Juan Carlos Ruiz: “El músico cumple un rol para la sociedad”

35 minutos de lectura

Por Katty Salerno

Juan Carlos Ruiz nació en Maracay (1980), se crio en Calabozo, estudió en Valencia, trabajó en Caracas, hizo una maestría en Centroamérica y ahora vive en Boston, Estados Unidos. Sus vivencias y aprendizajes en las ciudades por las que ha pasado se reflejan hoy en su realización como músico y economista, realización que tiene una raíz profunda en Venezuela.

Recientemente empezó en Miami, Estados Unidos, el tour para la promoción de su tercera producción discográfica, Venezuelan Songbook, lanzado al mercado el 5 de marzo de este año. Se trata del primer álbum de canciones tradicionales venezolanas versionadas al inglés, una idea que le nació por varios motivos, pero, principalmente, al pensar en su propia historia y la de los millones de venezolanos que han tenido que abandonar el país. “El músico cumple un rol para la sociedad (…) De esta forma veo la música”, dijo Juan Carlos Ruiz a Curadas.com.

Con la música comenzó a los 8 años, cuando tomó sus primeros cursos de cuatro, mandolina y guitarra en Calabozo, bajo la tutoría del maestro Oswaldo Arveláez. En 1994 se unió al Sistema Nacional de Orquestas y Coros Juveniles e Infantiles de Venezuela, núcleo Calabozo. Más adelante se formó como cantante lírico con el conocido barítono venezolano William Alvarado y la mezzosoprano Inés Feo La Cruz.  Graduado en Economía por la Universidad de Carabobo, tiene también una maestría en Administración de Empresas en el Instituto Centroamericano de Administración de Empresas (INCAE).

¿Cómo fue tu niñez en Calabozo?

¡Tengo muchísimos recuerdos de Calabozo! Pero hay una historia muy personal que hoy en día atesoro con mucha emoción porque ahora es cuando percibo su gran significación.

Mi abuelo materno falleció en 1994 y a los pocos días de su muerte mi abuela decide mudarse a la casa de mi tío (su hijo) y poner en alquiler su casa. Es una casa colonial muy grande, lo que en los pueblos se conoce como “la montonera” por ser la casa donde crecen los hijos, los nietos y toda la familia.

Para esos días el Sistema Nacional de Orquestas Infantiles y Juveniles estaba buscando una sede para fundar el primer núcleo de Calabozo. ¿Adivina dónde funcionó por primera vez la Orquesta Infantil y Juvenil Antonio Estévez de Calabozo? ¡En la casa de mi abuela! Como integrante de esa orquesta y uno de los fundadores de ese núcleo, recibía mis clases de viola en la que había sido la habitación de mi amado abuelo materno. La casa donde me crie fue también mi escuela de música académica. Y la antigua habitación de mi abuelo fue también mi salón de clases. ¡Eso es muy especial para mí!

¿Qué recuerdas de Valencia, la ciudad donde te formaste profesionalmente?

El Festival de la Voz Universitaria. Cantar en el Palacio de los Iturriza y en la catedral con la Coral Filarmónica Carabobo dirigida por Federico Núñez Corona. Mis clases de canto con mi maestro, el barítono William Alvarado. Los grandes eventos en mi primera Alma Mater: la ilustre Universidad de Carabobo. Recuerdo uno en especial en el auditorio de la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales (FACES-UC)) donde coincidieron ¡Simón Díaz, Guillermo Morón, Alirio Díaz y Jesús Sevillano! Los conciertos a los que iba como espectador en el Centro Cultural Eladio Alemán Sucre en la sede de El Carabobeño. Valencia fue una ciudad muy sana, gentil y bondadosa para mi formación.

¿Por qué estudiaste Economía y no te dedicaste por completo a la música?

