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Luis Carlos Díaz: “A mí me robaron mi vida”

“A mí me robaron mi vida”. Esta frase sintetiza lo que ha estado enfrentando Luis Carlos Díaz desde las 5:30 de la tarde del 11 de marzo de 2019 hasta hoy.

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“A mí me robaron mi vida”. Con esta frase, Luis Carlos Díaz sintetiza lo que ha enfrentado desde las 5:30 de la tarde del 11 de marzo de 2019. La vida que llevó hasta ese momento, su derecho a viajar y a ejercer libremente el periodismo, aún está en manos de un tribunal que decidió extender, hasta el 9 de diciembre de 2020, el plazo para la investigación sobre su caso. Ello, a pesar de que el Ministerio Público no ha logrado encontrar una sola prueba que lo vincule al delito de “instigación pública” del que lo acusan, según ha informado la ONG Espacio Público, que lleva su defensa.

Todavía le está prohibido hablar acerca de ese hecho, el más difícil en sus 35 años de existencia. Pero de otros temas de su vida Luis Carlos habla detalladamente, con entusiasmo y emoción. “Vengo de una familia más que mestiza, binacional”, nos contó en esta conversación telefónica con Curadas. Bastó escucharlo responder la primera pregunta para darnos cuenta de que su talante no se corresponde con su cara de muchacho superserio que le solemos ver en sus diferentes espacios digitales, desde los cuales analiza la situación del país para ayudarnos a entenderla.  

Una familia multitudinaria

Los orígenes de su familia materna se remontan a Bergondiño, una aldea gallega tan pequeña que ni siquiera aparece en el mapa, aunque luego se mudaron a Barcelona, Cataluña y desde allí migraron a Venezuela, donde se asentaron en Charallave. “Aquí ya teníamos un tío mayor que se había establecido en esta localidad de los Valles del Tuy porque era una zona industrial que estaba en crecimiento, donde había posibilidades de tener parques industriales, y él tenía un taller metalúrgico. Era la base de operaciones de los Vázquez (…) Charallave tenía en esa época una vida comercial superinteresante. Mi familia se dedicó toda su vida al comercio (…) Yo me crie detrás de un mostrador, ayudando a mi mamá a vender y a atender el público, cosa que además me encanta”, dice.

 Mi padre – prosigue – es venezolano y su mamá es andina y su papá llanero, hijo de algún canario, de esas mezclas raras que se dan en Los Llanos (…) Mi abuelo paterno se ocupó toda su vida de maquinaria pesada. Para mí, era un abuelo muy cool porque a veces pasaba por el pueblo montado en esas máquinas gigantescas Caterpillar… ¡Imagínate, yo en kínder y ver pasar a mi abuelo montado en una maquina gigantesca, más grande que cualquier carro!

Hay otra particularidad de Charallave que a mí me encanta y es que es un pueblo de muchos, muchísimos migrantes. Era como la ONU: había portugueses, chinos, italianos, gallegos, españoles, ecuatorianos, peruanos, canadienses, irlandeses del Norte, árabes… Era un ambiente con gente de muchísimas razas y nacionalidades. Los venezolanos en mi edificio eran minoría o eran así, familias híbridas, como la mía.

“Era vivir con la otredad siempre, así de chévere. Parte de lo que soy viene de esa variedad”, apunta.

La llegada de internet a Charallave

Entre todos conforman una familia multitudinaria, con poco más de 20 tíos y 60 primos, por ambos lados, que además tuvieron en común el haber estudiado en la misma escuela, la Teresa de Bolívar, donde también, por supuesto, estudió Luis Carlos, el mayor de tres hermanos, un hecho que marcó su vida a los nueve años.

Con la llegada de internet a Venezuela, en 1994, se puso en marcha un plan piloto para llevar este servicio a las escuelas y la Teresa de Bolívar fue una de las escogidas.  “Fue una suerte loca loca, porque ya para ese momento en Charallave deja de haber cine, ya no hay librerías, la oferta cultural baja muchísimo, empieza a aumentar la criminalidad… Entonces uno se quedaba encerrado, pero con internet podíamos conectarnos con el mundo”.

¿Y por qué te atrajo internet?

