El virus detrás de las epidemias se llama racismo

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El coronavirus y otras amenazas sanitarias pueden derrotarse, pero la solidaridad, tan poco de moda, debe enfrentarse a un virus más insidioso: la mezcla de miedo y racismo.

La amenaza del coronavirus es real. Hay más de 75.000 casos y 2.127 muertos y las cifras aumentan cada día. El brote ha llegado a dos decenas de países, se han construido hospitales enormes en China para aislar pacientes y hay ciudades enteras, con millones de residentes, en cuarentena. La Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró una emergencia global de salud y la comunidad científica discute sobre si se convertirá en una pandemia.

Pero esta emergencia sanitaria ha revelado un aspecto aún más tóxico que se manifiesta y propaga con cualquier tipo de tragedia: el racismo, la convicción de que todo lo que no sea blanco y occidental origina los males del planeta.

En los primeros días del brote, el vídeo de una mujer que come una sopa de murciélago corrió como la pólvora en internet y desató una reacción xenófoba que vio allí la génesis de la enfermedad. Habría que detenerse en los datos: el vídeo no estaba grabado en la ciudad china de Wuhan —el epicentro de la nueva cepa de coronavirus llamada COVID-19—, sino en Palaos (Micronesia) en 2016. Verso y reverso: las redes sociales son espacio de resistencia, con etiquetas como #JeNeSuisPasUnVirus o #YoNoSoyUnVirus y protestas antirracistas, pero también pueden ser el lubricante perfecto para los bulos tanto en países de Asia —con Indonesia a la cabeza— como en Occidente, donde el racismo se extiende a toda persona que pueda relacionarse con Asia.

Las ideologías racistas explotan el miedo: ninguno tan atávico como el biológico. En el rastreo del origen de una epidemia hay un deber científico, pero cuando desde el sofá lo asumimos como un deber ciudadano y buscamos la semilla de la tragedia, el principio de todo, empiezan el morbo y la cacería cultural. En el imaginario colectivo racista, el coronavirus se sincroniza con los hábitos alimenticios y costumbres de higiene en China, igual que el ébola que asoló África Occidental entre 2014 y 2016 se interpreta como una emanación mágica de la pobreza y de las tradiciones africanas.

Para los países fuera de Occidente, hay condenas míticas: castigos a civilizaciones enteras, a culturas que han pecado, a personas que están fuera de lo normativo. Lo normativo suele ser, claro, lo occidental.

Las epidemias no son solo casos de infectados y muertos, tratamientos y vacunas: son comunidades rotas por el estigma, sistemas de salud desbordados y la comprobación, bochornosa en el caso del ébola, de que los países ricos preferían la ilusión aislacionista —si el virus no llega aquí, no existe— a la eficiencia de la cooperación.

La peste de Albert Camus, un libro necesario para los tiempos que corren, ofrece soluciones. El doctor Bernard Rieux, protagonista de la novela, lucha por la vida en Orán, una ciudad argelina infestada por una plaga. El médico tiene una misión moral: hacer su trabajo de forma abnegada y llamar a las autoridades a la acción. Las epidemias plantean un dilema: ayudar al otro —que mañana podría ser yo— o construir un muro. Los virus, tan modernos y tan antiguos, penetran de forma indiscriminada en nuestros organismos, sin atender a género, origen o clase social. Nos recuerdan que estamos conectados, que el egoísmo y el prejuicio son una condena y que la solidaridad es un antídoto necesario.

Camus (o Rieux) quería decir “algo que se aprende en medio de las plagas: que hay en los hombres más cosas dignas de admiración que de desprecio”. Ese lado luminoso puede ser hoy la cooperación internacional y no las restricciones viajeras —cuya eficacia no está comprobada, como lo prueba el caso de un británico que contagió el virus a varias personas en los Alpes sin haber pisado China— o la rienda suelta a prejuicios racistas.

Por eso el coronavirus importa. En la era de la mentira viral, la polarización y la fragilidad de las razones argumentadas, es necesario derribar muros reales, como el racismo, y simbólicos, como la ilusión de que aislarse es la única vía hacia la salvación.

 

Vía The New York Times

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