The New York Times: las 48 horas que marcaron las acciones frente a los terremotos del 24JUN

La llamada de la presidenta de Venezuela entró poco después de las 4 a. m. El gobierno autocrático de Venezuela había desconfiado por años de la ONU; veía sus programas de ayuda e investigaciones de derechos humanos como una amenaza para su control.

Esta es una crónica publicada por The New York Times que reproducimos a continuación.

Pero horas después de que un doblete sísmico histórico se registrara en el país, la presidenta Delcy Rodríguez levantó el teléfono. Gianluca Rampolla, el funcionario de la ONU de mayor rango en Venezuela, contestó. Él ofreció la ayuda de equipos de rescate de todo el mundo.

“Que entren todos”, recordó Rampolla que dijo Rodríguez, “no importan los países, no importa si son aliados, no aliados, tráiganlos a todos”.

En las horas posteriores a los terremotos del 24 de junio, Venezuela abrió sus puertas de par en par al mundo, un cambio radical después de años de estar prácticamente aislados. Rescatistas y trabajadores humanitarios se movilizaron casi de inmediato, entre ellos los de Estados Unidos y de antiguos enemigos como Israel, Guyana y El Salvador. Tenían perros de búsqueda, cámaras de fibra óptica y máquinas de detección de sonido.

La experiencia extranjera y los equipos avanzados salvaron vidas. Pero Rodríguez tuvo que solicitar ayuda mundial en parte porque las decisiones que ella y su partido gobernante habían tomado en los últimos años habían dejado al Estado débil, pobre y desorganizado.

Para sobrevivir a una profunda crisis económica, a las sanciones internacionales y a las derrotas electorales, el Partido Socialista Unido de Venezuela recortó presupuestos, facilitó esquemas de corrupción, reprimió la disidencia y priorizó la lealtad sobre la competencia.

Cuando llegó el desastre, el gobierno estaba ciego y limitado.

La escasez de personal capacitado y de equipos vinculada a las propias decisiones del gobierno limitó su respuesta en las decisivas primeras horas, cuando las víctimas atrapadas tenían la mayor probabilidad de ser rescatadas.

Tomó horas determinar que la zona más afectada era La Guaira, un estado cercano a Caracas, la capital, debido a la capacidad menguada de reconocimiento y de datos sísmicos. No fue hasta el siguiente amanecer, unas 10 horas después de que los sismos ocurrieran, que el gobierno de Rodríguez puso en marcha las labores de rescate.

Para la mayoría de los venezolanos, ese esfuerzo fue deficiente.

Tras años de austeridad, los equipos de emergencia eran una sombra de lo que fueron, lo que obligó a algunos rescatistas a trabajar en los escombros con sus propias manos. La corrupción y las sanciones tuvieron como consecuencia que el gobierno tuviese poca maquinaria que funcionara para desmantelar los edificios derrumbados.

Los recortes de gasto y los ataques de Estados Unidos a los aeródromos venezolanos en enero habían dejado al ejército con menos aeronaves operativas para localizar las zonas de desastre y enviar ayuda de emergencia a esos lugares. Años de medidas de contrainteligencia diseñadas para prevenir golpes de Estado habían hecho que las fuerzas armadas de Venezuela estuvieran atomizadas, sin una cadena de mando clara cuando la catástrofe requería de una acción coordinada.

De manera crucial, tras años de represión, el gobierno enfrentaba una profunda desconfianza de su pueblo. Sin confianza en que los funcionarios pudieran salvar a sus compatriotas, los civiles acudieron masivamente a La Guaira para sacar a personas de los escombros y compartir suministros. Para la tarde del día siguiente, el 25 de junio, ciudadanos bienintencionados habían congestionado la autopista principal, lo que complicó las labores de rescate.

Al inicio, el gobierno mantuvo la autopista abierta, con lo que se evitaron confrontaciones entre civiles y militares, pero eso quizás aumentó la cifra de muertos en La Guaira.