Yo de chamo leía mucho, ya no leo tanto… (Risas)

Mi papá me enseñó a leer a los dos años y después me mostraba ante sus amigos para lucirse por tener un hijo que ya leía a los dos años, y yo siempre lo dejaba mal porque me equivocaba, a propósito. En público, todas las letras pasaban a ser «a» (risas). Otro que estaba fascinado con eso era mi abuelo, que también le gustaba mostrar ante sus amigos al nieto que ya leía. Y en el caso de mi abuelo era algo más lindo aún, porque él era analfabeto. Era un señor supertécnico, superaplicado, hacía mil cosas, pero no sabía leer ni escribir.

Entonces internet me permite conectarme y me permite leer. A mí lo que me fascina de internet es la posibilidad que te da de controlar tu consumo informativo. Hay abundancia de contenidos de lo que te dé la gana, y tú, por las pasiones o por las obsesiones que tengas en la vida, puedes desarrollar y profundizar en lo que quieras. Esa posibilidad de educarte a ti mismo en tu casa me parece increíble.

¿Alguna vez te midieron tu coeficiente intelectual?

No. Eso no había llegado todavía a Charallave… (Risas)

¿Y en la escuela nunca te tomaron por nerd?

No. Lo que hicieron fue adelantarme de curso. Yo siempre estudié con gente que era mayor que yo. Y me ponían a hacer algo que ahora de grande me da pena: me sacaban del salón de primer grado para ir a leer en los salones de segundo y tercer grado, porque ya leía ´corrido´. Por eso es que a los 15 ya estaba haciendo la transición del bachillerato a la universidad.         

Otra cosa muy divertida es que en el colegio había un periódico escolar, del cual guardo una edición de 1990, donde está el primer texto que yo publiqué, a los cinco años.

Entonces fue una decisión casi que natural la de estudiar Comunicación Social en la universidad…

¡No, para nada! Y de hecho mi relación con el periodismo también es medio rara porque para mí el periodismo es solo una dimensión de esta cosa gigante llamada comunicación.

Su primer viaje

A los 15 años Luis Carlos fue a Alemania a visitar a su madrina, la mejor amiga de su madre, también española y emigrante, quien había dejado Venezuela ante la inestabilidad política y social que se sentía en ese momento en el país. “En Alemania me llamó mucho la atención el tema de ingeniería de telecomunicaciones, la parte tecnológica de las comunicaciones. Cuando estaba por terminar el viaje mi papa me llamó y me preguntó si me quería quedar. Como mi hermanito estaba por nacer, le dije que no, que me regresaba a Venezuela. Venía con la idea de estudiar ingeniería en telecomunicaciones. Ya tenía cupo en ingeniería en la Central y en la Simón Bolívar y también en comunicación social en la UCV. Es a última hora que yo decido irme a comunicación social.

¿Qué te hizo tomar esa decisión?

Creo que una de las cosas que me hizo inclinarme hacia comunicación social fue que ya yo tenía mi propio espacio digital, mi propia página, ya publicaba cosas en internet y tenía lectores. Ante eso, me dije bueno, aquí se está moviendo algo.  Y otra de las cosas que me marca también es el 11 de septiembre de 2001, que yo lo vi por televisión, como todo el mundo. Pero a mí no me interesó tanto el hecho sino la manera de narrarlo, la manera de contarlo, de que eso convocara a tanta gente. Esa parte me interesó. Y decido entonces entrar a comunicación social en la UCV.

En la universidad le tocó vivir toda la conflictividad política que se generó en el país a partir del año 2002. “Para mí eso resultó muy interesante, porque en mi familia no hay ningún tipo de formación ideológica o militancia política. Yo no vengo de una familia ni de izquierda, ni conservadora, ni son adecos… nada de eso. Entonces la universidad me proporcionaba ciertos referentes. Si esta gente que leyó, si son doctores (de paso, en la universidad fue donde me enteré de que había doctores que no eran médicos) si esta es la gente inteligente, bueno, vamos a ver qué piensa acerca de lo que está pasando en el país. Y me conseguí con esta cosa loca de que había gente inteligente opositora y gente inteligente chavista.

La otra cosa que me impresionaba era la polarización. Tuvimos una generación marcada por esto, porque en mi salón había chavistas y opositores, o había hijos de chavistas e hijos de opositores. Mi familia era comerciante y mientras los dejes trabajar, pa´ lante. Ver la polarización era muy complicado para mí, porque era ver cómo se desgarraban las relaciones, cómo la gente dejaba de hablarse, dejaba de confiar porque había un conflicto más grande. Y eso creo que me marcó mucho.

