peor hambruna del siglo XX, cobrándose la vida de entre 30 y 45 millones de personas.

Fue una Revolución Cultural, que paralizó la industria, dinamitó la educación y sumió al gigante asiático en un aislamiento medieval.

Para 1978, más del 80% de la población china vivía en la pobreza extrema, subsistiendo con menos de dos dólares al día.

Ese es el balance del comunismo genuino: igualdad en la miseria absoluta.

El giro de 180 grados: Deng Xiaoping y las fuerzas del mercado

La transformación no llegó por profundizar la lucha de clases, sino por dinamitar los dogmas.

Tras la muerte de Mao, Deng Xiaoping asumió el liderazgo con un pragmatismo lapidario.

«No importa si el gato es blanco o negro, lo importante es que cace ratones»

A partir de 1978, Beijing puso en marcha la política de «Reforma y Apertura» (Gaige Kaifang), desmontando pieza por pieza el andamiaje socialista:

Descolectivización agrícola

Se implementó el sistema de responsabilidad familiar.

Los campesinos recibieron parcelas y, tras entregar una cuota estatal mínima, pudieron vender sus excedentes en el mercado libre quedándose con los beneficios. La producción se disparó.

Propiedad privada e iniciativa individual

Se legalizó la creación de pequeñas empresas y comercios privados (getihu), permitiendo la acumulación de capital y la contratación de mano de obra.

Zonas Económicas Especiales (ZEE)

Ciudades como Shenzhen pasaron de ser aldeas de pescadores a hervideros de capitalismo desregulado, ofreciendo exenciones fiscales, derechos laborales flexibles y protección a la inversión extranjera para atraer a corporaciones multinacionales.

Integración al comercio global

Beijing redujo aranceles, privatizó miles de empresas públicas ineficientes y coronó su inserción en la economía global con su entrada en la Organización Mundial del Comercio (OMC) en 2001.

El milagro que sacó a 800 millones de personas de la pobreza no fue obra de la planificación quinquenal soviética; fue obra de los precios libres, la oferta, la demanda, el afán de lucro y la inversión transnacional. En una palabra: capitalismo.

Qué queda de «comunista» en la China capitalista actual

Hoy, el sector privado representa más del 60% del PIB chino, genera más del 80% del empleo urbano y aporta cerca del 70% de la innovación tecnológica.

Ciudades como Shanghái, Shenzhen y Hangzhou compiten codo a codo con Nueva York o Silicon Valley, albergando gigantes corporativos como Alibaba, Tencent o BYD, y una de las concentraciones de multimillonarios más altas del planeta.

Pocas cosas hay más lejanas al Manifiesto Comunista que una bolsa de valores saturada de derivados financieros y rascacielos corporativos.

Lo que China conserva no es el comunismo económico, sino el leninismo político.

El Partido Comunista de China (PCCh) retiene el monopolio absoluto del poder, censura internet, persigue la disidencia, mantiene la banca estatal bajo su bota e interviene estratégicamente cuando siente amenazado su control.

Es un modelo autoritario del capitalismo de Estado, donde el mercado genera riqueza y una oligarquía burocrática administra el poder policial.

La trampa semántica

Los apologistas del socialismo suelen refugiarse en las etiquetas.

Argumentan que como el partido gobernante se autodenomina «comunista» y habla de «socialismo con características chinas», cualquier éxito económico les pertenece por derecho de autor.

Por esa misma regla de tres, tendríamos que aceptar que Corea del Norte es una república libre y abierta solo porque su nombre oficial es «República Popular Democrática de Corea».

Por qué China es capitalista salvaje y entre poco y nada comunista

Lejos de ser el paraíso protector del trabajador que promete la retórica socialista, el modelo chino encarna muchas de las formas más despiadadas del capitalismo decimonónico, despojado incluso de los contrapesos institucionales que existen en Occidente:

Inexistencia de sindicatos independientes y huelgas prohibidas

En China no existe la libertad sindical. El único sindicato permitido está subordinado al Partido y al patrono; las huelgas y protestas laborales son sofocadas de inmediato por la fuerza pública, despojando al trabajador de cualquier herramienta de negociación colectiva genuina.

La cultura laboral del «996»

La jornada de trabajo de 9:00 a.m. a 9:00 p.m., seis días a la semana (72 horas semanales), no solo se tolera, sino que fue abiertamente celebrada por magnates corporativos y avalada tácitamente por las autoridades para maximizar la productividad industrial y tecnológica a costa del desgaste humano.

Un Estado de bienestar casi inexistente

A diferencia de las socialdemocracias europeas, China no ofrece salud universal gratuita ni pensiones dignas para la mayoría.

La educación de calidad exige sacrificios patrimoniales enormes, y una enfermedad grave en una familia de clase trabajadora sigue significando la bancarrota inmediata.

El sistema Hukou y la mano de obra vulnerable

El registro de residencia (hukou) divide formalmente a los ciudadanos entre urbanos y rurales.

Cientos de millones de migrantes del campo trabajan en las fábricas de las metrópolis sin derecho a acceder a escuelas públicas ni a coberturas médicas en esas ciudades, creando una subclase de mano de obra barata, precarizada y descartable.

Atribuirle el progreso chino al comunismo no solo es un error histórico: es una estafa intelectual.

Si China es una superpotencia, es porque abrazó los mecanismos de mercado y la acumulación de capital con una ferocidad que sonrojaría a cualquier liberal europeo.

Cada rascacielos en Shenzhen y cada fábrica automatizada es el resultado de haber enterrado las fantasías colectivistas de Mao para competir en el tablero global con las reglas más duras del capitalismo.

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Capitalismo o socialismo | CuriosaMente

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