Una calamidad de esa magnitud habría puesto a prueba incluso al gobierno más preparado. Pero para muchos venezolanos —ya hambrientos de cambio luego de 27 años de mandato del Partido Socialista Unido de Venezuela— las deficiencias expusieron la bancarrota total del gobierno de Rodríguez.

“No nos mandaron a nadie”, dijo Lisett, de 24 años, una de las miles de personas desplazadas por los sismos. “No tenemos un líder. ¿Y la presidenta encargada? Pues no sé que se encarga en realidad”.

En el escenario internacional, sin embargo, Rodríguez ha salido del desastre en muchos aspectos en una posición más sólida. Ha conseguido nuevos aliados y ha profundizado su alianza con el presidente Donald Trump, quien dijo que Rodríguez estaba haciendo un “trabajo fantástico” después de los sismos.

Esta crónica de las primeras 48 horas tras los sismos se basa en entrevistas a más de dos decenas de funcionarios, empresarios y diplomáticos venezolanos y estadounidenses, así como a numerosos rescatistas y voluntarios.

Algunos funcionarios solicitaron el anonimato para hablar de conversaciones privadas. Un vocero de Rodríguez remitió a los reporteros a un video de propaganda que destacaba que “la prioridad de la presidenta Delcy Rodríguez en las primeras 72 horas fue salvar vidas”.

Oficialmente, los terremotos han dejado un saldo de al menos 6100 muertos, pero miles de personas están desaparecidas y es posible que estén muertas.

Cuando comenzaron los sismos la noche del 24 de junio, muchos funcionarios venezolanos creyeron que estaban siendo bombardeados —de nuevo— por una fuerza extranjera. Apenas seis meses antes, las fuerzas estadounidenses habían atacado La Guaira y Caracas, lo que causó la muerte de unas 100 personas y la detención del presidente Nicolás Maduro.

A las 6:04 p. m., cuando ocurrió el primer terremoto, el gobernador de La Guaira, José Alejandro Terán, se estaba bañando. Mientras salía a toda prisa, las ventanas se quebraron y los azulejos se agrietaron. Tomó a su hija de 15 años, dijo, se acurrucó con ella junto al marco de una puerta y comenzó a rezar.

El segundo sismo, más fuerte, llegó 39 segundos después.

“Nunca me pudo pasar por la mente, nunca viví algo así, ni siquiera en un escenario de guerra convencional”, dijo Terán.

Condujo por calles a oscuras llenas de víctimas que gritaban y edificios derrumbados. Cilindros de gas explotaban a su alrededor. No había servicio de telefonía celular. Cuando logró hacerse de un radio, muchos subordinados no respondieron, y Terán se enteraría luego que cerca de la mitad de su gabinete, algunos funcionarios de seguridad de alto rango, varios familiares y muchos amigos habían muerto.

Del otro lado del Cerro El Ávila, Rodríguez estaba reunida con su ministro de Relaciones Exteriores en Caracas cuando los sismos comenzaron. Se apresuró a reunirse con sus altos funcionarios en un centro cultural cercano. En el camino, vio que una torre residencial colapsaba.

Las réplicas sacudieron su base improvisada, una casona colonial, mientras el círculo cercano de Rodríguez hacía llamadas telefónicas. Algunas de sus primeras llamadas y mensajes de texto fueron para funcionarios estadounidenses.

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Inicialmente, el Servicio Geológico de Estados Unidos ubicó el epicentro de ambos sismos a cientos de kilómetros de distancia de La Guaira, lo que centró la atención en la zona equivocada. La fuerza de los sismos —de magnitud 7,2 y 7,5— hizo que llegaran a raudales reportes de edificios derrumbados y muertes desde muchas partes del país, incluida Caracas, lo que hizo más difícil establecer prioridades. Comenzó a oscurecer poco después del doblete sísmico, lo que complicó las labores de reconocimiento.

Semanas después, la agencia geológica aclaró que el segundo sismo, más poderoso, ocurrió cerca de La Guaira.

Funcionarios de alto rango del Departamento de Estado fueron notificados de los sismos en cuestión de minutos y comenzaron a organizar una respuesta de Estados Unidos incluso antes de hablar con sus homólogos venezolanos.