Pues te voy a contar la historia de mi primer fracaso… con final exitoso. Cuando salí de bachillerato no sabía qué estudiar. Estaba vocacionalmente muy desorientado, pero pensaba que en cualquier cosa que decidiera estudiar sencillamente me iría bien, confiado en mi buen desempeño como estudiante de bachillerato, pues siempre me ha gustado estudiar.

No decidí estudiar música porque al menos en esa época (1996) y desde Calabozo, yo no visualizaba un ejemplo claro de éxito que me sirviera de inspiración para dedicarme a eso. Por supuesto que los había, pero esa información no la manejaba. Creo que si en el país hacen falta las mentorías, en el interior aún más. Un buen mentor me hubiese ayudado mucho.

Entonces, decidí inscribirme en la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Carabobo. Y fue cuando aprendí que lo más difícil de la universidad no es ingresar sino egresar graduado. Al año decidí no ir más a clases después de haber sacado ¡01! en dos de los tres únicos exámenes de Física I. Fui al Departamento de Orientación Vocacional de la universidad a que me ayudaran. Allí me hicieron test vocacionales durante una semana.

Recuerdo que el día de la entrega de los resultados, la orientadora me muestra una pequeña lista de carreras y unos porcentajes al lado de cada una que indicaban mi inclinación hacia cada disciplina. ¿Adivina cuál salió en primer lugar, con el porcentaje más alto? ¡Música! “Por favor, dígame algo que yo no sepa”, le dije a la psicóloga. En los siguientes lugares seguían Economía, Administración, Estadística y Derecho. Me fui a buscar el pénsum de Economía y me atrapó. Ya con esta orientación, me cambié a Economía.

De la Facultad de Ingeniería me quedó una sólida base que me permitió ser preparador de Matemáticas en la Escuela de Economía desde el segundo semestre de la carrera. Y aquí viene el final exitoso, pues al estudiar una carrera para la cual tenía vocación pude dedicarme también a continuar mi ejercicio en la música. Entonces empecé a estudiar canto con el maestro William Alvarado e ingresé en la Coral Filarmónica Carabobo. Gané segundos y terceros lugares en los festivales de la voz de FACES-UC. Empecé a destacar en el ámbito cultural y académico y en la facultad se dieron cuenta de eso. En un semestre estuve entre los mejores estudiantes de toda la escuela y me dieron un reconocimiento por mi desempeño por haber participado en el año 2000 en la VII Semana Coral Internacional de Álava, España.

Y esto que te voy a contar es la primera vez que lo hago en público. Cada vez que se graduaba una cohorte anterior a la mía, no me perdía un acto que me gustaba mucho que se llamaba “La última clase”. El protocolo de esta última clase contemplaba que tanto un graduando (el más votado por la promoción) como el graduando con mejor índice académico de la promoción en cuestión dirigiera un discurso a los asistentes a la clase, que eran los graduandos, familiares, profesores de la Facultad y estudiantes de la escuela, como yo, que asistíamos a cada última clase soñando con el día que nos tocaría la nuestra.

Solo que yo me visualizaba dando el discurso que le correspondía al graduando con el mejor índice de la promoción. Hoy día creo que por haber ido tantas veces a ese solemne acto, visualizándome dando el discurso, terminé haciéndolo como el graduando con mejor índice académico de la Promoción LX de la Escuela de Economía de la Universidad de Carabobo. Y me dieron tres reconocimientos: uno por haberme graduando en tiempo récord (en menos de 10 semestres); otro por mi desempeño como preparador de Matemáticas desde inicios de la carrera; y el tercero por haber obtenido grado meritorio en mi trabajo de grado.

Pero debo confesarte que, por toda esta historia, guardo un profundo respeto por mis colegas músicos que se han dedicado el ciento por ciento de sus vidas a la música y que me encanta aprender de ellos cada vez que tengo oportunidad.

Pero son más comunes de lo que se piensa o cree los casos en los que un músico tiene otra carrera o viceversa. Y esto se ve hasta entre los grandes músicos. Por ejemplo, el maestro Henry Martínez es también médico. El mismo José Antonio Abreu era precisamente economista y músico. Y así hay muchos casos.

