Venezuela: Rumbo a la recuperación del Esequibo, Fase XXIII, Entrega 237

Venezuela: Rumbo a la recuperación del Esequibo

(Continuación)

Hasta las propias leyes universales, sensibles a las variaciones de la función de distribución, establecen como principio que si estas no son acuciosas y vertiginosas en el tiempo, tal como se ha venido manejando la manipulada disputa territorial sobre el Esequibo, entonces la magnitud de estas, se inclinaría en adquirir un ordenamiento de carácter homogéneo para las partes, desapareciendo la distinción entre las variables sombreadas por el desorden creado a conciencia o no (que en este caso estarían representadas por la continua actuación cual Estado profundo del Gobierno de Guyana, sin perder de vista las posibles inclinaciones de la Corte Internacional de Justicia con las posiciones acomodaticias y estratégicas de los países respecto a las disponibilidades energéticas, mineras y forestales de la región), y las variables que no están sombreadas, hecho que constituye un pilar de primera magnitud para abordar la ecuación matriz del caso en correspondencia ecuménica con el Acuerdo de Ginebra de 1966.

En este contexto, es necesario comprender el fondo de la propia esencia interpretativa que ha girado en torno a la disputa territorial, en la que el compromiso adquirido mediante la firma del Acuerdo de Ginebra de 1966, ha exacerbado en diferentes partes de su contenido, señalamientos claros y puntuales que repiten una y otra vez, la necesidad de actuar y arribar a un verdadero “equilibrio”, que nomológicamente se traducen en la necesidad de llegar a una distribución uniforme, por lo que llegar a un entendimiento en cuanto al arribo de una solución aceptable, práctica y aceptable, ha tenido un trasfondo que de entrada, debe fragmentar la contradicción jurídica existente entre la reversibilidad jurídica matemática manejada por Venezuela, soportada legítimamente sobre lo establecido en el citado Acuerdo de 1966, y la toxicidad manipulada con carácter de irreversibilidad, planteada hábil pero insuficientemente por el Gobierno de Guyana ante la Corte Internacional de Justicia, de manera que para sus intereses y sin contar con un sólido soporte que la avale, ha pretendido que se repita el Laudo Arbitral de París de 1899, Parte I, dándole continuidad como el Laudo Parte II.

Paralelamente, el campo de acción manifestado por el Tribunal Internacional de La Haya, organismo jurídico que en el ámbito de su supuesta y aparente independencia, tiene correlación y dependencia de la Organización de las Naciones Unidas, ha manifestado que se abocaría a la disputa territorial hasta antes de la firma del Acuerdo de Ginebra de 1966, hecho que luce un tanto antagónico a los eventos suscitados a nivel regional ayer y hoy, en el que tácitamente no puede haber un divorcio, a pesar de lo que se ha venido fraguando tanto en la arena legal como en los diferentes espacios de la geopolítica, geoeconomía y geoestrategia, dado que la pretendida irreversibilidad guyanesa, enlazada a la errónea demanda realizada contra Venezuela, persigue que no se realice la debida indagación microscópica de los eventos suscitados que conllevaron a la nefasta sentencia del Laudo Arbitral de París de 1899, que le usurpó al Estado venezolano de 159.542 kilómetros cuadrados de su territorio continental, sino que ello sea manejado bajo un concepto genérico que no abarque las averiguaciones de fondo, sino únicamente de forma, al pretender enmarcar la disputa como cosa juzgada a través de la aceptación de la sentencia dictaminada en 1899, siendo esta la decisión infundada y sin motivación alguna, que le ha permitido en el tiempo al Gobierno de Guyana, acometer las aberraciones enmarcadas en un cuadro de continuas actividades ilícitas.

