Alfredo Autiero: “Mientras mi corazón se mueva, seré montañista”

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Por Katty Salerno

Alfredo Autiero (Nápoles, 1956) ha encontrado todas las cosas importantes de su vida en la montaña. La esencia de su ser, la religión, la sabiduría, el amor y una forma maravillosa de ganarse la vida para llevar el sustento a su familia.

Desde niño se sintió atraído por los ambientes naturales, lo que comenzó a disfrutar en Ciudad Bolívar, donde se instalaron sus padres cuando llegaron a Venezuela procedentes de Italia. Cuando él tenía 11 años se mudaron a Los Palos Grandes y fue entonces cuando descubrió El Ávila, su primera escuela en el montañismo y al que aún sigue considerando su casa.

Desde entonces, este venezolano de 64 años, budista y vegetariano, ha consagrado su vida a las montañas de Venezuela y del mundo. Ha estado unido a ellas como escalador, guía de montaña, operador de turismo a lugares remotos, entrenador y rescatista. También, como promotor para que esta actividad sea reconocida como carrera universitaria en Venezuela, empeño al que está dedicado últimamente. “Mientras mis piernas se muevan, mientras mi corazón se mueva, yo voy a ser montañista”, aseguró en esta conversación exclusiva con Curadas.com.

Sencillo y humilde, Alfredo Autiero prefiere no hablar de cuántas montañas ha escalado ni de cuántas cimas ha alcanzado. Aun así, es ampliamente conocido fuera de nuestras fronteras. Este año fue galardonado como el mejor guía de naturaleza del mundo, un reconocimiento que otorga la ONG estadounidense EcoTripMatch. También, es uno de los protagonistas de la docuserie Andes mágicos, lanzada en 2019 por Netflix y cuya segunda temporada se estrenó el pasado 1 de abril.

Como al resto de la humanidad, la pandemia del coronavirus le ha trastocado sus planes. Usualmente, para estas fechas y hasta que empiezan las lluvias en el país, desarrolla sus programas turísticos en Mérida, en el occidente; y Roraima y el Auyatepuy, en el sureste. Luego comienza a preparar las expediciones internacionales: Europa, donde escoge entre los tres circuitos más conocidos de los Alpes (Mont Blanc, Cervino o Pirineos), en julio; y África, donde está el monte Kilimanjaro, el más alto de ese continente, en octubre.

Le gusta organizar sus expediciones antes de que empiece la temporada alta en cada una de esas zonas, porque así resulta más económico, la infraestructura está recién acondicionada, lo que redunda en seguridad para los expedicionarios que viajan con él y, lo mejor, no hay tanta gente. Aún no ha perdido la esperanza de viajar este año, pero todo dependerá de cómo evolucionen las cosas en el mundo. Mientras tanto, empezó con su esposa un pequeño negocio familiar de comida hindú que venden los fines de semana.

Tampoco detiene su entrenamiento. Como ya no puede trotar siempre en El Ávila por el tema de las semanas radicales o flexibles – le cuesta diferenciar una de la otra, como a muchos de nosotros -, ahora lo hace en El Volcán o monta bicicleta. “Yo entreno todo el año precisamente para trabajar. Yo trabajo de la montaña”, sostiene.

¿Cómo llegaste a Venezuela?

Mis padres son italianos. Mi padre es de Roma y mi madre de Nápoles. Esperaban la visa para irse a Pretoria (Suráfrica) o a Venezuela, donde vivían, respectivamente, dos hermanos de mi madre. En el ínterin nací yo en Nápoles, el 16 de septiembre de 1956. Como la visa que salió fue la de Venezuela, se vinieron para acá. Llegaron al puerto de La Guaira el 7 de enero de 1957 conmigo en los brazos, porque apenas tenía cuatro meses. Por eso me gusta tanto viajar, porque prácticamente nací viajando.

¿En qué momento empezaste a hacer montañismo y por qué, qué te atrajo de eso?

Creo que la familia ayudó mucho en eso. Viví hasta los 11 años en Ciudad Bolívar. El negocio de la explotación minera llevó a mis padres a vivir allí. Yo me imagino que fue por ese contacto con ese ambiente prácticamente natural, porque en media hora de carretera llegabas a la mitad de una sabana donde te encontrabas con el rio Orinoco y grandes rocas.