Yo tengo dos líneas de trabajo muy importantes: una es la tecnología, la pasión por lo nuevo. Pero la otra área es la política y cómo nos polarizamos, cómo surgen conflictos a partir de lo que comunicamos. Esto lo pude desarrollar años después.

Naky

En 2006 trabajó un año completo como pasante en El Nacional, ocasión que le permitió seguir muy de cerca el proceso electoral presidencial que se llevó a cabo en diciembre de ese año. Pero en el ínterin ocurrió otro hecho que también marcó su vida: conoció a Naky, quien hoy es su esposa. La entrevistó un día para el periódico y desde entonces están juntos. “Pasó que nos conocimos y nos enamoramos. Nuestro aniversario es el día que nos conocimos, el 20 de octubre. Lo demás es secundario”.

¿La diferencia de 12 años entre tú y Naky fue un obstáculo a superar?
Eso nunca ha sido un tema. Nunca. Además, lo que hace la gente es que nos prorratea la edad, a ella se la bajan y a mí me la suben y listo.

Es que tú te ves mu seriecito…
Es que toca ser serio.

¿Les es fácil trabajar juntos, además de convivir? Siempre dicen que las parejas que comparten profesión…
¡Es que nosotros no compartimos profesión! Naky es industrióloga y tiene una maestría en comunicación para el desarrollo. Más bien nuestras áreas de trabajo son de enemigos. Trabajamos en dos áreas muy distintas. Naky es experta en vocería. Ella le enseña a la gente a hablar como si fuera representante de una marca, de una empresa, enseña a hablar en nombre de alguien. Y eso es lo peor que le puedes hacer a un periodista, porque la función del periodista es todo lo contrario, es sacar más información, la mejor información, lo que él quiere saber; mientras que la misión de un vocero es decir lo que él quiere decir, lo que debe decir en nombre de la empresa o institución que representa.

A Naky y a mí lo que nos conecta, más allá de querer entender lo que pasa en este país, es que a ambos nos encanta dar clases. Yo siento que he mejorado muchísimo por ella, y eso es genial porque me ha enseñado estrategias para ser mucho más convincente con la gente, con el espacio chiquito del aula, y eso es muy rico. ¡Dar clases es superdivertido, a los dos nos da mucha energía!

Empoderando a la gente

En 2007 Luis Carlos empezó a trabajar con el Centro Gumilla, el centro de investigación de los jesuitas. Allí, entre otras muchas actividades, formó parte del equipo que ha organizado el Encuentro Internacional de Constructores de Paz, que ya lleva diez ediciones y de las que él se encargó de seis. Allí también se ocupó de formar a gente de muchas organizaciones de derechos humanos en el uso de redes sociales y de herramientas digitales.

“Mi línea, mi función como comunicador, no ha sido este paradigma de que el periodista es la voz de los que no tienen voz. Eso está bien, pero la gente tiene su propia voz, entonces es mejor enseñarles a usar las herramientas para que ellos puedan potenciar esas voces, para que participen en el espacio público, para que tengan sus propios canales digitales, que puedan hacer ruido, que generen sus propias comunidades. Esa ha sido mi línea: empoderar a la gente, darle más capacidades”.

En los años del Gumilla pudo profundizar mucho más en sus áreas de interés, porque era trabajo pero también investigación, y amplió su labor como facilitador en el uso de herramientas digitales que inició en 2004 y que le ha permitido ya dictar cursos en 22 países del continente. “Dejé de viajar cuando me metieron preso, porque me prohibieron salir del país. Pero solía salir mucho y tener a Venezuela como base de operaciones”.

A propósito de tu vinculación con los jesuitas, ¿profesas alguna religión?
Para nada. Así como no tuve formación ideológica en mi familia, tampoco tuve formación religiosa. No somos una familia practicante, aunque algunos se han casado por la Iglesia. Hice la primera comunión porque se hacía en el colegio. Pero nada de ir a misa o que las cosas pasan porque Dios quiere.  Nada de eso.

