Federico Pisani: «Seguiré escalando hasta que me muera»

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Por Katty Salerno

Federico Pisani no deja de asumir retos. Su nueva cumbre a alcanzar es ver ondear el pabellón nacional en las competencias de escalada deportiva de los Juegos Olímpicos de París 2024 y Los Ángeles 2028.

En la actualidad es el gerente técnico de la Federación Venezolana de Escalada Deportiva (Feved). Además, es entrenador de algunos de los atletas que aspiran a representar al país en las próximas citas olímpicas. Esta etapa como entrenador la considera una evolución natural de su carrera como atleta —aunque también es biólogo— que comenzó a los quince años, cuando estudiaba en el Colegio Humboldt.

Ambas carreras fueron alimentadas por sus padres, dos profesores universitarios que siempre sintieron pasión por la naturaleza, la ciencia y la aventura. La familia entera disfrutaba viendo los documentales Explorer, de la National Geographic, que transmitía el Canal 5. Lo que nunca se imaginaron es que su pequeño hijo también sería un día protagonista de uno de esos documentales.

En abril de este año, con motivo del Día de la Tierra, National Geographic estrenó el documental The last tepui en la plataforma de streaming Disney+. Un especial de una hora en el que Federico Pisani se unió a los mundialmente reconocidos escaladores Alex Honnold y Mark Synnott. Este equipo acompañó al legendario biólogo y explorador Bruce Means, de 81 años, en una nueva expedición de lo que ha sido el trabajo de su vida: estudiar la vida de los reptiles y anfibios del macizo guayanés.

Para empezar, me gustaría que nos explicaras la diferencia entre lo que es escalada deportiva, alpinismo, andinismo, montañismo…

Creo que lo correcto sería hablar de deportes de montaña. No es un solo deporte, sino un conglomerado de deportes; o un deporte con muchas modalidades. Todo evolucionó a partir del alpinismo, eso sí. El alpinismo es uno de los deportes de montaña. Es una actividad que se practica en Europa desde el siglo XVIII y que comenzó siendo recreativa. Alpinismo viene de los Alpes, una cadena de montañas de Europa Central. Pero en Latinoamérica lo llamamos orgullosamente andinismo, por nuestros Andes.

Del alpinismo evolucionaron otras modalidades, como la escalada en roca, por ejemplo. Esta es también una técnica para ascender montañas que ha tenido su evolución como un deporte independiente, como una modalidad más dentro de los deportes de montaña.  La escalada en roca evolucionó hacia la escalada deportiva, que ya es una disciplina olímpica. Debutó en los Juegos Olímpicos de Tokio 2020.

¿Cómo te convertiste en escalador?

Mis padres eran ambos profesores de la UCV. Ellos tuvieron siempre afición por los viajes. Desde chiquito he viajado mucho con ellos, especialmente por Venezuela. También vivimos en Alemania un par de años, por razones académicas principalmente. En esos dos años que vivimos en Europa viajamos bastante en una combi Volkswagen que tenía una mesita en el centro y dormíamos en sacos de dormir. Vengo de una familia un poco aventurera (risas). Mi papa nació en Perú, un pequeño pueblito que está cerca de El Callao. Mi mamá también nació en El Callao. Desde allí empezaron a andar por toda Venezuela. Siempre me contaban historias de sus infancias, de cuando se la pasaban metidos en el monte, en contacto con la naturaleza, y eso, creo yo, se permeó en mí.

Lo tuyo es genético entonces…

Aparentemente (risas). Recuerdo que estando yo pequeño, nos sentábamos a ver los documentales de National Geographic, Explorer, que pasaban los domingos en el Canal 5. Yo me convertí en un aficionado de esos documentales sobre animales y sobre aventuras alrededor del mundo y creo que eso se quedó muy adentro de mi cabeza. Luego estudié la primaria y la secundaria en el Colegio Humboldt, para darle continuidad al aprendizaje del alemán.

¡Humboldt, otro aventurero!

Así es, otro aventurero. Nosotros tenemos todos sus libros, entre ellos Viaje a las regiones equinocciales del nuevo continente. Siempre los leíamos y recreábamos las aventuras por Venezuela que este naturalista y explorador alemán narra en sus libros.

Al estudiar en el Colegio Humboldt me inscribí, gracias a un amigo, en un curso de escalada en roca en el Parque Recreacional Cuevas del Indio, en La Guairita. Ese fue mi primer contacto con la escalada en roca. Tenía 15 años. Empecé un poquito tarde para los estándares actuales. Ahora tenemos niños que empiezan a escalar antes de hablar. Pero en aquel entonces era un deporte muy poco conocido y muy poco practicado en Venezuela. En Mérida era donde se practicaba un poco más, era algo más tradicional allá porque tienen los Andes muy cerca.  Ahí sí hay mucha más historia en esta materia. En Caracas no había casi nada de eso.

