Rodolfo Izaguirre a sus 95 años – por Jesús Peñalver

SOBRE RODOLFO IZAGUIRRE A SUS 95 AÑOS por Jesús Peñalver

Me agrada contar la historia que sigue porque vive en ella la luz de la imaginación y los resplandores de la libertad que viven en Rodolfo Izaguirre.

Guillermo Sucre –preso con él en la Seguridad Nacional- se le acercaba, lo veía y decía: ¡Vámonos! y caminaban dos o tres pasos en aquel pabellón de tristezas y de pronto estaban en Paris en el boulevard Saint Germain des Prés, viendo a Sartre y a Simone de Beauvoir tomando café en Les Deux Magots; bebían una cerveza en La Coupole, en Montparnasse o caminaban por el Boul´Mitch y cuando se sentían cansados regresaban a la prisión. “Nunca –ha dicho Rodolfo– “me he escapado tantas veces de una cárcel como entonces. Pero era mucha la tristeza y la nostalgia”.

Dice Claudio Nazoa: “Rodolfo Izaguirre es el hermano perdido de Augusto y Louis Lumiére. En realidad, la idea fue de él”.

“Soy un hombre de imágenes, así me expreso, con imágenes”. Y agrega “Con el cine me convertí en escritor”.

De él afirma Elías Pino Iturrieta: «A Rodolfo Izaguirre nos lo dejaron Adriano González León y Manuel Caballero, como recuerdo de un tiempo acogedor en el que se construyeron muchas cosas positivas y hermosas que nos mantienen pendientes del futuro”.

Alguna vez, hace quizá setenta años, Rodolfo propinó una bofetada a un compañero de liceo y todavía hoy se arrepiente. Entendió que, en lugar de la violencia, por sus venas navega una sorprendente sensibilidad que acaricia las artes.

Desde entonces vive sumergido en la poesía, es decir, en la música, el cine, las artes plásticas, la literatura. Al hacerlo, ha ido acumulando conciencia del país que lo vio nacer en 1931 y a la muerte de Juan Vicente Gómez pocos años después, y de crecer noventa años a la sombra de dos tiranías militares: la de Marcos Pérez Jiménez y la de la actual pandilla, y entre ambas, cuarenta años de vacilante alternabilidad democrática.

Rodolfo nos enseña que no hay oscuridad. Que la sombra es nuestra propia alma, una parte vital de uno mismo, nuestro alter ego. Una extensión de nuestro cuerpo. Allí donde vayamos ella va; y con ella, el país que también somos. Y nosotros, los afligidos, los perseguidos por los desafueros militares y déspotas civiles, somos la luz que ofrece claridad cada vez que el país se hunde en la oscuridad, y es entonces cuando la sombra reina iluminando su espíritu y el de todos nosotros.

Rodolfo Izaguirre es venezolano ejemplar y un escritor de acento estremecido y vibrante. Su prosa acierta como la diamantina hebilla de un personaje de novela fantástica en el bosque oscuro de la historia. A Rodolfo lo ilumina la belleza del lenguaje y los caminos de la libertad. Porque, a sus 90 años, es un atleta de la democracia y la pluralidad como en sus años mozos.

Al igual que la gente de su generación se viera sorprendida en plena adolescencia por el derrocamiento en la presidencia de don Rómulo Gallegos. Fuera de la escena de la vida los protagonistas del grupo Sardio, queda él como el último adalid. La madera con la que está hecho el lápiz de escritor de Rodolfo tiene virutas del bastoncito risueño de Charles Chaplin, de quien aprendiera tanto en torno a las maravillas del cine. El coraje con que Rodolfo Izaguirre cuida de los helechos de su jardín es la dádiva de un Patricio para la mirada amorosa de un país.

Y aunque no se lo haya imaginado, sus escritos suscitan tanta atención. Aunque dice ser de naturaleza muy humilde y dar de correazos a su ego cuando trata de alzarse o envanecerse, con tan frecuentes elogios que recibe, debe terminar agotado con la correa en la mano.

Ha dicho Laureano Márquez: «Rodolfo Izaguirre es memoria de las cosas más hermosas y conmovedoras de nuestra tierra. En Rodolfo prevalece la dignidad venezolana que cada vez más se extraña y se precisa. Rodolfo es amor hecho persona, es florecimiento cultural, es luz orientadora que se proyecta en momentos de oscuridad, es sensatez, es cordura y, como si todo esto fuera poco: ese bastón que lleva le da una elegancia propia de un gentleman inglés».

Concluyo con esta anécdota reciente, que da cuenta de la generosidad y la sensibilidad de Rodolfo que lo enaltecen y exaltan en grado sumo.  Fuimos juntos a las exequias de un prominente líder político. A los pocos meses cerró sus ojos un reconocido cineasta venezolano. Cuando hablamos por teléfono Rodolfo me dijo:

“Si fui al velorio de Carlos Canache Mata, un demócrata decente, cómo no voy a ir a darle el último adiós a mi amigo Román Chalbaud”.

De este modo Rodolfo hizo honor una vez más a una de sus máximas de vida: “La amistad es deshacerme de mi sombra y regalarla a mi mejor amigo”.

Ahora sí, para finalizar y con aire de versos o pretensión poética:   

PONGAMOS QUE HABLO DE RODOLFO.     

Allá donde se cruzan los abrazos

Y la memoria recuerda el escolar bolso

del colegio de sueños y retazos

Pongamos que hablo de Rodolfo.

Cuando el niño inocente iba a la escuela,

en la plaza a Bello hacía muecas con sus modos,

sin saber que Andrés, el padre de Venezuela,    

Pongamos que hablo de Rodolfo.

De la bondad y el talento es digno ejemplo,

del amante esposo,  de buen padre es su rostro,

la sensibilidad en él tiene su templo,

Pongamos que hablo de Rodolfo.

Los pájaros visitan sus helechos,

Las palabras le enseñan sus recodos,

su astucia descubre su música y silencios,

Pongamos que hablo de Rodolfo.

El Sol es un destino que quiere visitar, 

con los suyos en plan de fiesta y con nosotros,

la vida, luminosa soledad sin abandonar,

Pongamos que hablo de Rodolfo.

Sus joyas Rhazil, Boris, Valentina, 

«Lo que queda en el aire», su Belén su todo…

Sardio, El Techo, el cine, la Sorbona parisina,

Pongamos que hablo de Rodolfo.

Elegante mordacidad, dichos que desagradan,

iluminando su espíritu y lo que somos,

su sabiduría por dicha nos contagia,

Pongamos que hablo de Rodolfo. 

Dice haber nacido en un país violento,

en un pantano y como una flor de loto,

y hoy cual niño con juguete nuevo y tan contento,

Pongamos que hablo de Rodolfo.

Y si pregunto de qué hablan Rodolfo y Belén,

¿de la danza y cine, del país, sus hijos, del reposo?,

y su amada le pregunta por los hijos, los males, por el bien…

Y cuando es él quien le pregunta  

¿Cómo es el edén?… 

le contesta, «más bello que el águila

y el relámpago que hoy es Rodolfo».

¿Y de qué preciso modo finalizo,

estos versos trastocados, sin ser un todo?,

será afirmar que Santa Eduvigis hizo

con santas escrituras, quizá con un hechizo,

un verdadero príncipe, caballero inglés,

caraqueño señor llamado RODOLFO.        

Jesús Peñalver

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Curadas / Vía Jesús Peñalver

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