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Joaquín Marta Sosa: “Si algo soy, es poeta”

Joaquín Marta Sosa es escritor, narrador, ensayista, periodista, crítico, miembro de la Academia de la Lengua, exparlamentario y docente, tarea que ejerció

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Joaquín Marta Sosa es escritor, narrador, ensayista, periodista, crítico, miembro de la Academia de la Lengua, exparlamentario y docente, labor a la que le dedicó 45 años, hasta que se jubiló de la Universidad Simón Bolívar (USB). Pero como mejor se siente es siendo poeta, un oficio cuya génesis remite a Nogueira, la humilde aldea de Portugal donde nació el 18 de diciembre de 1940.

Se graduó de abogado en la Universidad Central de Venezuela (UCV), pero nunca ejerció.  Obtuvo un doctorado en Ciencias Políticas, y guardó el título. Muy joven emprendió el camino de la política que lo llevó, en dos oportunidades, como diputado, al Congreso de Venezuela: primero por el partido socialcristiano Copei (1969-1973) y luego por el Movimiento al Socialismo (MAS, 1974-1978). En el trayecto, paralelamente, se sumergió en las profundidades del catolicismo. Pero terminó alejándose de ambas prácticas, porque se dio cuenta de que a su alma inquieta no le calzaban los dogmatismos.

“Tanto en literatura, como en política y en religión, yo he sido una persona que siempre ha estado caminando, buscando, buscando, buscando y al final, salvo en la poesía y en la docencia, no encontré posadas en el camino donde quedarme”, dijo Marta Sosa a Curadas en una conversación larga y profunda, con voz suave y pausada, en la cual nos habló de algunos parajes de sus Territorios privados, como dice el título de uno de sus libros de poemas.

Autor de ensayos sobre la educación superior en Venezuela y otros temas, también ha publicado una novela (No cesa de llover) y un libro de relatos (No todos los días son felices). «Pero yo no soy novelista ni relatista. Si algo soy, es poeta. Ahí es donde yo me siento efectivamente yo (…)”, dijo Marta Sosa, cuya obra poética está contenida en 14 poemarios y varias antologías.

“Escribir sobre el paradigma de la educación superior en Venezuela, o acerca de cuáles son las estructuras ideológicas que le dan forma a su corpus, hoy me parece algo horrible; y los libros que escribí con ocasión de ello, prefiero no recordarlos”, acotó entre risas.

Casado con Tosca Hernández, socióloga e investigadora en criminología; y con un hijo, Rodrigo, Marta Sosa se dedica en estos días a escribir sus memorias, pero aún no sabe cuándo estará listo el libro. “No son unas memorias cronológicas, sino que voy tomando un hecho que fue significativo en mi vida, un hecho que me marcó un antes y un después, y de esos he tenido muchísimos a lo largo de mi vida. Mi tío abuelo fue uno. Otro fue la profesora Eunice Gómez, directora del instituto donde hice el bachillerato, quien me sonsacó de la vida que llevaba como empleado administrativo en Helados Efe y me puso a dar clases. Ese fue, probablemente, el cambio más radical en mi vida”, comentó.

Otro destino

Marta Sosa llegó a Venezuela en marzo de 1947, poco después de haber cumplido siete años. El recuerdo que aún conserva del día en que salió de Nogueira fue el hecho a partir del cual construyó su novela, la única que ha escrito hasta el momento.

“Cuando salimos de la aldea para ir a Lisboa a tomar el avión que nos traería a Venezuela, se desató una tormenta horrísona, terrible, con rayos y truenos. Llegando a la pequeña villa donde estaba la estación del ferrocarril, mi tío abuelo, que siempre fue mi compinche, me pasó el paraguas y me dijo que lo sostuviera porque él iba a bajar las maletas al andén. Yo traté de sostenerlo, pero la ventolera era tan fuerte que me lo arrancó de las manos. Entonces vi cómo aquel paraguas negro se iba alejando por la calle, dando tumbos entre el agua y los adoquines, y se alejó hasta perderse. Y tuve la premonición de que la vida que me aguardaba en Nogueira, toda ella se iba con ese paraguas y ya no regresaría. Que lo que me esperaba era otra cosa, otra vida, otro destino”, rememoró.

