Se llama libertad plena ; por Rodolfo Izaguirre

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Mi amiga sufrió lo indecible cuando uno de sus nietos, el preferido, dio con sus huesos en la sordidez en que se ha convertido el Helicoide. En su momento, esta construcción quiso ser en 1957 una atracción arquitectónica que asombraría al mundo, pero el tiempo, la negligencia venezolana y la siempre desfavorable situación política y económica hicieron de ella una estúpida cárcel. En el 2009 Hugo Chávez dispuso que  funcionara como sede del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (SEBIN) y se convirtió en lo que es hoy para vergüenza del mundo.

Allí fue a dar el nieto como una nueva víctima de los abusos y despropósitos del régimen militar, preso pero sin saber por qué causa o motivo, y durante un largo, incierto y despiadado período fue ultrajado y humillado con despiadada matraca. El o los carceleros le sacaron a la abrumada abuela dinero a mansalva. Es cosa de imaginar lo que significa para un joven encarcelado perder el aire y la conciencia de ser libre, de no poder respirar el aroma de la casa donde se vive, la alegría de la familia que te rodea y te celebra. Convertirse uno en un ser deshabitado, maltrecho, maltratado por esbirros que se solazan comportándose como carceleros sin alma, torturadores, animales voraces y depredadores.

MI amiga iba con frecuencia a visitarlo, pagar lo que forzosamente tenía que pagar, darle ánimo y llorar apenas abandonaba el recinto y salía a la calle. Revisaba el falso y amañado expediente judicial plagado de mentiras de toda naturaleza, se rebelaba con ardoroso furor porque es abogada jubilada y detectaba las fallas, y exageraciones expuestas en las acusaciones que mantenían al nieto en tan precaria situación.

En una de esas visitas penitenciarias vio caer del nido el pichoncito de una paloma, lo recogió con cuidado y lo mantuvo amorosamente en la palma de su mano, pero el carcelero, con ruda y áspera voz le aconsejó que dejara al animalito en el suelo para que terminara comido por las ratas. Sin percatarse, el esbirro desnudaba su alma y su pensamiento como si se identificara con las ratas y ella se negó rotundamente a dejar a la palomita a su propia suerte y se la llevó para su casa y la cuidó como si se tratara del propio nieto injustamente encarcelado y la paloma creció y se convirtió en un ser de privilegio en la nueva casa, una mascota adorada, un familiar recibido con afecto y esmerados cuidados.

Sobre vuela por la casa sin importunar a quienes viven en ella o suelen visitarla. Sabe que no puede sobrepasar la altura de los muros que limitan la mansión y acompaña a su dueña y protectora en su almuerzo y adonde ella vaya dentro de la casa. Entonces colocan sobre la mesa una escudilla con su alimento y come con deleite frente a su dueña y manifiesta su devoción dando suaves, pequeños y amorosos roces con el pico en las mejillas de la complacida ama de casa. Almorcé en esa casa y la dueña la llamó y la paloma vino, y se posó en su hombro. 

Mientras el nieto estuvo arbitraria e injustamente preso en el Helicoide, la paloma se llamó Libertad en alusión a los anhelos de la abuela por ver libre al nieto, su mayor afecto. Una vez que el prisionero salió en libertad, pudo respirar un aire menos impuro y alejarse buscando refugio, seguridad y permanencia en otro país.

Su libertad se hizo luna, alcanzó el cuarto creciente y se llamó Libertad Plena. También la paloma se sintió mas libre y alegre que nunca, también se llama Libertad Plena y sigue sobre volando por todos los espacios de la mansión comportándose como el hermoso y adorado miembro de una familia que alguna vez tuvo un nieto injustamente preso durante dos años y obtuvo finalmente la libertad para que una paloma se llame Libertad Plena, acaricie con el pico el rostro de su protectora, la acompañe en el almuerzo y viva y vuele por todos los espacios de una agradable y hermosa mansión en plena libertad.

Rodolfo Izaguirre

Curadas | Vía Jesús Peñalver 

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