Sin embargo, el tiempo le ha permitido al Estado venezolano entender, y así se espera de la Corte Internacional de Justicia, que se concrete su actuación inclinando su manejo, mediante la disponibilidad real de la información con los soportes jurídicos y éticos existentes sobre la disputa territorial, y cuya aproximación final dé un resultado sustentado en hechos verdaderos, concretos y auténticos, los cuales han ocurrido geohistóricamente una sola vez y son irrepetibles, de manera que se haga justicia respaldada sobre el verdadero equilibrio de base, con el posterior acercamiento a un mejor entender si así las partes afectadas lo consienten, apegados al Acuerdo de Ginebra de 1966, y no mediante elementos suspicaces, subjetivos o arbitrarios, cuyo cuadro de pétreas y diamantinas actuaciones llenas de profundos vacíos, han venido acompañando el perfil de la pasiva y evasiva práctica del Gobierno de Guyana.

Ahora bien, es innegable que en el tiempo transcurrido de esta disputa territorial, se han acoplado también diferentes elementos de inestabilidad, pero no puede concedérseles a dichas variables una condición permanente de inestabilidad, sino más bien de probabilidad en mantenerse bajo la misma condición, o cambiar de polo como factores de posible estabilidad, considerando el juego de intereses que se manejan dinámicamente sobre el tablero estratégico regional y global, en el que los recursos energéticos, mineros y forestales, conforman la plataforma motivadora a los cambios paulatinos que se han ido presentando en función del tiempo, y a los acontecimientos que se han perfilado como dispositivos primarios generadores de las alteraciones políticas.

Por supuesto, que en la estructuración de los posibles escenarios a manejar con sus respectivas posibilidades y probabilidades de ocurrencia, el statu quo geopolítico y geoeconómico actual para Venezuela, no es el más favorable a pesar de los cambios suscitados internacionalmente hacia el país, dado que Guyana continúa explotando los recursos existentes tanto en los espacios acuáticos como continental del territorio en disputa, otorgando ilícitas licitaciones a empresas transnacionales, ampliando su campo de exploración, explotación y comercialización para su beneficio único, emitiendo juicios de valor falsificados en contra de Venezuela ante la comunidad internacional, mientras que el Tribunal Internacional de La Haya atiende la disputa territorial sustentada sobre la demanda que se introdujo por el Gobierno de ese país en contra de Venezuela en el año 2018.

La sumatoria de los eventos anteriormente señalados, conforman una arquitectura espectral relativamente compleja, dado que las variables existentes permiten albergar una realidad de alta probabilidad sobre esta disputa territorial, en la que una extensión real con elementos variantes basados en la creatividad, conllevaría a dimensionar este andamiaje particular de Guyana bajo un perfil no catalogado como normal, sino más bien como “singular”, en atención a que el mismo no ha dado demostraciones fehacientes de su adhesión al Acuerdo de Ginebra, ni ha tenido una actuación coherente sobre este particular, acompañada por las posiciones adoptadas ante la comunidad internacional y viceversa, quienes se han inclinado no por el interés hacia los guyaneses, sino por los recursos que se administran actualmente por ese país. Pero también, y contrario a lo señalado en el párrafo anterior, el Estado venezolano se ha limitado en la mayor parte de sus actuaciones, en emitir simples notas de protesta por la vía diplomática, que más bien le daría sentido al suscrito interpretar, que bajo este perfil repetitivo durante tantos años sin haberse tomado acción contundente alguna, podría caber la posibilidad de una extensión de convenios colaterales entre ambos Gobiernos, en las que se le estaría permitiendo la explotación de dichos recursos a Guyana. Visualizar este escenario como la mayor de las posibilidades, sería relativamente más real que mantenerse inmerso en una interpretación incomprensible, sobre la muy extraña política exterior de Venezuela expuesta en el ayer y en la actualidad.