¿Por qué emigró su familia y por qué a Venezuela?
Por la hambruna que se apoderó de buena parte de Europa y muy especialmente de Portugal al final de la II Guerra Mundial. Portugal estuvo discretamente al lado del eje nazi-fascista y eso hizo que los bienes de uso y consumo para los portugueses se redujeran extraordinariamente, en un país que ya de suyo era muy pobre. Entonces mi familia comenzó a emigrar. Primero lo hizo mi abuelo paterno, y lo hizo a Brasil. Y siguiendo a mi abuelo, lo hicieron mi padre y su hermano mayor. Pero cuando ellos llegaron a Brasil se encontraron con que mi abuelo había perecido en un accidente de construcción.

Alguien les habló de que en Venezuela – estamos hablando de los tiempos de Isaías Medina Angarita – se acababa de abrir una política migratoria muy favorable que les daba habitación y les pagaba una pequeña pensión a los migrantes mientras conseguían trabajo. Y fue así, contra todo pronóstico, que mi padre terminó en Venezuela.

Al llegar se fue a San Cristóbal y Barquisimeto, porque fue donde primero encontró trabajo como albañil, que era su oficio. Buena parte de la construcción del palacio de gobierno de San Cristóbal y de Barquisimeto, así como del aeropuerto de Maiquetía, las dirigió, ya como maestro de obras, mi padre, Antonio Francisco Marta.

Mi madre vino unos cuatro años después, y con ella vine yo.

¿Usted es hijo único?
En ese momento, sí. Ella había tenido tres hijos. La mayor y el menor – yo era el del medio – murieron de hambre. El único que logró sobrevivir a la hambruna fui yo, aunque con algunos desperfectos en mi anatomía a causa del hambre. Luego aquí en Caracas nació una segunda hermana.

¿Tiene algún recuerdo de lo que sintió al llegar a Venezuela?
Me di cuenta de que el mundo no era una repetición de Nogueira, la pequeña aldea al centro-norte de Portugal de donde yo y toda mi familia procedía. Yo pensaba que salir de Nogueira era ir a una Nogueira que quedaba en otro lugar, con gente idéntica, que hacía las mismas cosas. Que lavaba la ropa en el río, que hacía el pan en el horno de la casa los fines de semana, que andaba descalza porque allá no había dinero sino para tener un par de zapatos que se usaba solo para fiestas, ceremonias e ir el domingo a la iglesia.

Pero me encuentro con que este es un mundo radicalmente distinto. La gente no se parece a la de Nogueira, entre otras cosas porque había gente de otras razas. En Nogueira todos éramos blancos y aquí encontré negros, chinos… Aquí descubrí yo el sentido global, universal, del mundo y Nogueira se me convirtió en un pequeño punto apenas visible en mi recuerdo. Eso fue lo más importante, lo más impresionante para mí.

El tío loco

Cuando su madre y él llegaron, ya el padre estaba trabajando en Caracas, en la construcción del edificio de la Bolsa de Valores, la sede del centro, que aún existe. La familia, ya reunida, se fue a vivir en una casa de vecindad en Sarría.

«Aprendí que el mundo no se agotaba en Nogueira según creía yo y según mi tío abuelo, el personaje más importante de mi infancia, me lo había hecho creer. Un día le pregunté ´y después de Nogueira, ¿qué hay, tío Antonio? — Después de Nogueira, Joaquín, no hay nada. El mundo comienza y se acaba aquí».

¿Y por qué él fue tan importante en su infancia?
Porque era un personaje extraño, excéntrico. Él vivía al margen de la familia, que lo expulsó de su seno por ser atrabiliario. Y su extrañeza mayor es que leía, en una aldea de campesinos, de analfabetas, donde nadie leía y a quienes no les hacía falta para nada leer. Mi tío era un tipo más o menos culto que no solo leía, sino que también tenía libros. La primera vez que yo me escapé de casa para visitarlo – porque me tenían prohibido que viera al tío loco – lo primero que me mostró fueron sus libros. Me enseñó que había una cosa llamada libros.