¿Y en qué crees?
En Naky, mi esposa. Creo en la capacidad que tiene la gente de cambiar las cosas. Creo que la gente es capaz de cambiar sus propias convicciones de vida o cambiar otras cosas para vivir más dignamente, para vivir mejor.  Dentro de esto, los jesuitas caben perfectamente y por eso terminé trabajando con la Compañía de Jesús por ocho años. Los jesuitas son unos tipos geniales. Primero, cultivan el conocimiento; y lo segundo es que son superconcretos. Si hay un problema, se organiza a la gente para que lo resuelva. No es esa lectura católica de sufrir y pasarla mal porque luego vas a ser recompensado con la vida eterna. Con los jesuitas la cosa no es así. Esa visión de que las cosas se resuelven aquí, me parece supercoherente.

Y por eso nunca hubo ningún tipo de incomodidad. Cualquiera de estos panas es más inteligente que yo, y cree en Dios. Entonces, ahí tiene que haber algo que uno no termina de comprender, pero está. Eso significa que yo no soy para nada ateo, soy más bien agnóstico. Los agnósticos dormimos tranquilos porque lo que decimos es que si hay algo allá, si existe algo más, nuestra capacidad de comprensión no llega tan lejos. Entonces, decir que existe o que no existe no está a nuestro nivel. Es solo que no lo entendemos. Por eso dormimos tranquilos.

El programa de César Miguel

Aunque le encantó el trabajo en el Gumilla, llegó un momento en que se dio cuenta de que después de ocho años ya no podía crecer mucho más allí. Estaba pensando en tomar nuevos rumbos cuando sonó el teléfono, un día de 2015.

“Ya para ese entonces estaba dando clases fuera del país. Iba y venía y estaba muy activo con mis investigaciones. Ya tenía mi propia área: la libertad de expresión en el ámbito de internet.  Es decir, hacer de internet un derecho y procurar que la gente tenga más y mejor internet para que eso le dé más poder. Ya me sentía en capacidad de pasar de trabajar en el Centro Gumilla a trabajar por mi cuenta en el fortalecimiento de ese derecho. Y llega entonces la llamada de la radio.

Ya César me había entrevistado varias veces como fuente de información. Esta es otra forma de relacionarme con el periodismo, porque hay horas del día en que hago periodismo y hay otras horas en la que soy fuente de información. Cesar me había llamado muchas veces como fuente. Pero cuando nos llama y nos pregunta si queremos trabajar con él, por supuesto que aceptamos. ¡Era cheverísimo la idea de trabajar con él!

¿Qué significó eso en tu carrera?
¡Guao, imagínate! Una de las procuras grande de mi trabajo es la incidencia pública. Si hay algo que a mí me interesa ver, es cómo lo que tú tienes que decir lo hacemos de preocupación nacional. Entonces, imagínate lo que significaba tener ahora a disposición el cañón del programa de opinión más escuchado de Venezuela. ¡Era una oportunidad gigantesca! Para mí era un crecimiento importantísimo.  

Pero el optimismo que le embargó al entrar a trabajar al programa de César Miguel y ante el avasallante triunfo de la oposición en las parlamentarias de diciembre de 2015, no duraron mucho. “Se ganaron las elecciones con mayoría de dos tercios. Ahora viene el cambio institucional, el país va a cambiar, pensaba yo. Y lo que recibimos fue palo y palo y palo y muertos en las protestas. Estamos traumados. Fue ver, además, cómo cada año la censura empeoraba, cómo aumentaban las presiones. Al programa de César le quitaron la posibilidad de hacer el editorial, había temas de los que ya no se podía hablar. Era una cosa que se iba cerrando y cerrando hasta que lo sacan del aire el 23 de enero de 2019. Yo regresé de México como el 26-27 de enero, me volví a ir en febrero y regresé antes del 7 de marzo.

Y el lunes 11 de marzo, lo detuvieron.

El proceso

Para ese momento Luis Carlos estaba sobrecargado, con muchas responsabilidades encima, pues ya venían de cuatro meses de haber iniciado el tratamiento de Naky contra el cáncer. Ese lunes, en pleno apagón nacional, tomó su bicicleta y fue a la emisora a ponerse a la orden. “Estuve en todas las emisoras del circuito porque no había a quien entrevistar, no podían llamar a otras personas para entrevistar porque debido al apagón no había líneas telefónicas en muchos sitios. Estuve en la 90.3, en Onda, en Éxitos, en La Mega, hablando sobre el tema de las telecomunicaciones, de la afectación en este campo a causa del apagón. Por eso es que ese día había tanta gente que me había visto o me había oído, lo que ayudó, por fortuna. Si a mí me hubiesen llevado preso el sábado o el domingo, nadie se entera sino un mes después.