Por supuesto que un escenario de baja probabilidad como el señalado en el párrafo anterior, pero de alta posibilidad de ocurrencia, sería totalmente inaceptable a los intereses del país, incluyendo las variables que se estarían manejando sobre el trasfondo de la disputa territorial. Pero de ser lo antes señalado lo que más sentido tendría por ahora, conllevaría a que las posibles trayectorias a seguir en un futuro que no sean por la exclusiva manipulación política y decisiones colaterales ideológicas adoptadas por razones de otra índole ajenas a la recuperación del espacio geográfico integral del Esequibo, deberían desaparecer como probables formas de acción o condicionantes hasta que se demuestre verdaderamente la continuidad asociada a una política de Estado y no solo de Gobierno. Y en caso contrario a la señalada manipulación política exclusiva, lo cual constituiría el deber ser en materia de seguridad, defensa y desarrollo integral de la Nación, conllevaría a que el Estado venezolano debería dinamizar su política exterior con carácter irreductible, mediante la conformación de un escenario cuya arquitectura arroje una evolución significativa sustentada en un equilibrio racional, con resultados concretos arrojados ante el irrespeto y la vileza demostrada por el Gobierno de Guyana.

Mientras se mantiene el statu quo actual de la disputa territorial bajo las condiciones que la gran mayoría de los venezolanos ya conoce, el juego de probabilidades en un escenario geopolítico y geoeconómico como el que se confronta en la actualidad, cuya tendencia apunta claramente al desorden impulsado por el Gobierno de Guyana en conjunto con sus aliados, incluyendo el uso del poder situacional que maneja hoy en día, conllevará a que la verdadera situación del caso, tendrá como soporte de probable ocurrencia para los futuros sucesos, una descripción si se quiere basada en estadísticas como aproximación al equilibrio explícito en el Acuerdo de 1966, evadido consuetudinariamente por el país vecino. En este contexto, es obvia la señalización frontal contra la ética y la conciencia que emergerá de los diferentes entes participantes y decisores, por los diversos errores cometidos ya sean por acciones u omisiones.

Y en materia de política exterior, los venezolanos deben estar muy claros que mucho se ha venido apuntando en el tiempo hacia las fluctuantes relaciones diplomáticas con los Estados Unidos de América, como si ello fuese un hecho de reciente emersión que de por sí, ha conformado una importancia que en su tendencia ascendente a través del tiempo, ha renovado bajo la racional inclinación de la continuidad y de los cambios consustanciales de ese país, la geohistórica dominación continental puesta en práctica desde hace aproximadamente dos siglos, aunado a que la Doctrina Monroe fue orientada en un marco de actuación proyectando “América para los americanos”, e incluso el ajuste sistemático efectuado al Concepto Estratégico del país, conformó a través de los años, el soporte escalonado de un entramado geopolítico, geoeconómico y geoestratégico para el control financiero continental y mundial, que incluyó la expansión del mercado de sus productos manufacturados, industriales y tecnológicos, con la consecuente explotación de la materia prima requerida, sobre todo en el área energética y minera, así como la imposición geoestratégica mediante la inserción de acciones militares a nivel global, admitiendo la participación de gobiernos e instituciones de seguridad locales como instrumentos de control político. Todo ello, no es la razón de este artículo para manifestar lo bien o mal que ha conformado esta trayectoria del país del norte hacia el continente, sino que ello no constituye bajo ningún concepto para los venezolanos un elemento sorpresa, dado que ha sido manejado abiertamente por todos los gobiernos nacionales, sin excepción alguna.

El punto principal de lo anteriormente señalado, estriba en que la política norteamericana aplicada hoy en día a la disputa territorial de Venezuela con Guyana sobre el Esequibo, además de buscar la recuperación del espacio geopolítico descuidado durante varios años en América Latina, requiere también la profundización de su influencia en el ámbito continental y caribeño, aunado a que Guyana con el granito que aporta en materia petrolera, se ha convertido en un pequeño proveedor energético, pero confiable y seguro para los Estados Unidos de América. Y en el fondo, esa es la única y verdadera razón por la que se han generado declaraciones y posiciones adoptadas tendientes al total apoyo a Guyana sobre la disputa territorial del Esequibo. De hecho, el Gobierno norteamericano ha solicitado reanudar conversaciones directas con el Gobierno Nacional, y estas han sido aceptadas una vez más.

