El hombre que se convirtió en historia
Hace años que no me pasaba que una película me produjera el deseo de quedarme un rato en silencio. Eso me pasó con Dietrich Gerstel, el espíritu que dominó la materia: El archivo, coproducida por Vale TV, María Eugenia Mosquera y todo su equipo, la Gerstel Legacy Foundation y la Deutsche Welle de Alemania. Gracias, muchas gracias por este regalo de vida y esperanza. Salí de la sala conmovida y llena de admiración. En varias partes de la película lloré.

El documental muestra que Dietrich Gerstel había decidido salir de Alemania cuando el nazismo comenzaba a imponer sus leyes raciales, pero antes de que la persecución y el exterminio de los judíos alcanzaran las dimensiones monstruosas que tendrían después. Y no se fue solamente porque hubiera entendido lo que podía sucederles a los judíos. Se fue porque había comprendido algo todavía más aterrador: lo que podía sucederle a él.
Gerstel tenía una discapacidad física severísima: le faltaban las dos piernas y un brazo. Y en la mano que conservaba tenía solamente cuatro dedos y una movilidad muy limitada. En la Alemania nazi, aquello podía convertirlo en candidato a morir. El régimen nazi puso en marcha, desde 1939, un programa sistemático de asesinato de personas con discapacidades físicas y mentales.

Lo llamaron “eutanasia”, una palabra deliberadamente engañosa para ocultar un programa de muerte. La Aktion T4 comenzó con pacientes institucionalizados y terminó convirtiéndose en una maquinaria que asesinó a decenas de miles de personas. En la Enciclopedia del Museo del Holocausto está muy bien reseñado.
Mientras veía la película algo me estremeció. Pensé que, si mi hija Tuti hubiera nacido en aquella Alemania en aquel momento de la historia, su vida habría estado en manos de personas que habían decidido que determinadas vidas no merecían ser vividas. En otras palabras, la hubieran matado. No pude evitarlo. Porque una cosa es leer que los nazis asesinaron a personas con discapacidad. Y otra, muy distinta, es mirar a tu propia hija y comprender, de golpe, la dimensión humana de esa barbarie.
Es la diferencia entre una sociedad que mira a una persona y ve un ser humano y otra que la mira y ve una carga, un defecto, una anomalía que debe ser eliminada, es la diferencia entre la civilización y la barbarie. Y allí estaba Dietrich Gerstel. Un hombre al que la Alemania nazi podía haber considerado “inservible” y asesinarlo, que decidió marcharse, sobrevivir y construir una vida. Eso es lo que más admiro de él. No solamente que haya sobrevivido, sino que haya vivido, que haya construido, que haya sido un ejemplo y que haya dejado memoria.
Que haya conseguido que, muchas décadas después, muchos como yo estuviéramos sentados en una sala de cine en Caracas preguntándonos cómo fue posible que un hombre con semejantes limitaciones físicas pudiera enfrentarse a un mundo que, además de sus propias dificultades, había decidido que personas como él no tenían derecho a existir.
Los nazis podían verlo desde lo que le faltaba —sus piernas, un brazo, parte de la movilidad de la mano—, mientras que la película nos obliga a descubrir todo lo que tenía: voluntad, inteligencia, dignidad, capacidad de crear y, sobre todo, ganas de vivir.

Y entonces comprendí que la historia de Dietrich Gerstel no es solamente una historia sobre el nazismo. Es la historia sobre el valor de una vida. Sobre el absurdo de medir el valor de un ser humano por aquello que su cuerpo puede o no puede hacer. Sobre la extraordinaria capacidad de algunas personas para mirar de frente una circunstancia terrible y decir: yo voy a seguir. Quizás por eso me impresionó tanto su archivo. Más de tres mil documentos. Tres mil pedazos de una vida que se negó a desaparecer y por eso los guardó. Y es que un archivo no es solamente una colección de papeles: es una forma de pelear contra el olvido. Y Gerstel ganó esa pelea.
Porque Hitler quiso construir un mundo en el que personas como él no tuvieran lugar. Gerstel hizo algo mucho más poderoso que responderle con palabras: vivió y dejó constancia de haber vivido. Eso, para mí, es admirable. Como admirable fue también su esposa, quien lo acompañó y lo cuidó toda su vida. Ella falleció primero que él y según su nieto Enrique Borges Gerstel, la única vez que lo vio llorar -alguien con tantas razones para hacerlo- fue cuando estaba sentado al lado de la urna de su mujer.
Necesitamos conocer su historia. Porque cada vez que una sociedad empieza a clasificar a los seres humanos según su utilidad, su perfección física, el color de su piel, su capacidad productiva, su origen o cualquier otra característica que pretenda determinar quién merece más y quién merece menos, la historia de Dietrich Gerstel vuelve a ser actual.
Y no estoy hablando de comparar épocas que no son comparables, tampoco para hacer demagogia, sino para recordar algo elemental: que un ser humano y su vida no necesitan ser perfectos para tener un valor infinito. Eso fue lo que vi en Dietrich Gerstel y eso fue lo que me llevé de la película: una enorme admiración por un hombre que pudo haber sido víctima de la historia y decidió convertirse en testimonio de ella. Un hombre al que quisieron reducir a lo que le faltaba y que terminó demostrando, con su propia vida, todo lo que tenía.

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