Un ser privilegiado – por Rodolfo Izaguirre

UN SER PRIVILEGIADO

En un país que hace esfuerzos por no ser huraño y sonríe en cambio a la adversidad y espera pacientemente que una mujer histórica retorne con los siete millones de votos que le robaron; debería conocerme más a mí mismo. Estoy cansado de ser buena persona y a mi avanzada edad lo que quiero es ser mas humano.

A diferencia de muchos de mis compatriotas, creo ser un venezolano privilegiado porque siempre tuve techo y comida y conocí de niño los nombres de las capitales de medio mundo y lamenté que la casa donde nació Francisco de Miranda se convirtiera en un estacionamiento antes de ser el mediocre edificio que hoy se encuentra frente a un Capitolio sin ningún rasgo de espectacularidad ni de altivez.

Aprendí a leer y a escribir y es lo único que sé hacer, pero a diferencia, como he dicho, de muchos venezolanos, sostengo el orgullo de ser un ciudadano y no un simple habitante que cada vez tiende a ser poblador o usuario.

Sé donde queda la isla de Margarita y no tengo porqué buscarla por los lados de San Fernando de Apure. Soy místico y no religioso y no soy amigo de esos curas que se la pasan manoseando a los chicos; mucho menos de los militares que hacen política fuera de los cuarteles sin quitarse el uniforme y sin soltar la pistola.

Soy demócrata. Los primeros pasos que di al nacer me buscaban a mí mismo, pero también los di para que el país se alejara del agobio militarista y comenzara a encontrar la democracia, pero cada vez que creí encontrarla, esta desaparecía detrás del autoritarismo. Aun me sigo buscando y tengo la certeza de que al encontrarme lo haré recostado en el ojo sereno de ese novedoso huracán que debe ser la democracia venezolana.

Vivimos del petróleo, somos hijos de ese oro negro, pero ninguno de nosotros, jerarcas, intelectuales, gente de a pie no sabe qué es, cómo se extrae, cómo se refina y comercializa. ¡No nos interesa!¡Somos parásitos! Vivimos de lo que nos da el gobierno, pero el que actualmente soportamos nada nos da y todo nos quita.

Dejaron de atemorizarme mis miedos y en su lugar me crispan los miedos metafísicos de Malte Laurids Bridgge, el personaje creado por el poeta Rilke: «el miedo que esta miga de pan sea de vidrio y se rompa al caer», o este otro tan vinculado al escamoteo de los dineros del Tesoro por parte del chavismo: «que una cifra comience a crecer en mi cerebro y no haya espacio para contenerla» porque Malte teme que pueda estallar su esclarecido cerebro si la grosera magnitud de lo robado sigue creciendo. Los miedos de Rilke siguen allí, pero el mío causado por las cárceles, los abusos de toda naturaleza, las torturas y las amenazas a nuestros familiares han dejado de atemorizarme.

El hecho es que vivimos mal con el ecce homo detrás de la puerta y la inflación nos sigue devastando y aumenta día a día el costo de los pasajes y la gente de los barrios no sabe qué hacer y pasa hambre, mientras yo insisto en considerarme privilegiado porque al menos me siento a la mesa, devoro una triste ensalada y ninguna ponzoñosa enfermedad me flagela.

Cesaron los miedos para convertirse en una perezosa incertidumbre en la que, al parecer, llevan voz cantante un cubano americano llamado Rubio y el impresentable Trump manejando ahora a su antojo al país venezolano que siempre creí mío. Rubio, es evidente, trastornará los ásperos impulsos autoritarios de su jefe para convertirse en el dueño del país más poderoso. Se ocupa del mío en lugar de ocuparse del suyo y terminar definitivamente con los castristas que aún quedan. 

La incertidumbre se está volviendo miedo en Venezuela. Un miedo pavoroso porque siento que el país y yo estamos dejando de ser lo que siempre fuimos o creímos ser y vamos camino de convertirnos en un protectorado tipo Puerto Rico.

La política tiende a ser oscura manejada desde el poder, pero contrariamente yo la veo muy clara porque jamás aceptaré como regalo una nevera o algún artefacto electrónico o una comisión gorda a lo Botero y al único que tengo como presidente electo es a González Urrutia y no necesito nuevas elecciones. Ser pobre no significa carecer de lo esencial que ofrece la vida: lo es la familia que vive en un rancho sin agua y sin luz, pero lo es la que sobrevive en un apartamento de dos habitaciones, sin agua ni luz, pero con una nevera asmática y un microonda. Ser pobre es sentir la humillación de ser nadie, de estar por debajo de los que tienen, de ser seres desechables.   

Todo esto, para concluir que de ninguna manera soy privilegiado en un país que hace años dejó de serlo.
¡Me duele decirlo, pero ya no soy amo de mi destino; tampoco soy capitán de mi alma!

Rodolfo Izaguirre

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