La mesa que dejó afuera a la mitad del país
Además, el vocabulario de la oposición falsaria.
El régimen no destruye lo que puede administrar. La oposición tradicional tampoco.
La falsaria oposición lleva 27 años administrando la crisis en vez de destruirla. La mesa de Caracas y el pacto de Márquez lo confirman.
Por Marc Tecnólogo.
El 6 de agosto de 2026 se cerraron dos puertas en Caracas. Detrás de cada una se decidía algo sobre el futuro del país. Sin embargo, en ninguna de las dos había un venezolano común. Esa mañana explica, mejor que cualquier análisis, cómo opera la oposición falsaria que lleva veintisiete años sin derrotar al chavismo.
Detrás de la primera puerta, Dinorah Figuera se preparaba para sentarse frente a Jorge Rodríguez. Ese día arrancaba el diálogo que Washington llevaba meses cocinando.
Detrás de la segunda, una hora antes, esa misma delegación recibía a dos hombres con celulares en mano. Uno era Miguel Herrera, conocido en redes como «Kilómetro». El otro, el activista Jesús González. No eran diputados ni negociadores, sino creadores de contenido. Además, salieron de ahí con material exclusivo. Horas después, millones de venezolanos entendieron el día a través de su narración.
Dos puertas cerradas, la misma mañana. Aunque cambie la escala, el patrón se repite. Quien decide el futuro de Venezuela lo hace en un cuarto cerrado. Y quien entra a ese cuarto —político o influencer— sale convertido en voz autorizada.
Lo que la oposición falsaria nunca destruyó
Para entender el 6 de agosto hay que retroceder bastante más.
La oposición nunca buscó la ruptura del régimen, sino que siempre fue una federación de acomodaticios. Aprendió a convivir con el chavismo porque de esa convivencia dependía su existencia. Una gobernación aquí. Una alcaldía allá. Un activo en el exterior.
Es decir, el fraude que denunciaban en los comunicados era también el ecosistema que los mantenía relevantes. Sin chavismo, ninguna de esas estructuras tenía razón de ser.
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Por eso la mayoría calificada de 2015 se diluyó sin usarse. También el interinato terminó administrado como corporación de reparto. Y el 28 de julio de 2024 el costo del fraude resultó, otra vez, absorbible.
El CNE cambió las cifras frente a actas que daban a Edmundo González una ventaja de más de dos a uno. Sin embargo, la dirigencia procesó el golpe sin convertirlo en quiebre.
El régimen no destruye lo que puede administrar. La oposición tradicional tampoco.
La mesa que dejó afuera a la mitad del país
Dinorah Figuera y Jorge Rodríguez no se sentaron frente a un tablero vacío.
Meses atrás, en Panamá, un sector opositor había proclamado que solo María Corina Machado llevaría la negociación. Sin embargo, la designación de Figuera desmontó esa narrativa. El periodista pro chavista Vladimir Villegas lo resumió con precisión: su llegada «mueve el piso político» y abre una «fisura» en el bloque que respalda a Machado.
La Plataforma Unitaria Democrática tiene ocho partidos. No obstante, solo dos terminaron en la comisión negociadora: Primero Justicia, donde milita Figuera, y Voluntad Popular. El resto quedó fuera del diseño. De hecho, María Corina y Edmundo lo confirmaron en un comunicado conjunto: no participaron en construirlo. Es el reflejo habitual de la oposición, donde ocho firmas se convierten en dos asientos.
El 12 de agosto la mesa cerró su primer ciclo con dos acuerdos. Primero, renovar por completo el Tribunal Supremo de Justicia, el mismo que validó la reelección de Maduro. Después, gestionar la repatriación de unas 31 toneladas de oro venezolano retenidas en el Banco de Inglaterra.
Son logros reales. Pero no hubo reconocimiento del mandato de 2024. Tampoco liberación plena de los presos políticos. Así que las garantías quedaron pospuestas para septiembre.
Dos legitimidades reales y una fabricada
Esa semana compitieron dos relatos con sustento verificable.
El primero es el de Maria Corina Machado y Edmubdo González, anclado en el voto del 28-J. En cambio, el segundo es el de Dinorah Figuera, anclado en la última Asamblea Nacional 2015 reconocida internacionalmente y en el respaldo de Washington.
Ninguno logró imponerse del todo. Por eso, en ese vacío apareció un tercero que no salió de ninguna elección ni de ninguna acta.
El tercero llegó sin votos
En las presidenciales de 2024, Enrique Márquez quedó noveno entre diez candidatos. Además, obtuvo alrededor de un cuarto de punto porcentual. No moviliza, no tiene estructura territorial y tampoco arrastra votos.
El 20 de agosto presentó su «Pacto por Venezuela» en el hotel JW Marriott de Caracas, donde suelen hospedarse funcionarios estadounidenses. Su iniciativa no es del gobierno ni de la oposición, dijo, sino «para todos los venezolanos».
Sin embargo, su currículum dice otra cosa. En mayo de 2021, la Asamblea Nacional de mayoría chavista lo designó rector principal del CNE. La presidía Jorge Rodríguez, el mismo que hoy encabeza la delegación oficialista en la mesa. La designación llegó tras semanas de negociación entre Rodríguez y sectores de la oposición tradicional: es decir, un acuerdo para repartirse el árbitro electoral. Un año después de su salida, ese organismo le cambiaría las cifras a Edmundo González.
El resto de la escenografía completó el cuadro. Colores de Estados Unidos en el logo. Más de veinte menciones a Washington en cuarenta minutos. También la palabra «tutelaje», dicha sin incomodidad.
En resumen: el inventario completo de quien aspira a arbitrar a la oposición falsaria.
En Venezuela, «pacto» no es una palabra neutral
Un dirigente con 0,25% no cambia nada por sí solo. En cambio, la palabra que eligió carga setenta años de historia.