A las 10:39 de la noche, Naky dio la voz de alerta a sus colegas. “Estimados: perdí contacto con @LuisCarlos a las 5:30 de la tarde, cuando me dijo que venía a casa a descansar porque esta noche haría una jornada especial en @Unionradionet desde las 10:00 pm hasta las 5:00 am #DóndeEstáLuisCarlos”, escribió en su cuenta en Twitter @Naky.

El proceso contra Luis Carlos comenzó el 8 de marzo de 2019. Ese día, el presidente de la ilegítima asamblea nacional constituyente, Diosdado Cabello, divulgó un video en el que el periodista y defensor de derechos humanos hizo una serie de comentarios sobre qué podía hacer la gente en el caso de que el régimen decidiera aplicar un blackout informativo en el país, es decir, que cortara los servicios de telecomunicaciones que maneja, entre ellos internet.

Los comentarios los había hecho Luis Carlos en el podcast #EnSerio, que conduce junto a Naky, divulgado originalmente en su canal de YouTube el 26 de febrero de 2019, y fueron en respuesta a la pregunta de un seguidor, según reportó el portal El Pitazo en un trabajo que publicó el 11 de marzo de 2020, cuando se cumplió un año del proceso.

El proceso judicial sigue en curso, pese a la solicitud hecha por Espacio Público para que se de por cerrado en vista de que el Ministerio Público no ha logrado presentar pruebas que lo incriminen en el delito del que se le acusa.

También se mantiene la prohibición, tanto para él como para sus abogados, de declarar sobre el caso. Sin embargo, parte de lo que le ocurrió durante las treinta y tantas horas que permaneció desaparecido y luego detenido, entre el 11 y 12 de marzo de 2019, está contenido en la Resolución 17/2019, por la cual la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) le otorgó medidas cautelares a él y a su núcleo familiar. También, en la solicitud para que cese la criminalización de Luis Carlos que presentó el Observatorio para la Protección de los Defensores de Derechos Humanos, programa conjunto de la Organización Mundial Contra la Tortura (OMCT) y la Federación Internacional de Derechos Humanos (FIDH).

Durante el interrogatorio al que fue sometido – de acuerdo al mismo informe de la CIDH – el funcionario a cargo acusó a Luis Carlos de haber recibido dinero, dólares, por la venta de información “a la inteligencia británica” sobre el Guri.

El 11 de julio de 2019, en una entrevista que le realizó César Miguel Rondón, el general Manuel Cristopher Figueras, quien fungía como jefe del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (Sebin) en el momento en que Luis Carlos fue detenido, admitió que las personas que lo aprehendieron “lo llevaron a una de las distintas casas seguras que tiene el Sebin (…) Así las llaman, casas seguras…”, a los centros clandestinos de detención que tiene el régimen.

Y en una entrevista publicada al día siguiente por el periódico español El País, Cristopher Figueras, quien ahora se encuentra exiliado, admitió que “las torturas en Venezuela son sistemáticas” y le pidió perdón a Luis Carlos.

“Ha sido una de las situaciones más difíciles de mi vida. La más difícil de todas”, nos confesó Luis Carlos.

Las herramientas que adquirió por su trabajo en el campo de derechos humanos fue lo que le dotó de recursos psicológicos para afrontar esta situación. “Yo tenía a mi favor muchas cosas. No es que estuviera preparándome para una detención, pero sí cosas que me permitían sobrellevar esto tan duro”.  

¿Qué cosas, por ejemplo?
El haber dado clases en México, El Salvador y en Honduras, donde a los periodistas los matan. Haber tenido alumnos que fueron desaparecidos o asesinados. Haber trabajado con ONG de derechos humanos. Haber entrevistado en Venezuela a presos políticos y víctimas de tortura de 2014 y 2017, a gente que pasó por distintos cuerpos de reclusión. Eso me ayudó a entender cómo operan, cómo trabajan. Haber vivido cosas tan duras como profesor, como facilitador, me ha permitido tener una preparación para contextos difíciles. Es cruel, pero alguien que no haya hecho esas entrevistas no tiene tanto background.

Naky y él también grabaron un disco para la ONG Provea que contiene una guía completa sobre lo que se debe hacer en caso de violaciones de derechos humanos, que está disponible en internet. “Allí explicamos a las personas qué deben hacer si te detienen, si te desaparecen, si no te respetan el debido proceso, si no te presentan ante un juez… O sea, yo lo que tenía en mi cabeza era un check list de violaciones de derechos humanos”.

