La navidad cristiana y el final del año están llenos de tradiciones, reencuentros familiares y reuniones sociales que tienen como objetivo festejar el nacimiento de una nueva vida, y se percibe como el fin de un período y comienzo de uno nuevo.

En estos encuentros pueden ocurrir situaciones donde se exacerben los sentimientos, estimulados por el consumo de bebidas, se revisen las metas y logros, el estilo de vida, las relaciones de pareja o de trabajo. Cuando se acerca el fin de año y comienza uno nuevo, se piensa en iniciar proyectos, cerrar situaciones, hacer cambios para implementar a partir de enero.

Es natural la reflexión en Navidad, la revisión de los logros y la actualización de las metas para el futuro, pero no es un buen momento para tomar decisiones que impliquen una ruptura justo cuando todos debemos estar unidos en el amor y la intimidad conjunta.

Por otro lado, hacer una ruptura en Navidad implica asociarla para toda la vida a estas fechas, como un anclaje de separación que implicó dolor, tristeza, desaliento, fracaso, afectando las próximas navidades. Aparte de que hará que los demás se contagien del sentimiento negativo y no disfruten las festividades, porque esa ruptura en esta época tiñe de gris esos momentos memorables, en disonancia con lo que ocurre en el ambiente festivo.

Si tomamos en cuenta que en las fiestas de fin de año pueden ocurrir sentimientos de nostalgia por los seres ausentes o que han migrado, nada bien hará que en nuestros recuerdos familiares se agregue además una ruptura en esta época.

Tampoco favorecerá a los niños que seguramente se afectarán si los hacen partícipe de esa decisión justo cuando se esperan celebraciones y regalos. Igualmente influirá en las personas mayores de esa familia, ya que tienen un mayor reservorio de recuerdos, son más sensibles y se le hará más difícil mantener un ánimo positivo y alegre.

Asociar eventos negativos a la Navidad y fin de año tiene una gran trascendencia, porque puede desarrollar – especialmente en los más jóvenes – una aversión hacia estas fechas sin tener conciencia de por qué les ocurre, aunque perciban de forma subliminal los sentimientos que se desarrollan en el ambiente.

En forma análoga, algunas personas presentan rechazo hacia estos encuentros porque los relacionan a costumbres exageradas con el consumismo estimulado por los medios, la presión para dar regalos no solo a los niños sino a todos los miembros de la familia y compañeros de trabajo. Y esta costumbre puede implicar muchas exigencias económicas. Por estos motivos se aíslan y no se hacen partícipe de algunas reuniones.

Como corolario, agregamos que esta época de solsticio, con menos horas diurnas llenas de luz y sobre todo en algunos países con inviernos rigurosos, puede ser que ocurra la depresión estacional.

Es mejor oportunidad elegir para una ruptura afectiva una fecha con mejores auspicios y que no afecte a tantas personas involucradas, siempre que haya sido muy bien pensada y valorada en conjunto con un especialista en psicología o en psicoterapia familiar.

 

 

 

Elizabeth Valarino.
Doctora en Psicología Clínica.
Profesora Titular USB, UCV.
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