Me dijo también que yo tenía que aprender a leer. Desde ahí me quedó la obsesión de aprender a leer. En Nogueira había una pequeña escuela con cuatro grados y esa era mi ansia, mi ilusión mayor, convertirme en adulto y entrar a la escuela. Pero nunca llegué a ir a esa escuela, sino que aprendí a leer en Caracas».  

La primera escuela

Los planes del padre no eran precisamente que el hijo aprendiera a leer y escribir, sino esperar a que tuviera unos 13 o 14 años para que se fuera con él a la construcción y aprendiera el oficio.

“Pero cerca de la casa había una escuela de esas que entonces llamaban ´escuela paga´, es decir, una en la que semanalmente se pagaba una cantidad de dinero, creo que era un bolívar. Ya en ese momento vivíamos en Agua Salud, en Catia, cerca del barrio El Manicomio. Bueno, allí, en la escuela de la maestra Elena Benítez, aprendí a leer.

Pero además de enseñarnos a leer y a conocer las reglas matemáticas, nos enseñó otras cosas. Por ejemplo, que existían las artes y una que para ella era el sumun de las artes, que era el toreo. Lo otro que nos enseñó fue de beisbol. Ella era prima de un pelotero que fue parte del equipo venezolano que ganó la Serie Mundial Amateur de Beisbol en el 41, que era Jesús Benítez y cuyo apodo era Redondo. Él fue primera y tercera base del Cevecería de Caracas, como se llamaban los Leones del Caracas en aquel tiempo. Entonces aprendí de toreo y de beisbol, que fueron mis grandes aficiones en la infancia y en el camino hacia la pubertad.

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Recuerdo el primer día que fui a jugar beisbol, yo, que de lo que sabía más era de fútbol, pues era lo que había aprendido en Nogueira. Cuando llega mi turno y me ponen a batear, al ver que viene la pelota, lo que hice fue darle una patada. ¡La burla fue espantosa! Comencé a reclamarles y en medio del reclamo frente a la burla unánime me salieron unos lagrimones y les dije: ´yo voy a aprender a hablar el venezolano – en ese momento no sabía que nuestro idioma era el español o castellano – mejor que todos ustedes, hijos de puta´». (Risas)

¡Y vaya si lo aprendió!
Aprender a leer y escribir fue otra de las cosas que me fijé a sangre y fuego en mis objetivos existenciales. Fue así como terminé siendo un buen lector y escribiendo tal vez más de lo que he debido escribir.

¿Cómo llegó a la poesía?
Bueno, para explicártelo tendré que contarte dos anécdotas que están ubicadas en Nogueira. El tío abuelo del que te hablé, el iconoclasta, era también muy anticlerical. En un Viernes Santo, cuando el cura de la aldea hacía un recorrido bendiciendo todas las casas, y se estilaba que alguien en cada casa diera unas palabras, él me hizo aprender de memoria un discurso cuyo significado yo desconocía, pero me lo aprendí y lo dije. Resulta que era un discurso terriblemente anticurero, antirreligioso, anticlerical, impío. El cura se retiró molesto, sin bendecir la casa, y se armó un escándalo entre mi abuela y mi tío abuelo. Pero ahí supe que yo como que hablaba bien, aunque no supiese lo que decía.

Unos domingos después de eso fui a misa con mi abuela. Yo siempre la acompañaba y escuchaba con mucha atención al cura y su homilía. Me resultaba misterioso y asombroso que una persona pudiera hablar de esa manera, pausada, rítmicamente, dando ejemplos. No eran las conversaciones de la gente en el bar de la aldea, que eran gritones, insultantes. No, era una cosa bonita, hermosa, bien dicha. En una de esas homilías el sacerdote dijo que Jesús, que yo no sabía quién era, había dicho ´dejad que los niños vengan a mí´ y a mí eso me quedó grabado.