Por otra parte es muy común encontrar personas generalistas, multi-tasking o multi-passionated y existen investigaciones que destacan las ventajas de ser así. Así que no me arrepiento (risas).

¿Has ejercido como economista?

¡Por supuesto! Apenas me gradué en la UC me fui a Caracas a ejercer la carrera. El mayor honor que tuve fue haber sido profesor de las escuelas de Economía de la Universidad Central de Venezuela y de la Universidad Simón Bolívar. También formé parte de la comisión para la creación de la carrera de Economía en esta última universidad. Otro hecho muy significativo que guardo y atesoro es haber asistido como ponente de una investigación que realicé con la también profesora de la USB, Lorena Campos, que fue aceptada en la Conferencia sobre Bienestar Económico de la Universidad de Casino, Italia. Ir a una conferencia internacional en calidad de conferencista era una de las metas para lograr un escalafón. ¡Y gracias a Dios lo hice!

¿Tus conocimientos como economista te ayudan a desarrollar tu parte musical?

Totalmente y viceversa (risas). Cuando estoy haciendo música se me sale lo de economista y cuando estoy haciendo economía o negocios se me sale lo de músico. Es que la música es muy amplia, no se trata únicamente de ejecutar un instrumento. Fíjate que para el Venezuelan Songbook, haber investigado antecedentes y aplicar el método científico fue fundamental para lo que obtuvimos como resultado final. Por otra parte, un proyecto musical requiere de gerencia y afortunadamente tengo formación para eso.

Pero también la industria de la música tiene una configuración, como cualquier otra industria, y así como cualquier otra profesión u oficio, el músico también cumple un rol para la sociedad, agrega un valor, tiene un propósito. De esta forma veo la música hoy en día. Por eso siempre tengo presente preguntarme si lo que estoy haciendo resuelve una necesidad o evita un problema a mi comunidad, a mi audiencia.

Hoy en día la música y las artes en general convergen con la economía en una rama que se conoce como economía naranja. Un término acuñado por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) que se refiere a la producción de bienes y servicios basados en la creatividad y el talento. Saber esto se lo debo a la exministra de Cultura de Costa Rica, María Elena Carvallo, quien fue mi profesora durante el MBA que hice en INCAE Business School, la primera Escuela de Negocios de América Latina.

¿Por qué te fuiste a Boston?

A Boston llegué en diciembre del 2016. Luego de graduarme en el INCAE tuve la oportunidad de hacer unas pasantías en Filadelfia y después estuve unos tres meses en Nueva York. Luego de eso fue que me vine a Boston, donde ahora vivo.

Un día, estando aún en Filadelfia, recibí una llamada de Laury Gutiérrez, una venezolana que vive en Boston y que tiene una agrupación con una propuesta realmente única, una fusión latina con música barroca: Rumbarroco. “Hola. Mi hermana me habló de ti y quisiera contratarte para un concierto que tengo acá en Boston el próximo diciembre”, me dijo. “Con mucho gusto – le respondí – pero ando en plenos trámites de mi visa como músico acá en EE. UU. Justo ando evaluando opciones de patrocinante”. “Yo te ayudo”, me respondió.

Desde entonces estoy aquí. No voy a Venezuela desde la Navidad de 2015. La familia que tengo en Boston la integra la comunidad de venezolanos que me ha abrazado desde que llegué. Al igual que lo hicieron los venezolanos en Filadelfia y en Nueva York. Mis dos hermanos están en Miami y South Carolina. Mis padres siguen en Calabozo.

¿Es fácil comer arepas en Boston?

No solamente es muy fácil conseguir harina PAN en Boston. También es común encontrarte a un bostoniano comiendo arepa o pabellón mientras toma una cerveza artesanal local, gracias a un emprendimiento exitoso que tienen dos venezolanas fenomenales llamado Carolicius, localizado en una fábrica de cervezas llamada Aeronaut.