Luego nos mudamos a Caracas y nos fuimos a vivir a Los Palos Grandes. Tenía El Ávila al lado y qué mejor momento y edad para descubrir cosas nuevas allí. ¿Qué iba yo a descubrir en un edificio? ¡Nada! Para mí era más interesante descubrir qué había en ese lugar, descubrir qué había detrás de los árboles, de las rocas, del agua de las quebradas. Ese fue mi campo de juego. Una actividad que mis padres alimentaron porque cada vez que viajaban me traían un par de buenas botas o unas cuerdas, cosas que no existían en Venezuela entonces.

Cuando entro a la UCV me entero de que existía el Centro Excursionista Universitario. ¡Imagínate qué gran descubrimiento fue para mí el hecho de que en la universidad, aparte de estudiar, pudiera practicar montañismo! Tanto así que a los dos años de haber ingresado ya era el presidente del centro. Empezamos a hacer las cosas como se hacían en otros países. Organicé un grupo de 12 personas y me los llevé a Ecuador. Fue una de las primeras grandes expediciones que hizo el grupo de montañismo de la UCV. Allí empecé a viajar: Perú, Colombia, Argentina, Europa…

Mientras estudiaba ingeniería conocí a una persona muy importante. Eso fue en los años 80, cuando yo ya estaba en el Ministerio de la Juventud con el Dr. Charles Brewer Carías, quien me llevó a trabajar con él. Un día me presenta a un señor, Maurice Herzog, exministro de la Juventud de Francia y el primer ser humano que escaló una montaña de 8 000 metros. Estuvimos en la Sierra Nevada unos días y cuando regresamos, me dijo: “Alfredo, he estado en todas las montañas del mundo que te puedas imaginar y nunca había tenido la suerte de pasar cinco días sin ver a una sola persona, aparte de ti”. Yo me sentí muy orgulloso de oír eso. Pensé que eso quería decir que en Venezuela podíamos hacer esas cosas bonitas que la gente ha olvidado que se pueden hacer, es decir, tener contacto directo con la naturaleza.

Herzog le sugirió entonces que se dedicara al montañismo de manera profesional. Le dijo que en Francia había un programa de intercambio para estudiar turismo. Con una beca, Alfredo Autiero se fue a ese país a formarse en lo que había querido hacer toda su vida: en turismo.

Venezuela es más que playa

¿Y por qué estudiaste ingeniería si lo que te gustaba era turismo?

Porque entonces en Venezuela solo se estudiaba derecho, arquitectura, ingeniería, medicina u odontología. Si querías estudiar, por ejemplo, robótica, no podías porque eso no existía aquí. En ese entonces tampoco había dónde estudiar turismo en Venezuela. Y cuarenta años después, creo que la cosa está peor.

Cuando regresó de Francia se involucró de lleno en la profesionalización del montañismo. Contribuyó a crear la Asociación Venezolana de Instructores y Guías de Montañas (Avigm) y comenzó su viacrucis para lograr que esa actividad tenga rango de carrera universitaria en Venezuela, una cima que aún no ha alcanzado. “Estamos tratando de ver cómo consolidamos que el montañismo o por lo menos la guiatura en la naturaleza se convierta en una carrera universitaria en Venezuela. Lo estamos intentando.

Se iba a hacer un diplomado cuando comenzó la pandemia para formar a guías de naturaleza. Hemos hablado con la universidad Metropolitana, con la Católica, con la gente del INCE, tratando de que esto se consolide. Para que no siga ocurriendo lo que tú me preguntaste, que por qué no empecé desde un principio con esto. Pues sencillamente porque no había donde estudiarlo. Yo quisiera que hoy por hoy lo haya, porque hay muchísimas personas interesadas.

`¿Por qué montañismo, si Venezuela es playa?´, argumentan. No, eso es mentira, Venezuela es montaña. Nosotros estamos partiendo de una base que está un poquito equivocada, porque creemos que somos lo que no somos. El hecho de que el norte de Venezuela tenga costas de este a oeste no quiere decir que Venezuela sea un país de playa. En un principio quisimos competir con las islas del Caribe, y eso, en mi opinión, es totalmente errado. Nos olvidamos de que apenas cruzamos la cordillera de la Costa hacia el sur, encontramos montañas.

