Conversaciones desde la soledad; por Rodolfo Izaguirre
Y uno termina gritando que un hombre así no merecía la muerte política que le tocó padecer.
Y uno termina gritando que un hombre así no merecía la muerte política que le tocó padecer.
Miro y me deleito con la hoja que cae; me quedo con el aire salado del mar, con dos o tres esclarecidas sensibilidades ¡y solo ante ellas y ante el Ávila caigo de hinojos!
En un tiempo viajé mucho por el país venezolano y fuera de él porque me obligaba mi trabajo al frente de la Cinemateca Nacional promoviendo al cine a lo largo de mi propia geografía o defendiéndolo en los festivales internacionales.
Las pocas personas que se reunieron la tarde del miércoles 09 de noviembre en la librería Kalathos en los espléndidos Galpones de Los Chorros, yo uno de ellos junto a mi amigo el poeta y abogado Jesús Peñalver pueden sentirse seres privilegiados porque lo que allí ocurrió no parecía cosa de este mundo atormentado por las penosas circunstancias que lo acosan política, social y culturalmente.
En aquel tiempo no sólo «se vivía mejor» sino que los adecos y copeyanos, ignorándome porque nunca he sido ni socialdemócrata ni socialcristiano, se movían cada uno en su lugar pero respetándose como si fuesen rivales en el béisbol profesional, es decir, magallaneros y cerveceros del Caracas.
Todos llevamos por dentro el peor de nuestros demonios, es decir un Hugo Chávez a la medida. Ninguno de nosotros escapa de semejante espanto.
Cuando la Asociación Internacional de Críticos de Arte me pidió que celebrara sus primeros cincuenta años dije, entre otras cosas, que fui amigo de Juan Liscano y él me dijo una vez (y no volvió nunca más a decirlo) que la burguesía venezolana no lee.
Me sentiría complacido si sobre mí diera vueltas un silencio capaz de llenar mi espíritu y de devolverle a las palabras el brillo y el valor que han perdido por un uso excesivo.
Vivimos en un eterno comienzo y carecemos del pensamiento de la modernidad, cruzamos mal el rayado de las calles en las esquinas y se dice que no tenemos pensamiento abstracto
Se dice en broma, pero no deja de ser una verdad de grueso calibre que el héroe militar solo emerge de la guerra, vivo, provoca menos admiración que muerto en combate y mutilado, causa veneración entre los patriotas
Mi hija Valentina y su adorable esposo Juan Delcan viven felizmente en Los Ángeles. Ellos son la firma V&J. Yo he estado allí con ellos y la he pasado requetebién en una hermosa zona y en una bella y espléndida casa, pero seguramente lejos de Wilshire Boulevard o de Road Drive o de Melrose Avenue para no mencionar las calles que llevan nombres propios mexicanos.
Seguramente fue Cicerón quien inventó lo del tirano que cedió el trono a Damocles pero con una espada sobre su cabeza sostenida por la hebra de un cabello
Viví un par de años en París en la rue de Cheroy en el 17 arrondissement cerca del bulevar de Batignoles en el pequeño hotel Pôle du Nord que en los meses de invierno hacía honor a su nombre porque su propietaria resultó ser un tanto pichirrósky con la calefacción
En 1969 los maridos diseminados por todo el mundo se sobresaltaron y se enojaron con razón, al saber que Richard Burton le obsequiaba a Elizabeth Taylor un diamante sudafricano de 68 quilates que costaba 307 mil dólares
Está en la Biblia, no sé si el tono es imperioso, una orden que no admite réplica o si por el contrario es como una bondadosa advertencia, pero en todo caso es palabra del iracundo Dios del Antiguo Testamento
«¡Callaos, mierda!» fue lo que dijo el profesor de filosofía para sí mismo, mientras revisaba sus apuntes fastidiado por la algarabía que los alumnos mantenían en el aula.
Héctor y Eloisa, su atractiva esposa, son apreciados vecinos míos y mientras sus dos niñas corren bajo la sombra de los arboles del jardín yo converso con ellos poniendo en su sitio al país y su mal gobierno
Mi amiga sufrió lo indecible cuando uno de sus nietos, el preferido, dio con sus huesos en la sordidez en que se ha convertido el Helicoide.
Pasó Álvaro Benavides, un ser perfectamente adorable y nos vio a Belén, a mí y a nuestra no menos adorable hija Valentina admirando en Ciudad Bolívar el prodigioso Orinoco.
La historia se refiere a la apacible pero endiablada relación de pasividad e intolerancia vivida en Londres por dos hermanos sesentones nacidos en algún pueblo de Inglaterra.