¿Cómo surgió la idea de grabar un disco de canciones populares venezolanas en inglés?

Esta idea tiene distintos motivos de inspiración. Por una parte, está la historia actual de nosotros los venezolanos. Estamos regados por todo el mundo, y como dice el poeta Rafael Cadenas: “donde hay un venezolano, ahí está Venezuela”. Mi historia no es distinta. Cuando llegué a Boston la única canción en inglés que me sabía era un clásico del jazz llamado The shadow of your smile, que por cierto la había grabado en “Preludio y Coda” (su segundo disco). Llegué a Boston haciendo la música que hago desde los 8 años: la hermosa música tradicional venezolana.

Pero en un intento de acercarme a la nueva audiencia angloparlante y, al mismo tiempo, sin querer perder mi esencia ni mi identidad, me doy cuenta de que desde hacía mucho tiempo existían versiones en inglés de canciones populares latinoamericanas. Tal es el caso, entre muchos otros, de Somos novios, de Armando Manzanero, cuyo título en inglés es It´s impossible; o Solamente una vez, de Agustín Lara, cuyo título en inglés es You belong to my heart.

Entonces me pregunté: si las canciones de Manzanero y Lara tienen versiones en inglés, ¿por qué no podrían tenerlas las de nuestros compositores venezolanos? Allí vi una oportunidad de contribuir a dar a conocer nuestra música en la sociedad angloparlante. Un cantante bostoniano, Richard White, me dio un consejo. Estando en un restaurant donde yo solía hacer música los viernes, me dijo: “Frank Sinatra llegó a ser el gran Sinatra no solamente por su voz, sino también por su capacidad de contar historias a través de sus interpretaciones”. Eso también me hizo tomar conciencia de que debía hacer algo para contar nuestra historia, para adaptarme, para adecuarme a mi realidad, al mercado, pero también teniendo en cuenta al país que represento y que me representa, lo que soy y de donde vengo.

El hallazgo de lo que hizo ese ser extraordinario a quien yo muy respetuosamente llamo el Simón Bolívar de la música, Aldemaro Romero, fue una gran sorpresa y surge precisamente en la etapa de investigación, cuando el Venezuelan Songbook era un proyecto. Este antecedente es sumamente importante. Se trata de un álbum de onda nueva en inglés (Aldemro Romero and his Onda Nueva) en el cual Aldemaro incluyó algunas de sus canciones. El resto de este álbum es repertorio universal que incluye piezas de jazz estadounidenses, canciones de compositores belgas y franceses, entre otros. De tal manera que el Venezuelan Songbook se podría considerar el primer álbum de canciones tradicionales nuestras versionadas al inglés, con unos antecedentes sólidos y fundamentales de parte de nuestros grandes.

En palabras de la propia hija de Aldemaro, Ruby Romero, su padre ya en los años 70 deseaba que nuestra música se conociera en otros idiomas. De hecho, grabó también un álbum de sus canciones versionadas al italiano. También Juan Vicente Torrealba hizo algunas versiones de sus canciones en japonés en la misma época. Y Alfredo Sadel interpretó la canción Escríbeme, de Guillermo Castillo Bustamante, en inglés, versionada por él mismo. En tal sentido, Aldemaro, Juan Vicente, Sadel sin duda son los pioneros.

Pero, además, la contribución más importante del Venezuelan Songbook es que abarca una muestra bastante representativa de nuestros compositores, aunque hay algunos que me quedan pendiente para que realmente sea un cancionero venezolano a cabalidad.

Lo más importante aquí es que estamos “montandonos sobre los hombros de los gigantes”, parafraseando a Isaac Newton, para, con sentido de oportunidad y de trascendencia, retomar, continuar y contribuir con el posicionamiento y la internacionalización de nuestra cultura, 50 años después, cuando somos la segunda diáspora en el mundo.