Nada más que el macizo guayanés ocupa el 45 % de la extensión del territorio venezolano. La mitad de nuestro territorio está sobre los 2 000 metros de altura.  Y todavía seguimos creyendo que la única opción que tenemos son las playas. Hay muchas opciones: ríos, llanos, las zonas frías. ¡Tanta gente que podría trabajar en turismo de naturaleza bien dirigido! Creo que esa idea la podemos rescatar. No sé por qué, pero este tema de la pandemia le está medio cambiando la cabeza a la gente, nos ha dado un poquito más de paciencia, nos ha dado una cosa importantísima que es más interacción con nuestras familias, nos ha hecho más creativos.

Un viaje a tu interior

Dada nuestra insistencia, nos contó que ha estado 23 veces en Nepal, un territorio enclavado en el Himalaya, la cordillera más alta de nuestro planeta, ubicada en el continente asiático. En uno de esos viajes conoció a su actual esposa, Adriana Flores, con quien ahora tiene “dos pichurros”, una de 19 y otro de 18 años; además de su hija mayor, de 35, nacida de un anterior matrimonio. Se conocieron en 1997, cuando se realizó la primera expedición venezolana a una montaña de más de 8 000 metros. “Aunque es criollita, la conocí en ese viaje al Dhaulagiri. Es muy calladita, pero es tremenda deportista, una de las mejores montañistas que hay en Venezuela. Me ha acompañado siempre. Hemos ido al Kilimanjaro, al Mont Blanc, a Nepal, al Tungurahua, al Cotopaxi… Ha estado conmigo en un bojote de montañas”.

¿Qué es el montañismo: un deporte, un pasatiempo, una forma de hacer turismo…?

¡Esa pregunta es bellísima! El montañismo es lo que tú quieras hacer de él.

¿Y qué es para ti?

Para mí es la forma más bella de ponerme en contacto con algo que hemos perdido, que es la naturaleza. A nosotros los urbanos, los que vivimos en ciudades grandes, a veces se nos olvida que estamos rodeados de cosas que necesitamos y de las cuales dependemos.  Poder darme cuenta de dónde sale el agua o de por qué el viento mueve un árbol; poder darme cuenta de que en ese entorno hay gente que vive y que tiene paciencia, que tiene resiliencia y tiene compasión, es un aprendizaje. Yo trato de aprender de la gente que vive en la montaña. Para mí eso es la montaña, una escuela. Tanto, que hasta he aprendido a trabajar con ella. Trato de protegerla y trato de seguir aprendiendo porque es un libro abierto que no tiene una última página. La montaña es como la vida: aprendes hasta cuando tú quieres aprender.

Sin embargo, hay gente que ha perdido el contexto y quiere llevarse la ciudad para la montaña y eso es un gran error, porque tú a la montaña a lo que vas es a aprender cómo cambiar la ciudad. Las ciudades necesitan cambios, nosotros no podemos seguir viviendo como animales, con el perdón de los animales, porque los animales siguen normas muy puntuales y precisas; mientras que nosotros no, nosotros hacemos cosas muy particulares. Tenemos la capacidad de hacer cosas buenas y también de hacer cosas malas.

A las personas que viajan conmigo trato de enseñarles un poco de lo que yo he aprendido. Que vean las cosas de una manera diferente, que entiendan que hay culturas diversas en los lugares a los que vamos a las que tienen que respetar. Y que también hay ecosistemas que a veces son sumamente delicados por la altura y el frío que debemos cuidar.

Yo he podido ver los últimos rinocerontes blancos que quedan en el planeta, en Tanzania. Es natural que las especies desaparezcan por fenómenos naturales o meteorológicos, pero que nosotros aceleremos de la manera como lo estamos haciendo la desaparición de ciertas cosas del planeta que nos benefician, es impresionante. Entonces, el entrar en contacto con eso te permite hacerte consciente, primero, de ti mismo; segundo, de la gente que tienes alrededor, y tercero, del lugar donde estás viviendo en ese momento, que es tu lugar aunque sea por unos pocos días.

