El reloj marca doce horas: trabajar hasta el agotamiento sin llenar la mesa

El autobús de las 5:30 a. m. huele a café instantáneo y cansancio acumulado. En el trayecto desde Catia hasta el centro de Caracas, o desde Naguanagua hasta el casco central de Valencia, la conversación de fondo raras veces cambia: la cuenta que no cuadra. Para millones de trabajadores venezolanos, la jornada laboral dejó de medir ocho horas estándar para extenderse a doce, catorce o más, repartidas entre dos empleos, un comercio informal al salir de la oficina o turnos nocturnos de atención digital.

El problema radica en que, a pesar del esfuerzo físico y mental que implica trabajar más de medio día continuo, el ingreso promedio del sector privado y comercial sigue estando muy alejado del costo real de la vida. De acuerdo con las mediciones del Centro de Documentación y Análisis Social de la Federación Venezolana de Maestros (Cendas-FVM), la Canasta Alimentaria Familiar superó los 780 dólares mensuales, un monto inalcanzable para la mayoría de los asalariados.

El rostro de la precarización laboral

Expertos en sociología del trabajo y organizaciones multilaterales señalan que esta dinámica roza las características de la explotación moderna o servidumbre por endeudamiento. Cuando un ciudadano debe dedicar la totalidad de sus horas de vigilia únicamente a garantizar las calorías básicas de su núcleo familiar —sin margen para la recreación, el ahorro, la salud o el descanso—, el trabajo pierde su función social de movilidad para convertirse en un mero mecanismo de supervivencia.

  • Doble y triple jornada: Profesionales técnicos, educadores y empleados de atención al cliente recurren habitualmente al «matar tigres» en plataformas digitales o ventas informales.
  • Informalidad predominante: Más de la mitad de la fuerza laboral activa se encuentra fuera de la nómina formal, expuesta a la falta de seguro social, prestaciones y vacaciones pagadas.
  • Impacto psicoemocional: Especialistas advierten sobre un incremento sostenido en cuadros de somatización, agotamiento crónico (burnout) y ansiedad por la volatilidad cambiaria diaria.

Mientras la economía formal busca vías de oxigenación y el consumo interno registra fluctuaciones, la brecha entre las horas trabajadas y el acceso integral a la canasta básica sigue marcando el día a día del venezolano de a pie, cuyo bien más valioso —el tiempo— se consume en la carrera diaria por cubrir la mesa.

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