UN FRACASO
Mientras el ejército celebraba como suyo nuestro día de independencia, un terremoto causó estragos en todo el país y aún es pronto para determinar sus consecuencias materiales, familiares y psicológicas.
¡Es algo estremecedor!
Me dio por recordar el fracaso cubano y esto fue lo que escribí: el primero de enero de 1959 el mundo recibió el impacto provocado por un grupo de guerrilleros comandado por Fidel Castro que entró triunfante en La Habana y arruinó la fiesta navideña del dictador Fulgencio Batista quien huyó precipitadamente y nunca regresó a la isla.
Se festejó así a la Revolución que estaba dando nacimiento y vida a un «hombre nuevo» que emergía del vigor de nuevos y florecientes impulsos que hipnotizaron al mundo. Se la recibía en los palcos y se agitaban banderas en su honor y Fidel Castro se convirtió en Héroe.
Yo lo vi pasar junto a mí cuando visitó la Universidad Central. Bastaba con estirar el brazo para tocarlo: alto, corpulento, vestido de verde oliva, un kepis y un tabaco en la boca. Sabía por las novelas que existían los héroes, pero era la primera vez que veía a uno de carne y hueso. Fue como un destello porque poco tiempo después el héroe se convirtió en un déspota peor que aquel desdichado Batista que tuvo que huir derrotado y deshonrado.
Desde entonces desconfío de los Héroes porque están llamados para humillarme y despojarme de mi dignidad. Cuando veo venir a uno por la misma acera, cruzo la calle y cojo la acera de enfrente.
Lo cierto es que desde el punto de vista esencialmente ético siempre tuve razón cuando dije que el «hombre nuevo» que nacía con la Revolución cubana no podía serlo si arrastraba consigo tres flagelos establecidos por la Organización mundial de la Salud: el azúcar, el ron y el tabaco.
Tampoco se trataba de ningún «hombre nuevo». El cubano sigue siendo el maltratado hombre de siempre; víctima ahora de los abusos y prepotencia de los hermanos Castro y de sus esbirros. Las veces que estuve en La Habana invitado por el Festival de Cine preguntaba por alguno de mis amigos y me decían que estaban en Camagüey o en algún otro lugar y descubrí que estaban presos en el Morro.
Fidel vino a Venezuela a pedirle petróleo a Rómulo Betancourt y Rómulo se lo negó. Desde entonces, Fidel sumergió el nombre de Betancourt en vinagre y en el fondo de su maltrecha alma le deseó la muerte. En suma, fue una Revolucón parásita que vivió de Rusia, quizo vivir de China y termínó amiga del chavismo.
Salvador Garmendia, invitado a un Congreso de Escritores en La Habana, tuvo que solicitar presuroso una visa y a las nueve de la mañana tocaba el timbre en la Embajada cubana y le abrió la puerta Edmundo Aray, poderosa estrella del chavismo en Mérida. «Lo único que te falta, le dijo Garmendia, es que te quedes a dormir aquí!».
Y cuando yo me enteraba que Aray, nuestro hombre en La Habana, viajaba para Cuba me convertía en Rafael, Siro y Miguel Matamoros y para molestarlo canturreaba: «y si vas pa´l Cobre, quiero que me traigas una virgencita de la Caridad» o variaba y le pedía una estampita para mi mamá.
Las veces que estuve en Cuba traté en vano de encontrar el lugar donde Luisito Aguilé dejó enterrado su corazón, porque nadie ha sabido decírmelo. Error de Luisito no haberlo dicho porque hoy sería lugar de veneración.
Cuando se habló del milagro cultural cubano yo dije que el único milagro cultural de la isla era ver a Alicia Alonso, vieja, gorda y ciega empeñada en seguir bailando Giselle un personaje de apenas 16 años.
Aquella jubilosa Revolución devino en un lamentable fracaso. Se desvanecieron los aplausos y el entusiasmo que recibió y hoy hay hambre, no hay luz y parece un trapo que cuelga de una gloria igualmente sucia y tramposa; es como si hubiesen expulsado a Dios de la isla como un marielito del montón. Y los que de manera inicua e irresponsable se alinearon con ella también cuelgan de una gloria oprobiosa que el mundo rechaza enérgicamente.

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