¿Qué te llevó al vegetarianismo?

Soy vegetariano de nacimiento. Mi mamá era diabética y conseguir la insulina en Ciudad Bolívar era prácticamente imposible. Entonces ella tomó la opción de llevar una vida muy sana y se metió a vegetariana y empezó a hacer yoga cuando yo estaba recién nacido, entonces todos en la casa pasamos a ser vegetarianos.  Aunque el único que siguió siéndolo toda la vida fui yo, porque mis hermanos ahora ya comen prácticamente lo que sea. Pero soy muy laxo en mi casa. Acá mis hijos comen pescado y mi hijo come carne cuando quiere. Pero yo sí soy completamente vegetariano.

¿Por qué te hiciste budista?

Una de las montañas que más me ha apasionado ha sido el Himalaya. Y creo que fue por el contraste cultural, porque no solamente está el contraste del cual hablábamos antes, ese entre ciudad-montaña, sino que allí hay algo más que es cultura-contracultura. Y cuando te digo contracultura es porque la cultura de la gente del Himalaya es totalmente diferente a lo que nosotros estamos acostumbrados, es una concepción completamente diferente de la vida, donde la naturaleza juega un papel prioritario dentro de lo que es el budismo como tal. Eso es lo que practica básicamente la gente de la región de Khumbu, que es donde está el Everest.

Entonces, cuando tú quieres entrar a un ambiente tienes que aprender de ese ambiente. No es solamente conocer el entorno natural, cómo se mueven los glaciares, cómo cambia el clima o qué daño te puede hacer la altura en el organismo si no te aclimatas bien. Es algo más importante: cómo debes relacionarte con la gente que vive en ese ambiente. Así comencé a conocer a esa gente que practica el budismo y comencé a hacer preguntas, a pedir que me explicaran acerca de lo que hacían y lo que no hacían.

Así, tuve la gran suerte de que cada vez que a Venezuela llegaba algún lama o rinponché (títulos honoríficos usados en el budismo tibetano) o alguna personalidad budista, siempre me llamaban para servir de intérprete o para acompañar a esa persona en sus entrevistas o lugares de visita. Y eso me hizo ahondar muchísimo más en lo que es el budismo y su alcance y cómo puede beneficiarme a mí personalmente. Eso lo mantengo como algo muy personal, muy para mí. La gente sabe que soy budista, pero jamás se me ocurriría decirle a una persona que se convierta al budismo. No, nada que ver.

El budismo se desarrolló mucho en los últimos años, sobre todo con el tema de la invasión al Tibet y la movida de muchos de los lamas hacia la India y Nepal y muchos de ellos ahora hacia Estados Unidos y Europa, se ha hecho como una cultura muy actual. El budismo habla de compasión, de control de los sentidos, de las emociones, habla del cuidado al medio ambiente, y eso me parece que es precisamente lo que estamos necesitando en estos días. Entonces sí, es un gran apoyo para mí. Le robo unos cuantos minutos al día para meditar o para concentrarme un poco en cosas importantes que me puedan estar sucediendo.

Es como cuando caminas durante muchas horas en la montaña, que entras como en un efecto hipnótico que te hace ponerte en contacto con esos pensamientos que te dicen que estás cansado, que no puedes más y tú, por el contrario, tienes que estar luchando contra eso, diciéndote que tienes que seguir caminando porque ahora es cuando vas a encontrar las cosas más bonitas del camino, que debes esperar a la persona que viene atrás porque tienes que ayudarla, que debes compartir tu agua con el que tienes al lado. Por ahí más o menos va la tónica.

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¿Qué sientes cuando estás en esas alturas? De cierta manera estás solo, porque quien te acompaña no está a tu lado exactamente, sino en la distancia.

Sientes que tienes que estar en control de ti y de todo lo que está a tu alrededor. No te tiene que ofuscar un pensamiento negativo, todo tiene que ser positivo en tu mente, tienes que pensar que lo que estás haciendo es porque tú lo escogiste. Y que siempre vas a tener un amigo a tu lado en el cual tienes que confiar plenamente. El hecho de que te sientas en cierta minusvalía hace que te abras a la interacción con el que tienes al lado.

