Título original: VERDADES ACADÉMICÁS SEGUN BELLORIN. Gustavo Alfredo Domínguez
Bajo la lupa analítica e implacable del Dr. Ángel Alberto Bellorín, el análisis a diversos pronunciamientos de la Academia de Ciencias Políticas y Sociales lleva un cuestionamiento medular.
El propio título de su artículo, «Las verdades académicas», publicado en Curadas el 17 de abril 2026 encierra una carga de ironía: sugiere que lo que la corporación presenta como un absoluto teórico, suele entrar en contradicción con sus posturas previas, con la realidad material y en especial con la estricta exégesis de la Constitución que se presume deben conocer.
Si leemos entre líneas el rigor que caracteriza la obra jurídica y ética de Bellorín, el cuestionamiento a la Academia se estructura en varios frentes críticos:
- El choque entre la «Verdad Académica» y la Verdad Constitucional
Bellorín cuestiona profundamente el «academicismo» cuando éste se utiliza para suavizar o buscarle salidas doctrinales a violaciones flagrantes de la carta magna. Para él, la exégesis no admite grises. Critica que la Academia, en ocasiones, formula pronunciamientos impecables en su retórica, pero que en el fondo terminan acomodando el texto constitucional a la realpolitik o a las conveniencias de los actores políticos, en lugar de defender la norma de manera intransigente.
- La trampa de los eufemismos jurídicos
Un cuestionamiento recurrente en la visión de Bellorín hacia las élites jurídicas es la tibieza del lenguaje. Cuando la Academia redacta sus comunicados utilizando eufemismos para describir usurpaciones de funciones, creación de estructuras institucionales paralelas, violaciones de lapsos republicanos, etcétera, está fallando en su deber de resguardo. Bellorín exige llamar a las cosas por su nombre: un vacío de poder es un vacío de poder, y no una «anomalía transitoria».
- Silencio, inacción y complicidad histórica
El Dr. Bellorín tiene un historial de confrontación directa con connotados juristas (muchos de ellos ligados a estas academias) por haber avalado, mediante su firma o su silencio, rupturas del hilo constitucional en el pasado. El cuestionamiento apunta a que un pronunciamiento académico llega tarde o resulta estéril si la institución guardó un silencio complaciente mientras se gestaba el quiebre del Estado de Derecho. La Academia pierde autoridad moral si se observa que reacciona únicamente cuando el daño institucional ya es irreversible.
- El divorcio entre la doctrina y la acción ciudadana
Finalmente, se observa una crítica a la naturaleza de «torre de marfil» de las academias. Bellorín, desde su perspectiva cívica y militar, entiende la Constitución como un pacto vivo que requiere defensa activa, como el «timón de la conciencia» ciudadana.
Critica que los pronunciamientos académicos a menudo se archivan como simples ejercicios de erudición (para el aplauso mutuo entre pares) sin ofrecer herramientas reales que empoderen a las instituciones y a los ciudadanos para restituir el orden vulnerado.
El análisis de Bellorín desmitifica a la Academia. Le retira el velo de infalibilidad y le exige coherencia.
Su postura cuestiona que las «verdades académicas» no sirven de nada si los juristas que las redactan no tienen la voluntad ética para defender la Constitución frente al poder, sin ceder a la complacencia, el acomodo político o el miedo.
Gustavo A. Domínguez M.
27 de junio de 2026
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