Como periodista y como activista de derechos humanos, eso yo lo conocía. Lo había trabajado con un poco de gente. Entonces, cuando te toca, y esta parte me pegó mucho, cuando eres la víctima y te toca quedarte callado porque debes dejar hablar es a los abogados, a las ONG que tienen que pensar la estrategia de defensa, y tú eres la víctima, es durísimo. Ahora te toca estar del otro lado.

¿No te asustaste?
Uno se asusta, es lo normal. Pero necesitas que el miedo te sea útil para preservarte, no para limitarte. Y eso sí es importantísimo. Yo no sé si todo el mundo tiene la misma sangre fría para eso, pero el susto te ayuda a tomar mejores decisiones y ser más cauteloso. Es un susto que te permite mantenerte con vida.

En ese ese momento también pensaba en que yo era el enfermero de mi esposa, que tenía que estar ahí para cuidarla (…) Ese incentivo de que tienes que proteger a alguien más, de que tienes que hacer bien las cosas para cuidar a alguien más, es importante.

Historias de solidaridad

Según lo informado por Naky a los medios de comunicación, durante el allanamiento que practicaron a la vivienda de ustedes, los funcionarios del Sebin se llevaron computadoras, celulares, un pen drive y dinero que tenían para su tratamiento contra el cáncer. ¿Cómo pudiste adquirir nuevos equipos para seguir trabajando?

Al día siguiente de que me liberan, nos fuimos a otra casa porque no podíamos seguir en la nuestra porque había vigilancia policial, y nos recibe una periodista a la que queremos mucho, quien además me dio dinero y me dijo “cómprate un teléfono”. Fui entonces al City Market y me compré un teléfono modesto que es el mismo con el que te estoy hablando ahorita.

Dos o tres días después me llegó un paquete de unos amigos ciberactivistas, que trabajan con seguridad digital, que contenía una laptop y otro teléfono. Fue algo así como un paquete de emergencia para poder seguir trabajando en el momento. Después me enteré que eso me lo enviaron de un periódico. A mi esposa le conseguimos una computadora prestada donde estábamos trabajando, una computadora vieja pero que servía para escribir.

¡Amigos no faltan, y eso es buenísimo!

¡Y también te regalaron una bicicleta en tu cumpleaños!
Sí. Yo tengo la única bicicleta presa política en Venezuela. Está presa presa. El Sebin la montó en la camioneta, se la llevaron y no fue que la desaparecieron como hicieron conmigo, ella sí está en el expediente de la cadena de custodia.

“¿¡Dinero!? Los zapatos que yo llevaba ese día estaban rotos porque los usaba para frenar. Era una fucking bicicleta sin freno. No hay nada más vulnerable que eso. Y tenía una bicicleta sin frenos porque vivía como un monje. Ya teníamos varios meses encerrados en la casa porque la prioridad era el tratamiento médico de Naky. Esa era la prioridad, no los frenos de la bicicleta. Y yo iba a la radio en bicicleta no porque soy ecológico, sino porque se había dañado el Optra que tenemos y no había cómo repararlo. Era un momento en que no podíamos derrochar.  Entonces, la bicicleta es un símbolo importante en esta historia porque es un símbolo de vulnerabilidad.

Por recomendación de mis abogados no debo salir solo ni en bicicleta, a menos que esté en compañía de otras personas. Entonces pasé casi un año sin poder salir. Cuando cumplí 35 años (el 15 de febrero pasado) mis amigos me regalaron una bicicleta, lo cual me parece un gesto hermoso, bello, pero no puedo usarla, no debo salir en ella.

Pero cuando te liberaron, apareciste con tu casco color naranja en la mano…
Me lo dieron al salir y no sé por qué, porque me robaron demasiadas cosas… A mí me robaron mi vida. Y eso lo sabe el Estado, y por eso lo hace adrede. Ese es uno de los fines del terrorismo de Estado. Acabar con tu identidad. Me quitaron mi vida, porque no puedo volver a la radio a trabajar libremente y no puedo volver a viajar a dar mis clases, algo que hacía ocho o diez veces al año. Te quitan tu identidad, te quitan lo que haces. Yo tengo un año en una cárcel. En la cárcel país.

Texto Katty Salerno

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