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Me inscribí en el grupo de excursionistas del Colegio Humboldt. Con Marcos Tobías, del Proyecto Cumbre, hicimos muchísimas expediciones a El Ávila, a los Andes. Así empecé a formarme en el mundo de los deportes de montaña. Antes de empezar la carrera de biología en la Universidad Simón Bolívar, ya me había inscrito en el grupo excursionista Oicos y ahí terminé de aprender todas las técnicas de escalada en roca, escalada en hielo, y me formé como montañista.

¿Se requiere de mucha valentía para practicar un deporte como este?

En realidad, se trata de una actividad muy mental. Una tercera parte de este deporte consiste en dominar la mente, particularmente en la modalidad que más me gusta, que es la escalada de grandes paredes. El riesgo siempre está presente y tienes que hacer un manejo constante de esa emoción a lo largo de la escalada. ¿Por qué? Porque te enfrentas muchas veces a un terreno desconocido y tienes que tomar decisiones constantemente. Tienes que decidir, por ejemplo, dónde vas a poner la siguiente protección. Si te caes, la caída va a tener consecuencias o no; y si tiene consecuencias, ¿cómo haces para minimizar los riesgos?

Es un proceso intenso. Hay escaladas que requieren muchísima concentración, muchísimo foco. Y de eso se trata este deporte, de desarrollar esa capacidad mental para el manejo del miedo y del riesgo. Así que sí, hay que trabajar esa habilidad. A mí no me gusta tanto esa palabra, valiente, porque me parece muy retórica, muy de caballeros con armaduras de la Edad Media (risas). Se trata más bien de un deporte que requiere que desarrolles esa habilidad mental en concreto: el manejo del miedo y del riesgo.

Un deporte que exige tal nivel de concentración mental, ¿no te convierte en una persona introvertida?

En mi caso particular ocurrió lo contrario. Yo antes era mucho más introvertido y este deporte más bien me ayudó, me asistió con mis habilidades sociales que eran mínimas cuando era un adolescente (risas). Sobre todo, porque este deporte requiere de mucho trabajo en equipo. Cuando te enfrentas a una pared tan grande como esas, generalmente no lo haces en solitario, aunque también existe esa modalidad, pero yo no nunca la practiqué.

Este deporte requiere orquestar temas de seguridad, alimentación, logística, etcétera, y eso, generalmente, se hace en equipo. En conjunto logras resolver cada uno de estos problemas. Y luego, al momento de la escalada, en el momento netamente deportivo, cuando asciendes, también es un trabajo en equipo. Es un gran reto. Si la gente no se tolera en las situaciones de riesgo y salen a flote todos los demonios, el equipo se rompe. Si lo logras, terminas haciendo lazos muy profundos y verdaderas amistades con las otras personas.

¿Qué placer sientes al escalar?

Se siente una enorme felicidad. Pero es una felicidad como desde un extremo de las emociones, porque también sientes miedo, obviamente, porque estás montado en una pared inmensa y si miras hacia abajo sientes vértigo y hasta te puedes caer. Pero, a la vez, se siente una gran fascinación por el gran espectáculo natural que tienes ante ti.

Como cuando escalé los tepuyes en la proa del Roraima, que pude ver a 600 metros un manto de agua gigante cayendo a mi lado y al fondo una selva infinita. Esos espectáculos naturales, por alguna razón, forman parte de la evolución de nuestra mente como animales. Eso genera unas emociones muy intensas, una fascinación total.

Antes de escalar, ¿te encomiendas a Dios, a la Virgen, a alguien? ¿O confías solo en tus capacidades y las del equipo que te acompaña?

Yo no soy religioso. Tengo una formación netamente científica, soy biólogo. Mi papá era un gran agnóstico. Mi mamá sí cree un poquito más en Dios y tiene sus rituales religiosos, pero yo salí más hacia el lado de mi papá.

Es muy fácil sentirse sobrecogido por las emociones en un espacio natural tan impresionante y sientes de una manera bastante evidente cuán vulnerable eres ante la naturaleza. Por eso tratas de buscar asideros psicológicos en algunas formas de salvación o en algún ente superior que te proteja, porque tú, en tu vulnerabilidad, no puedes garantizar tu supervivencia en lugares como esos. Esto, quizá, contribuye a calmar un poco la mente en una persona religiosa. Pero mi formación no fue así. Mi formación fue científica y siento un grandísimo placer al experimentar el proceso del pensamiento y en explorar mi curiosidad ante la naturaleza y ante el universo. Ahí es donde encuentro mi zona de confort.

Pregunta retórica: ¿cuál es la cumbre más alta que has alcanzado?