Menos de una hora después de los sismos, Trey Espy, un jefe adjunto del Departamento de Bomberos del Condado de Los Ángeles, dijo que el Departamento de Estado le había dado instrucciones de prepararse para ser desplegados en Venezuela.

Meses antes, Trump ya había hecho una apuesta política por el éxito del gobierno de Rodríguez. Algunos funcionarios estadounidenses dijeron que la Casa Blanca decidió poner en marcha una operación de ayuda para recompensar a Rodríguez por cumplir con las exigencias de Estados Unidos. Fue un cambio drástico respecto a la respuesta limitada del gobierno estadounidense ante otros desastres recientes en el mundo.

Los sismos comenzaron cuando era de noche para el secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, quien estaba en Baréin. Habló del desastre con Trump antes de contactar a Rodríguez ese mismo 24 de junio y ofrecer el respaldo total de Estados Unidos, según un funcionario estadounidense y uno venezolano.

Rubio y Rodríguez hablarían varias veces en los días que siguieron a los sismos, dijo el funcionario estadounidense. Estados Unidos también activaría a aproximadamente 2000 militares estadounidenses y enviaría a más de 300 rescatistas.

El gobierno de Estados Unidos ha comprometido casi 400 millones de dólares para los esfuerzos de respuesta a los sismos y ha flexibilizado las sanciones económicas contra Venezuela para facilitar las ayudas humanitarias.

Sin embargo, el control de facto de Washington sobre los ingresos públicos de Venezuela significaba que Rodríguez estaba limitada en la forma en que podía gastar el dinero del país.

El Departamento del Tesoro de Estados Unidos recibe la mayor parte de los ingresos por exportaciones de Venezuela y luego los desembolsa para usos aprobados por Rubio. El sistema ha reducido la corrupción, pero ha dificultado que Venezuela mueva el dinero con rapidez.

Los daños en el principal aeropuerto de Venezuela, que está en La Guaira, presentaron uno de los mayores problemas. Al día siguiente de los sismos, ingenieros militares estadounidenses aterrizaron en el aeropuerto para reparar la pista de aterrizaje y asumir temporalmente el mando de la torre de control, porque algunos operadores habían muerto. Para el 26 de junio, enormes aviones militares transportaban millones de kilos de suministros.

Cuando los sismos sucedieron, el máximo funcionario de seguridad de La Guaira, Andrés Goncalves, quedó aislado del mundo exterior. Dijo que organizó una respuesta improvisada desde su casa en el sector de Caraballeda, un complejo de dos pisos que combinaba viviendas, una estación de policía y un puesto de primeros auxilios.

Iluminado por una planta eléctrica portátil, el complejo se convirtió en un faro en medio del apagón circundante, dijo Goncalves. Estaba bien abastecido de suministros básicos de emergencia, pero carecía de equipos de rescate especializados.

Decenas de heridos fueron llevados al complejo, dijo. Algunos fueron estabilizados, otros murieron en el piso. Los sismos mataron a su madre, a su hermana y a otros tres familiares.

De vuelta en Caracas, Rodríguez, conocida por su microgestión, al inicio intentó mantener las labores de rescate bajo su control. La noche del 24 de junio, sus funcionarios se comunicaron con gobiernos y organizaciones internacionales con las que ya tenían relaciones de trabajo, incluidos Estados Unidos, Suiza y la ONU.

Al terminar la primera noche, Rodríguez extendió su llamado de ayuda. Poco después del amanecer, viajó a la base militar regional de La Guaira y se quedó allí todo ese día.

Israel envió rápidamente imágenes satelitales a Venezuela y mandó asesores en demolición a La Guaira, un cambio drástico tras años de apoyo venezolano a la independencia palestina. El presidente de derecha de El Salvador, Nayib Bukele, por mucho tiempo el gran villano de la propaganda de Venezuela, habló con Rodríguez horas después del sismo. Los rescatistas salvadoreños estuvieron entre los primeros en el lugar.

Los daños en el aeropuerto de La Guaira provocaron que los primeros equipos de rescate aterrizaran en una base militar a unos 145 kilómetros de distancia.

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