A nosotros nos enseñan desde pequeño que jamás debemos mostrarle a nadie nuestras debilidades porque se van a aprovechar de nosotros. Esa enseñanza es una verdadera locura. Por suerte, creo que en mi familia eso se manejó de otra forma, tal vez por la misma enfermedad de mi mamá.

Estos ambientes que son raros para ti te abren los sentidos porque te ponen en una situación distinta a las que estás acostumbrado. Cualquiera sabe cómo llegar a un supermercado para comprar comida, aunque esté en una ciudad que no es la suya. Pero cuando llegas a un ambiente y te encuentras con un animal que no sabes cuál es, que no sabes si te hará daño o no; o donde no sabes cómo manejar los desechos orgánicos que estás generando; donde no sabes cómo tratar a los nativos de ese lugar para no ser impertinente, todo eso te pone en un estado de alerta que te enseña muchas cosas que tienes guardadas en tu interior; descubres nuevas cosas no solo de ti sino del entorno y además entras en una relación con el que te está acompañando.

Esa sensación de minusvalía te lleva a apoyarte en el otro y te permite entablar una mejor relación con el que te está acompañando. Así es como se forman las verdaderas relaciones humanas.

¿Cuál ha sido el reto que te ha hecho sentir más satisfecho?

Yo creo que el haber podido ser profesional en esto en Venezuela. Eso me ha hecho sentir como un salmón nadando contra la corriente. Yo creo que eso es lo que me ha hecho sentir más feliz, más completo, en el sentido de que hago lo que siempre me ha gustado hacer. Yo trabajé en el Ministerio de la Juventud como coordinador del área de campamentos. Después trabajé como gerente de operaciones en una planta. Pero, definitivamente, lo que me gusta es estar en contacto con los ambientes naturales.

¿Cuántas montañas has escalado?

Por un tema profesional, por una cuestión curricular, llevo nota de eso. Pero nunca me ha preocupado decir cuántas montañas he escalado. He estado en el Aconcagua 7 veces; en Nepal, 23, por ejemplo. En El Ávila, toda mi vida. Es la gran montaña que mejor conozco. El Ávila es mi casa.

De hecho, cuando se pierde alguien y no logran conseguirlo en el cuarto o quinto día, me llaman. Nunca me ha interesado que los medios me entrevisten cuando he ayudado a rescatar a alguien. Lo único que me ha importado ha sido ayudar a encontrarlo, sobre todo cuando son niños.

¿Has sentido la magia que dicen que tienen las montañas?

¡Sí, claro! Cada vez me gusta más dormir entre los árboles, ni siquiera dentro de las carpas. Dormirme frente a un fogón, escuchando los cuentos de la gente del campamento mientras se toman un café muy tarde en la noche. Inclusive a veces sin entender lo que dicen, porque hablan otro idioma. Yo voy a la montaña por la montaña.

El domingo antepasado fui con mi esposa a El Ávila y ella quería ir a El Banquito, en Sabas Nieves, pero yo no porque por allí va mucha gente. Entonces decidimos tomar a la derecha, hacia Sebucán. Pasamos la quebrada y no vimos a nadie en toda la ruta. Íbamos caminando y comentando lo espectacular que era no encontrar a nadie cuando de repente apareció un oso hormiguero, algo que yo no veía en El Ávila desde hace siglos. Yo sentí que nos quería hablar. ¡Esa es la magia que encuentras en la montaña!

¿Podríamos concluir que en el montañismo encontraste todo lo que esperabas de la vida?

Siempre tengo más expectativas. Espero todavía muchas cosas más del montañismo, por eso me resultaría muy difícil pensar que haya algún momento en el que tenga que parar. Mientras mis piernas se muevan, mientras mi corazón se mueva, yo voy a ser montañista. Será escribiendo, será entregándole este conocimiento a otros, pero esto no va a parar…   

«¿Por qué escalas esta montaña?», le preguntaron a George Leigh Mallory, una de las primeras personas que intentó escalar el Everest, y él respondió: “porque están ahí”. Si me preguntas por qué voy a la montaña, te respondo que sencillamente porque me da la gana. No tengo motivos. Hoy por hoy es mi trabajo y lo disfruto, pero nadie me obligó a subirlas. Lo hago porque me gusta.

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