Ese domingo me solté de la mano de mi abuela y mientras el cura estaba en el oficio, me subí al púlpito. En aquel entonces los púlpitos estaban pegados a una pared lateral y a una altura como de dos o tres metros con respecto a los asientos de los feligreses, para dar la imagen o la metáfora de que era Dios el que nos hablaba desde lo alto. Subí las escaleras, llegué arriba y comencé a repetir ´dejad que los niños vengan a mí, dejad que los niños vengan a mi…´.

Se levantó entonces un revuelo entre los feligreses porque ellos oían la voz pero no veían a nadie, porque yo era muy pequeño y el barandal del púlpito me tapaba. Las señoras, entre ellas mi abuela, se arrodillaron, se prosternaron porque creían que era un milagro. ¡Creían que el Señor había descendido sobre Nogueira con la voz de un niño! Curiosamente, el único que no creyó en el milagro fue el cura, que subió los escalones y me agarró muy duro por la oreja y no me soltó hasta entregarme a mi abuela y decirle ´que nunca más suceda esto´. Pero en el imaginario popular de Nogueira quedó que un día Jesucristo había hablado dentro de la iglesia. (Risas)

Con las homilías descubrí que había un lenguaje distinto al vasto, al rudo, del horno, de la chimenea, del botiquín, de la calle, y sentí que ese idioma era el que había que aprender, el que valía la pena aprender.

El primer poema

Cuando entró al Bachillerato, en el Instituto Educacional Altamira, ya el padre se había convertido en un constructor independiente y la familia se había mudado al este de la ciudad. Fue entonces cuando Marta Sosa se convirtió en un militante político bastante activo, debutando en las filas del socialcristianismo.

“El activismo político me llevó a lecturas doctrinarias o ideológicas y a partir de allí comencé a hacer una especie de biblioteca literaria. Comencé a leer y a escribir. Lo primero que escribí fue como a los 15 años. Nancy Guillén, mi profesora de Castellano y Literatura, me enseñó los grandes autores, me indicó libros, y me hice aficionado a la lectura.

Un día nos leyó un poema y dijo que eso que nos acababa de leer era un poema, y a mí eso me sonó muy bien. Recuerdo que era un poema sobre Tolstoi, creo que el poeta era Rubén Ángel Hurtado, no estoy muy seguro, pero sí era una especie de retrato o de postal en poesía de ese personaje. Yo le pedí a la profesora que me lo enseñara y lo volví a leer.  Y esa noche, en mi casa, escribí mi primer poema, o al menos lo que yo creí que era un poema. Ya ni siquiera me acuerdo qué decía ese texto. Se lo llevé a la profesora y ella se lo leyó a la clase. Ahí comencé.

Yo fui lector de poemas muy tardíamente. Lo que yo leía en ese entonces eran policíacos, una colección mexicana de episodios del FBI; leía novelas del far west, de Zane Grey. Digamos que mis lecturas literarias comenzaron bastante tardíamente. El primer poeta que leí fue César Vallejo y entendí muy poco, como puedes imaginarte. Pero me pareció que eso valía la pena, que eso merecía la pena. Escribí muchas cosas, pero ninguna se conserva.

Fue en el año 1963 cuando me puse en la tarea de escribir un poemario. Lo escribí, pero no tenía a nadie cerca que me ayudara a corregirlo, para leerlo conmigo, para conversarlo conmigo, y salió como pudo salir. Yo en aquel momento creí que estaba destinado a ser el gran poeta del mundo.  Por eso el poemario se llamó Anunciación, por la tonta pretensión de que con eso se anunciaba un poeta a los terrícolas. ¡Imagínate tú todas las cosas que uno cree de sí mismo a esas edades!

Así comencé, porque me parecía que el lenguaje escrito, poético, era el que se acercaba más a aquel hermoso lenguaje de las homilías del sacerdote de Nogueira o al lenguaje con el que mi tío abuelo me explicaba los libros.

