Tres semanas después de que la tierra se fracturara en la costa central de Venezuela, el conteo de la tragedia alcanzó un hito demoledor. El balance provisional oficial asciende ya a 5.069 personas fallecidas y más de 16.000 heridos, consolidando este desastre como uno de los peores eventos sísmicos en la historia reciente de América Latina.
El pasado 24 de junio, dos terremotos consecutivos de magnitudes 7,2 y 7,5 sacudieron el país con menos de un minuto de diferencia. El epicentro golpeó con especial saña al estado costero de La Guaira, al norte de Caracas.

Ciudades como Caraballeda y Catia La Mar se convirtieron en el epicentro del dolor; allí, unas 190 edificaciones colapsaron por completo de las más de 800 que sufrieron daños severos. Hoy, el panorama sigue dominado por retroexcavadoras que remueven escombros —se calculan cerca de dos millones de toneladas acumuladas— y por familias que aguardan en carpas con la esperanza de recuperar los restos de sus seres queridos.
La gestión de la catástrofe avanza entre la urgencia humanitaria y la búsqueda de recursos. Mientras unas 21.000 personas subsisten en más de un centenar de campamentos provisionales, el gobierno interino de Delcy Rodríguez ha comenzado un censo biométrico para planificar la construcción de unas 25.000 viviendas necesarias.
Financieramente, el país ha logrado desbloquear 346 millones de dólares del Fondo Monetario Internacional (FMI) destinados a la reconstrucción, una apertura financiera facilitada tras el cambio político de enero de este año.
A pesar de los esfuerzos asistenciales que atienden a más de 128.000 familias, el miedo sigue latente en las calles. Desde el día del desastre se han registrado más de 1.330 réplicas.
La incertidumbre también ronda las cifras a futuro: las autoridades han evitado dar balances oficiales de desaparecidos argumentando dificultades técnicas y la existencia de más de 300 cuerpos aún sin identificar, aunque estimaciones de Naciones Unidas advierten que el número real de víctimas podría ser considerablemente mayor. La Guaira avanza despacio en su luto, enfrentando un proceso de reconstrucción que, según expertos, tomará años.
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