¿Qué fue lo más bonito de grabar este disco? ¿Y lo más duro?

Lo más duro de grabar este álbum fue cuidar la pronunciación y la dicción en inglés. Esto me llevó mucha práctica. Lo más bonito fue todo el proceso, el trabajo en equipo, la cantidad y calidad de buenas voluntades que se fueron sumando, las reacciones de la comunidad al ir descubriendo el álbum. Las anécdotas y las historias que van creándose y viviéndose.

Por ejemplo, gracias a haber incluido en el álbum la canción Rosario, de Juan Vicente Torrealba y Ernesto Luis Rodríguez, tuve la dicha de conocer a la musa de esta canción, la señora Rosario, quien hoy tiene 80 años. Cuando escuchó la versión en inglés de su canción quiso conocerme y pudimos conversar largo y cálidamente por teléfono”.

El proceso de creación del disco, desde que nació la idea hasta que se hizo realidad, duró exactamente dos años, incluyendo el retraso ocasionado por la pandemia. Disponible en todas las plataformas digitales, el primer volumen del disco incluye siete temas, todos interpretados por Juan Carlos Ruiz, de Aldemaro Romero, María Luisa Escobar, Luis Laguna, Henry Martínez, José Enrique (Chelique) Sarabia, Hugo Blanco, Juan Vicente Torrealba y Ernesto Luis Rodríguez. El álbum incluye a grandes músicos venezolanos, entre ellos Daniel Requena en los arreglos, dirección musical, cuatro y guitarra. Y en el piano, el maestro Alberto Lazo y Gregory Antonetti.

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¿Cómo ha recibido el público tu disco? ¿Se está promocionando también en el mercado estadounidense?

Sí, tengo unos testimonios muy lindos de parte del público estadounidense. Algunos dicen que estas canciones rememoran la época de los años 40 y 50. Otros perciben el carácter romántico de nuestras canciones y otros me cuentan que les genera una conexión emocional con Venezuela y con Latinoamérica en general. La concepción que tienen los norteamericanos sobre lo “latino” es más cercano a la fiesta, a la música con alto volumen y full ritmo, quizás lo que hoy es considerado “comercial”. Pero el álbum abre una ventana y permite ampliar esta concepción, conocer más sobre nuestra cultura y apreciarla desde otra óptica.

Existe incluso una representación estadounidense involucrada en la producción del Venezuelan Songbook, ya que dos de las personas que hicieron las versiones en inglés son compositores estadounidenses. Además de Sammy Cahn (autor de la letra del conocido tem Let is snow), quien fue el que hizo las versiones de las canciones de Aldemaro Romero para el álbum de onda nueva en inglés.

¿El hecho de que estos temas estén grabados en inglés contribuye a la internacionalización de la música popular venezolana?

No es una condición sine qua non, para nada. Como bien sabemos, tenemos varias canciones que se han popularizado internacionalmente sin necesidad de ser versionadas en otro idioma. Tal es el caso de El burrito sabanero, nuestro burrito bueno y noble que dignamente nos representa en el mundo, compuesto por Hugo Blanco. También, del mismo Hugo Blanco, Moliendo café. Por supuesto, Caballo viejo, de Simón Díaz. También la romántica Ansiedad, de Chelique Sarabia y ni hablar de nuestra Alma llanera, de Pedro Elías Gutiérrez y Rafael Bolívar Coronado.

La contribución y el propósito del Venezuelan Songbook es más humana. Se trata de acercar nuestra cultura a la sociedad angloparlante, de generar conexiones emocionales en una audiencia que, por tener un idioma diferente al nuestro, tiene una percepción miope de nuestra cultura, nuestra idiosincrasia, nuestros valores y nuestros principios. De crear y fortalecer lazos afectivos entre los venezolanos y nuestros amigos en el mundo, haciendo que ambas culturas se encuentren en un mismo idioma: la música.