En 1958, AD, COPEI y URD firmaron en la quinta Punto Fijo un acuerdo para repartirse el poder. Además, excluía a quien no lo firmara. Aquel pacto dio cuatro décadas de estabilidad. También construyó el resentimiento que Hugo Chávez capitalizó cuarenta años después, porque unos pocos habían decidido el destino del país en una sala cerrada.
El chavismo llegó prometiendo enterrar el pacto de Punto Fijo. Sin embargo, lo que hizo fue perfeccionarlo: mismo mecanismo, menos firmantes.
Después vino un tercer pacto, el que nunca se firmó. Fue el entendimiento tácito entre el régimen y el G4 que sostuvo veintisiete años de coexistencia. Sin documento, sin quinta y sin rueda de prensa. Solo cuotas.
Para qué sirve una tercera vía
Ahí está lo que hay que mirar, y no el hombre que lo anuncia.
Cada nueva «tercera vía» no suma: resta. Es decir, fragmenta la opinión opositora y le quita masa al único bloque con mandato verificado. Además, le devuelve al chavismo lo que el 28 de julio de 2024 casi le arrebata: capacidad de maniobra.
Por lo tanto, el resultado es siempre el mismo. La discusión deja de ser cómo se sale del chavismo. Pasa a ser quién tiene derecho a hablar en nombre de quién.
Ese es el negocio de la oposición. No ganar, sino colocarse. La pelea no se libra por el bienestar de los venezolanos, sino por la repartición anticipada de cuotas en la estructura de poder que venga después. El Marriott no inventó nada. De hecho, es apenas el episodio más reciente de un mecanismo que lleva veintisiete años funcionando.
El regreso que llegó justo a tiempo
Vuelva ahora a esa sala del 6 de agosto.
Herrera había pisado suelo venezolano apenas el día anterior, tras dos años en Argentina. Él mismo explicó después que volvió como consecuencia de la operación de extracción del 3 de enero, cuando Estados Unidos capturó a Maduro. Eso le habría dado las condiciones para regresar.
Dicho de otro modo: lo que lo mantuvo fuera dos años dejó de pesarle justo cuando resultó conveniente. Además, menos de veinticuatro horas después de aterrizar ya estaba sentado con la cúpula negociadora.
Caguaripano: el precio de amenazar de verdad
Compare ese regreso con el destino Juan Carlos Caguaripano.
En agosto de 2017, este capitán de la Guardia Nacional encabezó desde el Fuerte Paramacay el llamado más frontal que un militar activo le hizo al chavismo. No fue un tuit ni un video de opinión, sino la única categoría de desafío que el régimen nunca supo absorber: el que viene de adentro del aparato armado.
Lo capturaron agentes de la policía del municipio Sucre. Gobernaba entonces el alcalde opositor Carlos Ocariz, de Primero Justicia. Luego lo entregaron a las autoridades nacionales y pasó a la DGCIM.
Un informe forense del propio Estado describió lo que le hicieron. Hematomas en todo el cuerpo. Deformidad en ambos pies. Además, una herida infectada en la región escrotal. La CIDH le otorgó medidas cautelares en 2018. También el Comité contra la Tortura de la ONU pidió información sobre su caso, y la Misión de Determinación de los Hechos lo documentó.
En agosto de 2026 seguía preso, con su juicio en fase de apelaciones. Nueve años.
Él no es la excepción, sino la regla.
Ahí está la línea divisoria real de la política venezolana. No pasa entre chavismo y oposición, sino entre quienes representan una amenaza efectiva al reparto y quienes representan una molestia administrable. Los primeros están presos, torturados, muertos o en un exilio sin retorno. Por eso nadie los espera con una delegación y una cámara. En cambio, los segundos entran y salen del país según lo permita la coyuntura.
El operador que ya administró dinero opaco
Tras el encuentro, Herrera y González publicaron un video conjunto. «El proceso está bien cerrado, es hermético y me gusta», dijo Herrera. Además, González añadió que la comisión les habló de metas concretas: nuevo CNE, nuevo TSJ, calendario electoral.
Según consta en una biografía pública suya, es el mismo Jesús González que integró el gobierno interino de Juan Guaidó desde 2019. Allí ayudó a diseñar el mecanismo que convirtió fondos venezolanos congelados en Estados Unidos en criptoactivos estables, distribuidos a decenas de miles de beneficiarios. Todo bajo la estructura que dirigía Leopoldo López.
Por lo tanto, el activista que hoy celebra el hermetismo no es una voz espontánea de la calle. Ya administró, puertas adentro, uno de los mecanismos financieros menos transparentes de la última década.
El gesto es el mismo que el del Marriott, porque la oposición falsaria opera igual en todos sus formatos. Solo cambia el envase: vertical y de noventa segundos. Acceso exclusivo a cambio de narrativa favorable.
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El vocabulario de la oposición falsaria
Ninguno de estos actores se presenta como lo que es.
Kilómetro y González amplifican la agenda de la mesa con lenguaje de transparencia. Mientras tanto, el tercer bloque propone un pacto nacional y arrastra un origen opaco. Cada uno defiende una cuota específica con palabras de unidad nacional.
Ese es el patrón que atraviesa a la oposición falsaria desde hace veintisiete años. Cambian los formatos: un salón de hotel, un video vertical, un comunicado firmado a medianoche. Sin embargo, el mecanismo no se mueve. Acceso privilegiado a cambio de narrativa favorable.
Nada de esto es secreto. De hecho, medios independientes como Runrun.es, TalCual, Efecto Cocuyo y El Pitazo han documentado cada exclusión y cada reunión. La información está disponible. Lo que falta es que deje de premiarse a quien la administra a puerta cerrada.
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