He hecho algunas montañas altas en alpinismo, aunque esta no es mi modalidad fuerte. Pero, las escaladas que han sido de mayor crecimiento psicológico para mí no han sido las más altas, sino las más difíciles, lo que en cierto sentido es también una forma de altura. La dificultad más alta es la que te hace, además, crecer psicológicamente, porque te enfrentas a nuevos espacios, a nuevas situaciones, y esa dificultad, definitivamente, te hace crecer.

La Patagonia es uno de los lugares donde he tenido que profundizar muchísimo en mis capacidades de concentración y foco, por ejemplo. En una oportunidad, en una escalada nos quedamos sin linternas. Había que escalar casi dos días seguidos, sin parar, para poder lograr la cumbre del cerro Torre, que para nosotros era muy difícil, en el parque nacional Los Glaciares, al sur de Argentina.  Me enfrenté a una situación de extrema concentración en la que tenía que hacer unas tareas en completa oscuridad de las que dependía mi supervivencia. Como nos quedaba una sola linterna, se la dejé a mi compañera escaladora para que hiciera su sección de la montaña. Yo tenía que seguirla a través de la cuerda, pero sin poder ver nada, en la completa y absoluta oscuridad de la noche y en medio de una tormenta, porque también nos atrapó una tormenta.

Esas tareas las tuve que hacer guiándome solo con mi mente, recordando la secuencia de las cosas que debía hacer para no caerme. De la precisión de esas tareas dependía mi supervivencia. Si me equivocaba, caería por un precipicio de más de 1500 m. Ese momento en particular lo recuerdo como uno en los que tuve que hacer el máximo esfuerzo para concentrarme en lo que estaba haciendo, pero todo fue un proceso interior, solo con mi mente. Hacía la tarea de memoria, guiando mis manos con un modelo mental para hacerlo de la manera correcta. No logramos la cumbre, pero fue una experiencia sumamente aleccionadora, como podrás suponer.

He estado en otras situaciones riesgosas pero que no dependieron tanto de mí y de mi capacidad de concentración. He enfrentado avalanchas. Una vez, también en la Patagonia, nos cayó un pedazo gigante de hielo encima a una distancia muy corta, casi me llevó por delante. Fue una situación de muchísimo riesgo, pero ahí no puedes hacer nada. Solo agarrarte de la piedra lo más fuerte que puedas y esperar que la avalancha no te arrastre.

¿Cómo compaginas este deporte con tu vida cotidiana? ¿Esta actividad te permite pagar las cuentas, el condominio, el mantenimiento del carro…? Me imagino que los equipos que usas son costosos, algunos hasta tendrás que importarlos. ¿Cómo lo logras?

Esa ha sido la gran pregunta que me he hecho a lo largo de toda mi vida como deportista y como biólogo (risas). Tuve la disyuntiva de si debía ser completamente biólogo o completamente escalador. Sin embargo, logré encontrar un punto medio con la fisiología del ejercicio, que es la ciencia que estudia la respuesta del organismo ante el ejercicio o los diferentes ejercicios; en particular, la fisiología del deporte.

Encontré una manera de hacer mi vida financieramente como entrenador y como fisiólogo del ejercicio, sin separarme del deporte.  No seguí una carrera estrictamente académica como biólogo ni tampoco he seguido una vida estrictamente como deportista profesional. Esto me ha permitido seguir haciendo mis escaladas todos los años, desarrollando una carrera de escalador de grandes paredes, escalador de aventura; y seguir estudiando y entrenando gente como fisiólogo del ejercicio. Entonces sí, logre ese punto medio en el que he podido hacer una vida entre el deporte y la biología

¿Y estás feliz con lo logrado?

¡Absolutamente!

¿Piensas seguir escalando?

¡Hasta que me muera! (Risas). Mientras tenga las condiciones físicas, seguiré. Esa es la meta. No está en mis planes abandonarlo. Sigo entrenando y eventualmente haré una nueva escalada, pero como un logro personal.

Hay un momento en que el cuerpo ya no te da para hacer logros que hagan que tu carrera deportiva progrese. Entonces viene una etapa en la vida del deportista que es una especie de transición, una transición de lo que era antes, el atleta, a otra cosa. Para mí, esa transición ha sido de atleta a formador de atletas. En este punto de mi vida le estoy dando más peso a la fisiología del ejercicio y al entrenamiento, a formar a otros atletas, a potenciarlos para que sean lo mejor posible en sus carreras deportivas. Un deportista tiene que encontrar la manera de devolver lo que la vida le dio. Esa enorme cuota de felicidad que me dio a mí la escalada y el montañismo, y que me sigue dando, quiero devolvérsela a los demás de alguna manera.

Ahorita no tengo un plan deportivo para mí, sino para estos chamos. Mi energía está enfocada en las olimpiadas de París 2024 y Los Ángeles 2028, a ver si alguno de nuestros atletas consigue un cupo para estos dos próximos ciclos olímpicos. En esto estoy enfocando mi total concentración y dedicación en este momento.

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