Manteniendo una posición totalmente neutral y ajena al acercamiento político de ambos gobiernos, por tratarse la disputa territorial de un asunto de Estado, no puede olvidarse que en el pasado, el Gobierno de los Estados Unidos de América apoyó a Venezuela, por supuesto basado en sus propios intereses heredados durante varias generaciones por la conducta humana y tendencia sociopolítica de la Corona británica, aunado a la historia protagónica del Libertador Presidente Simón Bolívar en su lucha por alcanzar y apoyar la independencia no solo de la Gran Colombia, sino más allá, lo que incluye también las diferentes circunstancias que vivió el país durante el siglo XX; sin embargo, el siglo XXI fue totalmente contrario en materia de ideología política entre las partes, conformando ello la base de la ignición fundamental que priva en la actualidad.

Con el enfoque genérico señalado anteriormente, lo que el suscrito pretende es llamar la atención del lector, a propósito de hacerle ver, que al momento en el que el Estado venezolano decida integrar su relaciones diplomáticas en un marco de mayor congruencia con el país del norte, convirtiéndose en un proveedor comercial, seguro y confiable de los recursos patrios, con toda seguridad logrará darle un vuelco a la posición norteamericana a favor de Venezuela, es decir, la médula neurálgica del cambio requerido con el consiguiente efecto dominó a nivel internacional, estará en manos Estado venezolanos y no de terceros actores como se le ha pretendido hacer ver circunstancialmente al gentilicio nacional. Ello sería una decisión pragmática y primaria para darle nuevamente touché a Guyana ante su discrepada, desértica y disentida pretensión. En un asunto de Estado como lo es la presente disputa por la recuperación del espacio geográfico integral del Esequibo, el interés nacional debe privar por encima del particular o de tolda política alguna. Nadie, absolutamente nadie, en relaciones internacionales, da puntada alguna sin hilo. A buen entendedor, pocas palabras.

Yo le pregunto al Estado venezolano, ante las circunstancias de estos tiempos, ¿qué tanto beneficio le ha traído al país la alianza con los Gobiernos de China y Rusia, cuando el primero de los mencionados ha explotado y aún lo hace conjuntamente con la empresa transnacional Exxon Mobil, el petróleo existente en los espacios acuáticos del Esequibo, además de las actividades mineras que se efectúan sobre el campo aurífero, que explota “este supuesto aliado internacional” en el propio territorio continental disputado por Venezuela, pero el Estado venezolano no le ha hecho hasta ahora reclamo diplomático alguno al gobierno de ese país? ¿qué tanto beneficio le ha traído al país la alianza con el Gobierno de Rusia, cuando éste tiene también intereses de desarrollo de proyectos con Guyana, además de haber conformado el sitial como juez principal que sentenció el Laudo Arbitral de París de París en 1899 contra Venezuela?

Estos son algunos de los señalamientos que permiten exacerbar el escenario antes explicado, cuya médula neurálgica recae sobre la decisión del Estado venezolano, para darle un vuelco a la realidad actual sobre la disputa territorial del Esequibo, por lo que la evaluación en cuanto al reajuste de las alianzas internacionales, a fin de asegurar sólidas posiciones de influencia, control y dominio en el tablero estratégico regional, conllevarían pragmáticamente a revertir algunos escenarios actuales que lucen incómodos e inadecuados al interés nacional, y de realizarse los cambios pertinentes, éstos serían cónsonos con la política exterior, con el manejo de la diplomacia y con el crecimiento de su seguridad, defensa y desarrollo Integral, factores que generarían exponencialmente la certeza de neutralizar las absurdas pretensiones de Guyana, y aupar sin reserva alguna que “el sol que brilla sobre Venezuela, nace en nuestro Estado Guayana Esequiba”.

Por: C/A (r) Dr. José Chachati Ata

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