El poder del pensamiento positivo: Tres pasos hacia la paz interior
El poder del pensamiento positivo: Tres pasos hacia la paz interior

El poder del pensamiento positivo: Tres pasos hacia la paz interior

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Tres pasos hacia la paz interior

por Norman Vincent Peale

La mayoría de nosotros no se da cuenta de lo agitada que ha llegado a ser nuestra vida o de la prisa con que por ella vamos. A este paso, hombres y mujeres están destruyendo su cuerpo y, lo que es más trágico, la mente y el espíritu. En efecto, la constante sobrexitación crea sustancias tóxicas en el organismo, produce fatiga, y da origen a trastornos psíquicos que obstruyen nuestra paz interior.

A veces la única forma de reprimir este paso desenfrenado es detenerlo repentinamente. Yo fui a cierta ciudad a dar una conferencia y un comité salió a recibirme al tren. de ahí se me llevó precipitadamente a una librería a que firmara varios autógrafos, y luego a otra. De allí salimos a toda prisa para asistir a un almuerzo y después de tomarlo apresuradamente, volé a una reunión. Terminada ésta, regresé con gran rapidez al hotel, donde se me dijo que en veinte minutos debía cambiarme para la comida. Mientras me vestía, sonó el teléfono.

-Apresúrese -dijo la voz-. Tenemos que bajar a comer.

-Voy en seguida -respondí.

Estaba casi listo para salir en volandas del cuarto, cuando de pronto me detuve. «¿Qué significa todo esto?» me pregunté.

Tomé el teléfono y llamé:

-Si les urge, comiencen a comer. Yo bajaré dentro de un rato.

Me quité los zapatos, me senté tranquilamente y abrí la Biblia en el Salmo 120: «Alcé mis ojos hacia los montes de Jerusalén, de donde me ha de venir el socorro.» Lo leí muy lentamente, en alta voz. Luego tuve un pequeño soliloquio: «Ahora, anda despacio. Dios está aquí y su paz es contigo.»

Nunca olvidaré la sensación de paz y de auto-dominio que experimenté cuando salí de aquel cuarto, 15 minutos después. Tuve la impresión de haber obtenido una victoria, de poseer el dominio de mi emoción personal… y cuando llegué al comedor, todo lo que me había perdido era la sopa.

Cada uno debería proponerse permanecer absolutamente tranquilo por lo menos un cuarto de hora cada 24 horas. Como dijo Tomás Carlyle: «El silencio es medio propicio para las grandes cosas.» Ir solo al sitio más tranquilo que se encuentre y sentarse o tenderse por 15 minutos. No hablar con nadie. No leer. Pensar lo menos posible. Al comienzo esto puede ser difícil, porque los pensamientos están revoloteando en la mente, pero la práctica nos lo hará muy fácil. Imaginemos nuestra mente como la superficie de un lago y tratemos de hacer esa superficie lo más tranquila posible. Procuremos entonces oír las profundas vibraciones de la armonía y la belleza, que tienen su origen en Dios, y que se hallan en la esencia del silencio.

Salgamos un día de calor y tendámonos sobre la tierra. Percibiremos toda una escala de sonidos, el viento entre los árboles y el murmullo de los insectos; poco después descubriremos en todo eso un ritmo acompasado. Lo mismo se descubre en una iglesia o en un taller. Cierto industrial, dueño de una gran fábrica, me ha dicho que sus mejores trabajadores son aquellos que logran entrar en armonía con el ritmo de la máquina en la cual trabajan; resultan los menos cansados al final del día. Para evitar el cansancio y tener energías, debe procurarse marchar de acuerdo con el ritmo esencial que existe tanto en el trabajo como en todas las cosas.

Aun con las palabras que usamos y el tono en que las decimos, podemos ponernos nerviosos, impresionables y turbados. Otras palabras producen un estado de tranquilidad. Las de la Biblia tienen un valor terapéutico excepcional. Póngalas en su mente como se pone una pastilla en la lengua y deje que se disuelvan allí; ellas esparcirán sobre su espíritu un bálsamo saludable.

El dominio emocional, sin embargo, no puede ser desarrollado por la mera lectura de un libro, aunque a menudo esto constituye una gran ayuda. El único método seguro es trabajar por lograrlo con regularidad e insistencia. El secreto consiste en mantener la mente tranquila, evitar todas las reacciones precipitadas y conservar un ritmo reposado.

El capitán Eddie Rickenbacker es un hombre muy ocupado, pero se las arregla para afrontar sus responsabilidades en una forma que implica reservas de energía. Yo descubrí, accidentalmente, uno de los elementos de su secreto.

Participábamos los dos en el rodaje de un programa para la televisión. Se nos había asegurado que el trabajo se podría hacer rápidamente, pero el rodaje se demoró mucho más de lo calculado. Rickenbacker no dio señales de impaciencia. No empezó a pasearse de un lado para otro ni se puso a hacer frenéticas llamadas a su oficina. Había un par de viejas mecedoras en el estudio. Rickenbacker se sentó en una, completamente sereno.

-Yo sé lo ocupado que está usted -le dije- ¿Cómo puede mantenerse tan tranquilo?

-Oh, yo sólo practico lo que usted predica -replicó-. Venga, siéntese a mi lado.

Tomé la otra mecedora y di un ligero reposo a los músculos. Entonces Eddie me confió la fórmula que él emplea con frecuencia para alcanzar la serenidad. Ahora acostumbro practicarla varias veces al día y la encuentro efectiva.

Primero, laxitud física. Dejar libres todos los músculos del cuerpo. Representarse con la imaginación un gran costal de papas. Entonces mentalmente cortar el saco, permitiendo que las papas salgan rodando. Piense que usted es el saco. ¿Qué es más flojo que un costal vacío?.

El segundo elemento de la fórmula es ahuyentar de la mente toda irritación, resentimiento, contratiempo, fracaso o disgusto. Para lograrlo, piense en la más bella y placentera escena que conozca: una montaña en el crepúsculo, un valle colmado por el silencio del alba, un bosque al mediodía, un lago a la luz de la luna.

Tercero, volver la mente a Dios. Por lo menos tres veces al día «alzar los ojos hacia los montes de Jerusalén.» Esto nos mantiene en afinidad con la armonía divina y vuelve a llenarnos el alma de paz.

Tomado de: Tres pasos hacia la paz interior. Por Norman Vincent Peale, condensado de «El Poder del Pensamiento Positivo» en: Selecciones del Reader’s Digest. Diciembre de 1953.

 

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