El susto terminó afuera, pero adentro nadie dio la orden de apagar
El cuerpo no se queda en alerta por debilidad ni por imaginación: se queda porque el sistema que lo encendió necesita una señal de seguridad para apagarse, y esa señal casi nunca llega sola. ¿Por qué tu cuerpo sigue en alerta?
¿Por qué tu cuerpo sigue en alerta?
Cuando la mente y el cuerpo actúan como si la amenaza continuara a pesar de que el evento ya terminó, se debe principalmente a que el cerebro primitivo prioriza la supervivencia por encima de la lógica racional.
¿Por qué ocurre esto?
El secuestro de la amígdala:
La amígdala (el centro de procesamiento emocional del cerebro) actúa como una alarma de humo. Ante una situación de peligro real o percibido, se activa de inmediato y envía señales al cuerpo para liberar hormonas de estrés (como el cortisol y la adrenalina), preparándote para luchar, huir o congelarte. El problema es que la amígdala no entiende de calendarios ni de lógica temporal. Su única misión es mantenerte con vida, por lo que a veces le cuesta registrar que el peligro físico ya ha desaparecido.
La desconexión temporal de la corteza prefrontal:
Cuando la respuesta de supervivencia se enciende a máxima potencia, las áreas del cerebro encargadas del pensamiento racional, la planificación y el contexto (la corteza prefrontal) se desconectan parcialmente. Por eso, aunque intelectualmente sabes que estás a salvo, tu cuerpo sigue experimentando los síntomas físicos del miedo (taquicardia, tensión muscular, respiración acelerada).

Memoria somática y huellas en el sistema nervioso:
El sistema nervioso autónomo (específicamente el sistema simpático) registra la experiencia en el cuerpo. Si el evento fue demasiado abrumador para procesarlo en su momento, el sistema se queda «atascado» en un estado de alta activación crónica. Así, interpretando cualquier estímulo cotidiano similar (un ruido fuerte, una situación de estrés menor o incluso una sensación física) como una reactivación de la amenaza original.
Caminos para regular el sistema y volver al presente
Cuando el cuerpo se queda atrapado en esa «alerta fantasma». Las explicaciones lógicas a menudo no bastan; se necesitan herramientas que se comuniquen directamente con el sistema nervioso a través de vías físicas y sensoriales:
- Regulación a través de la respiración: Exhalaciones largas y lentas (por ejemplo, inhalar en 4 segundos y exhalar en 6 u 8) activan el nervio vago y envían una señal directa al cerebro de que es seguro bajar la guardia.
- Orientación y anclaje: Mirar alrededor de la habitación, nombrar objetos en voz alta. También, tocar texturas o sentir el peso de los pies en el suelo ayuda a recordarle al cerebro que el entorno actual es seguro y pertenece al presente.
- Movimiento físico: Descargar la energía acumulada mediante una caminata. También, estiramientos o sacudir suavemente las extremidades ayuda a completar el ciclo de respuesta al estrés que el cuerpo dejó a medias.
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