Ocuparnos de la política – por Rodolfo Izaguirre

OCUPARNOS DE LA POLÍTICA

Sostengo que los Nocturnos de Chopin o la obra de cualquier otro compositor de altura nos ayudarían a mejorar nuestros oficios. Es un asunto planteado en alguna de mis crónicas, pero mantiene vigencia.

El artesano se esmeraría por alcanzar un mejor acabado en sus trabajos y los obreros en perfeccionar las líneas de sus obras, en lugar de dejar las cosas a medio hacer. La política entendería finalmente que lo que hace avanzar a los pueblos no es necesariamente la economía, sino la cultura.

El país venezolano sería otro si mantuviese un turismo cultural. Legislaríamos con mayor tino y los jueces no aceptarían ninguna sumisión. La cúpula militar retornaría a sus cuarteles y nosotros nos ocuparíamos de la política.

Se asegura que podemos pasar por la vida y ser felices sin haber leído Cien Años de soledad o escuchar a Mozart o a Scarlatti. Sin lugar a dudas, pero alguien podría exigir, sin embargo, que supiésemos al menos quién escribió Doña Bárbara y quién es Armando Manzanero.

Estoy convencido de que la novela de García Márquez es necesaria. Gustavo Coronel después de explorar con acertado juicio difíciles asuntos de la industria petrolera, nos regala espléndidos momentos de música clásica que tanto le apasiona y uno agradece.

Seríamos más creativos y de mente más abierta; reduciríamos el ego que tanto entraba la comunicación entre nosotros y la del país con el resto del mundo y mediante un pequeño esfuerzo podríamos llegar, tal vez, a ser mejores personas porque afirmaríamos nuestra sensibilidad y descubriríamos una exaltación hasta entonces dormida en nuestros espíritus, que algunos al llamarla «poesía»,  la asocian al milagro de vivir porque descubriríamos también que no se puede vivir sin poesía.

¿De qué estamos hechos?

Se dice que somos el resultado de ideologías y de anhelos consumistas; de palpitaciones y costumbres diversas, ramalazos de información y briznas de cultura que recibimos de los medios de comunicación comprometidos cada vez más con espectaculares banalidades.

Alguien dijo que somos astillas de una civilización fragmentada por el estallido del tiempo y del espacio; que privados del placer de las ensoñaciones somos empujados hacia ninguna parte por afanes inútiles; que nos aturdimos en distracciones que alteran nuestros nervios sin rozar siquiera el alma, erosionados, dice el crítico francés Jean Onimus, por un trabajo monótono y generalmente alienante.

La política entendería finalmente que lo que hace avanzar a los pueblos no es necesariamente la economía, sino la cultura.

Lo escribí hace años: nuestras vidas tienden a tornarse grises y rutinarias porque diseñadas como están de antemano, transcurren siempre igual a sí mismas y estudiamos, amamos, trabajamos sin tener una idea suficientemente clara de por qué lo hacemos y un día dejamos de estar y nos hundimos en los abismos de la noche y mientras más nos ajustamos a sus designios, más absurda se revela la vida que llevamos, el trabajo que hacemos tiende a perder interés y comienzan a fatigarnos las diversiones.

Por eso, el hombre sabio sostiene la importancia que adquiere la poesía porque desarrolla en nosotros una conciencia que permite oír cantar al mundo y hacerlo cantar. La poesía se enfrenta a las convenciones, aniquila los dogmas, nos lleva a abrir los ojos y mirar hacia lo que desconocemos.

Si reconocemos la sensibilidad que existe en nosotros, mejorará el país, mejoraremos nosotros. Adentrarnos en los lenguajes del teatro, de la danza, de la música, las artes plásticas y la literatura.

¡Venceríamos la mediocridad militar!

Pero aún nos crispa amar, como pedía André Breton, a los fantasmas que entran por la puerta a pleno mediodía. Se nos dirá que es soñar despierto, que la intención es buena pero ilusoria, que la cultura va a pasos lentos y llevará tiempo para que las manifestaciones del gran arte encuentren lugar junto a las gaitas, los boleros y las revistas del corazón.

¡Habrá que armarse de paciencia, aceptamos, pero los fantasmas siguen entrando por las puertas del mediodía!

Rodolfo Izaguirre

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