Mi vida cabe en tres letras – por Rodolfo Izaguirre

MI VIDA CABE EN TRES LETRAS

La vía del Corno en uno de los barrios más pobres de Florencia, está situada cerca de la vía del Leone y del Palazzo Vechio, tiene cincuenta metros de largo, cinco de ancho y carece de aceras. Allí se concentró la vida humana cuando Vasco Pratolini (Florencia, 1913 – Roma,1991) publicó en 1947, la gloriosa novela neorealista que años más tarde, en 1960, Arnaldo Mondadori editó en español. 

El escritor italiano demostró que la vida cabe en esa pequeña calle florentina porque sin salir de ella, reveló la de todos y cada uno de sus habitantes en detalles que se abren en planos que inciden en los difíciles y a veces oscuros laberintos e intenciones de la mente y del corazón humano, sin contar los gestos, ademanes, comportamientos y carencias económicas que padecen. Se cuida en asegurar que los personajes, ambientes y episodios que figuran en su novela son imaginarios y no guardan relación con seres ni lugares existentes en la realidad, pero todos sabemos que lo que emana de la imaginación tiende a convertirse en realidad ya que sin darnos cuenta creemos en lo imposible y los personajes que viven o creen vivir en vía del Corno así como el naciente, agresivo y oprobioso fascismo de aquel momento son reales, humanos y estremecedores, mucho más vivos si se quiere porque pertenecen a la literatura y se agitan y se remueven  en la imaginación de quien los hace vivir. 

Vasco Pratolini

Los ojos de algunos pájaros son capaces de registrar, al unísono, objetos lejanos y cercanos, sin embargo, el búho con sus enormes ojos carece de enfoque a corta distancia, pero al igual que él nosotros podemos mirar una montaña desde muy lejos, pero nos cuesta ver de cerca un pequeño insecto y tampoco logramos o no queremos ver nuestro universo interior y mucho menos curarnos el alma. 

Somos humanos y podemos reducir y expresar en una sola palabra la laberíntica complejidad de nuestras vidas o fusionar la mía con quienes recorren los cincuenta metros de la via del Corno, sin importarles la majestuosidad del Palazzo Vechio. 

He estado varias veces en Samarkanda el mágico lugar de mis ensoñaciones infantiles de alfombras voladoras, sultanes que se disfrazan de mendigos y salen de noche a recorrer las calles, visires conspiradores y perversas estatuas de mujeres que mueven múltiples brazos y ahorcan a quienes se confían en ellas. 

He bajado del tren en Samarkanda y en Bujará y he recibido en el andén como ofrenda de bienvenida, no solo el pan y la sal que me ofrecen bellas muchachas vestidas de gala, sino también el estruendoso sonido de unas largas trompetas.                                                                                    

Superados estos viajes a la Samarkanda que desde mi niñez vive en mí, los que he hecho luego han conocido momentos plácidos y serenos: ver el mar desde lo alto, cruzar la montaña y sentir que está brindando la energía de su intenso verdor, saber mirar, escuchar…

Pero he realizado también viajes difíciles y accidentados, un recorrido por caminos de acechos y encrucijadas; de abismos y acantilados que he debido enfrentar para llegar al interior de mí mismo y conocerme mejor.     

Y a medida que avanzo en el tiempo trato de ser más humano, saber medir la edad que arrastro y aceptar que me asemejo al búho de ojos enormes que ve la azulada montaña a lo lejos, pero no es capaz de vislumbrar el mundo sin aceras que se agita en los cincuenta metros apenas de la via del Corno. 

Es algo insólito, pero humanamente simple y me pregunto: ¿cabe mi vida en las tres letras de “Soy”?

Rodolfo Izaguirre

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