Así que no tengo una historia muy peculiar de por qué me hice poeta. Nunca he tenido una poética que yo pueda racionalmente desentrañarla para guiar mi escritura. Mi poética es muy espontánea, muy abierta, muy a lo que la palabra vaya diciendo de mí. Sí creo, desde luego, que la poesía es, en términos de escritura, la escritura más absolutamente profunda, personal, la que más descubre de ti y del otro, cuando el otro la lee. Yo creo, como Borges, que al final en un poema hay varios que lo escriben: el que lo escribió y todos los que lo leen después, porque hacen una suerte de reescritura de ese poema.

La política

Ya que tocó lo político, ¿cómo se dio en usted el tránsito desde el socialcristianismo al socialismo?
No fue un cambio tan abrupto. El primer político al que escuché hablar en mi vida fue Rafael Caldera. Estábamos recién mudados a Sarría y una noche mi papa le dijo a mi mamá que iríamos a la plazoleta porque el doctor Caldera – él siempre lo llamó así, el doctor Caldera – iba a hablar. Al escucharlo, me pareció 39.500 veces mejor que el cura de Nogueira. Eso de hablar, emocionar, persuadir, se me quedó en la cabeza.

Una buena parte de mi formación de adolescente se vio vinculada a lo religioso. Yo participé de la Juventud Católica, mi primer colegio fue laico pero de gente muy católica, siempre estuve vinculado a ese mundo. La primera persona que me trató como si yo fuese un adulto fue un sacerdote andaluz de apellido Avezuela, que en un retiro se puso a hablar conmigo acerca del destino que debía aguardarnos a nosotros, que éramos los llamados a defender la fe contra el comunismo y esas cosas.

Por ahí tomé hacia el socialcristianismo. Pero me fui alineando, poco a poco, con las tendencias de izquierda, con las menos conservadoras, las que seguían Luis Herrera Campíns, Rodolfo José Cárdenas. Y, en un cierto momento de crisis interna en Copei, muy fuerte, formé parte de un grupo que se llamó Astronautas. La juventud copeyana se dividió entonces en tres grupos: los Araguatos, que eran los conservadores, los calderistas; los Avanzados, que así se hacían llamar ellos, que eran los progresistas; y los Astronautas, que éramos los de ´extrema izquierda´ dentro de Copei.

Cuando apareció el MAS me pareció que ese era un lugar mucho más natural que seguir en Copei, perseguido, casi siempre puesto de lado, sometido a puniciones. Me fui al MAS también porque se definió como un partido no comunista y no marxista, sino como un partido socialista democrático, y me pareció que eso era lo que yo quería.

Pero milité muy poco tiempo. El MAS me pareció un partido incluso peor que Copei en cuanto a sus usos disciplinarios, castigadores, de silenciar las voces disidentes. Toda la libertad y democracia que yo buscaba allí se me acabó en muy poco tiempo, a pesar de que conocí a gente a la cual respeto mucho, como Pompeyo Márquez. Allí conocí al único santo laico y marxista que he conocido en mi vida, que es un sindicalista, Carlos Arturo Pardo, probablemente el hombre de vida más santa y santificadora que yo haya conocido. Y Teodoro Petkoff, que era un orador de primera categoría y como a mí como los oradores buenos siempre me han resultado fascinantes y seductores, eso ayudó a que yo permaneciera allí más tiempo del que debía.

Al dejar el MAS dejé la política. No fue una etapa especialmente gozosa que me guste recordar de mi vida, pero tampoco fue demoniaca ni maligna ni mucho menos. Pero allí cerré para siempre con la política y me dediqué a la docencia y a la literatura, a leer y a escribir.

La religión

Como has visto, tanto en literatura, como en política y en religión yo he sido una persona que siempre ha estado caminando, buscando, buscando, buscando y al final, salvo en la poesía y en la docencia, no encontré posadas en el camino donde quedarme, al menos en lo que serían las actividades más públicas, más sociales. Las otras son, desde luego, la familia, los amigos, la descendencia, pero eso forma parte de otro mundo.