Así como hoy día cualquier persona en el mundo puede saborear a Venezuela a través de una arepa reina pepeada, ahora también puede sentir, reconocer y querer a nuestro país comprendiendo las letras de nuestras canciones.

Pero, además, una de las cosas que debo confesar que nunca preví es que el Venezuelan Songbook permitiera comunicarnos y encontrarnos entre nosotros mismos. Hace poco conocí a Alex, un venezolano que vive en Canadá, cuyos hijos nacieron en ese país y ya tienen 15 años. Alex me contó que había intentado explicar a sus hijos la Cantata criolla del maestro Antonio Estévez y que le resultaba muy difícil, pero que el Venezuelan Songbook le facilitó la oportunidad de contarle a sus hijos qué es Venezuela.

Algo parecido me contó Marielly Ramírez, quien tiene una academia de danza nacionalista en Miami, cuyas alumnas son hijas de venezolanos, y que anteriormente tenía que explicarle y traducir en inglés a sus estudiantes las canciones sobre las cuales se basan sus clases. Con el Venezuelan Songbook las niñas entienden perfectamente las canciones.

Así que, sin proponérmelo, nuestro Venezuelan Songbook nos está siendo útil también para comunicarnos con las nuevas generaciones de venezolanos. Y como decían los grandes pensadores: “Para que las viejas verdades puedan calar en las nuevas generaciones, tienen que repetirse y repetirse en nuevos idiomas, en nuevos lenguajes y como si fuera la primera vez”.

La internacionalización de una cultura es un proceso largo donde todos contribuimos en conjunto. Todos los esfuerzos suman. El cuatro venezolano, por ejemplo, está siendo excelentemente bien posicionado por nuestros cuatristas solistas virtuosos que además son unos grandes artistas. Las maracas venezolanas tienen hoy en día un Concierto para maracas y orquesta sinfónica, del compositor Ricardo Lorenz, entre otros grandes ejemplos excepcionales. Así también, el Venezuelan Songbook contribuye poniendo nuestras canciones al entendimiento y disfrute de otras culturas.

¿Tienes pensado seguir grabando canciones venezolanas en inglés o tienes otros proyectos?

Trabajamos para grabar un total de 14 canciones durante este tiempo. De estas ya pueden disfrutar las primeras siete. Ahora viene el segundo volumen. Ya no más álbumes de versiones en inglés de nuestras canciones porque no ese ese el propósito per se. Esto no se trata de traducir o versionar ahora toda nuestra música en inglés. El verdadero plan está definido. En cualquier caso, grabaría algunos sencillos más si se me queda algo en el tintero. Por ejemplo, me gustaría versionar en inglés alguna canción de Ilan Chester. Pero no más que eso. Alguien me dijo que a partir del Venezuelan Songbook la música venezolana en inglés podría ser un nuevo género. Me parece una bonita visión, algo aspiracional, pero eso sería a largo plazo y bien natural si así ocurriera. Ya veremos.

Lo que sí tengo en planes es hacer el Latin American Songbook, porque canciones populares de la región ya tienen versiones en inglés de larga data, pero de igual manera no están empaquetadas en un álbum con una misión como la que tiene el Venezuelan Songbook.

Luego me encantaría hacer un álbum de canciones versionadas en onda nueva, inspirado también en Aldemaro. Hace poco se me ocurrió hacer el famoso tema A mi manera en este género y me gustó como quedó. El secreto mejor guardado de la música venezolana son el merengue y la onda nueva. ¡Pero no deberían ser un secreto tan guardado, sino cada vez más público y nuestra carta de presentación por excelencia!

¡Además, quiero grabar mis propias composiciones. Eso viene también!

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1 Comment

  1. Juan Carlos Ruiz, exelente amigo, hijo, hermano, músico, profesional,etc…. Un gran abrazo y
    muchísimos éxitos!!! Saludos mi compa!!

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