En la religión fue exactamente lo mismo. Yo me formé en una familia muy religiosa, muy clerical. Pero poco a poco me pareció que aquel dogmatismo calzaba mal con mis necesidades, con mis querencias, con las cosas que me ilusionaban. Después de una larga vida muy religiosa, con retiros espirituales, círculos de estudio y mi pertenencia a la Juventud Católica, decidí que ese no era el lugar para mí.

Comencé a buscar otras vías y la que encontré a mano fue el marxismo, que en mi caso fue el sustituto de Dios por la lucha de clases, de la religión por la revolución. En eso estábamos en ese momento algunos católicos venezolanos y del mundo. Ese grupo, que aquí lo llamamos cristianos por el socialismo, fue un encuentro con un tipo de religiosidad que se hincaba profundamente en el mundo, que era la apuesta de la Teología de la Liberación. La teología no es solo el conocimiento de lo sagrado sino cómo lo sagrado nos permite conocer lo profano, lo terreno y liberarlo, es decir, acercarlo a Dios, acercarlo a lo sagrado. Pero la Teología de la Liberación tampoco me entusiasmó especialmente porque tenía un lado eclesial, clerical, del que ya yo me había alejado

Entonces en el camino me encontré con el poeta y sacerdote nicaragüense Ernesto Cardenal, que tenía en ese momento una comunidad laico-religiosa en una isla del Gran Lago de Nicaragua. Una parte de mi poesía de esa época es casi casi un intento de hacerla suya. Sol cotidiano, por ejemplo, es un libro auténticamente cardenaliano. Y luego cuando él escribe Dios en el amor, que es un libro místico, me hice más profundamente cercano a él, a sus ideas, a su idea de que el evangelio se construye todos los días en conversación con la gente, con el pueblo, así como eran sus oficios en Solentiname, que están recogidos en su libro, en dos tomos, que se llama El Evangelio en Solentiname, cuya primera edición, por cierto, fue hecha aquí en Venezuela. Yo fui uno de los que patrocinó y promocionó esa edición.

Pero todo eso me fue quedando corto también, porque siempre había allí un peso de lo social, de lo colectivo, aun cuando fuese bajo la denominación más amable de comunitario, donde mi yo, el individuo que era yo, el yo que mi yo necesitaba encontrar en mí y conmigo quedaba, de alguna manera, preterido. Yo lo que quería era una búsqueda hacia el interior.

Ateo no creo haberlo sido nunca. Agnóstico sí, en algún momento.

Y ahora soy simplemente creyente. Creo que la vida es un hecho sagrado, haya sido o no haya sido creado por Dios. No soy especialmente creyente de los ritos eclesiásticos ni de la autoridad eclesiástica, pero sí que el hecho de vivir este misterio que es vivir y morir, para mí, interrogarse sobre ello, solo tiene una respuesta: esta es una creación sagrada, haya surgido de donde haya surgido y como haya surgido. Y ahí me mantengo.

Ahora lo que hago son dos o tres pequeños ritos para recibir el día y para despedirme de él en la noche, como si lo teológico estuviese centrado ahora en lo terreno, en lo terrestre. No tengo ni cómo explicártelo porque ni yo mismo estoy seguro de cómo podría describir esta creencia, más allá de sentirla y de sentir que es la última zona de creencia que hay en mí y que probablemente no la abandone en lo que me quede de vivir.

El horizonte

¿Cómo describiría su vida en este momento?
Como la vida del que siempre he sido: insatisfecho, porque siempre ando en la búsqueda de otra cosa de más, de mejor. No me gusta la inmovilidad, por eso la cuarentena esta me golpea tan radicalmente. Siempre creo que hay, detrás de la última frontera que vemos, otras y otras y otras.

Un día, caminando por un pueblo de Cantabria donde algunas veces al año estamos, escuché a un niño que le preguntaba a su papá: ´papá, y si llegamos hasta allí, donde está el horizonte, y lo pasamos, ¿qué hay después?´. Entonces el padre le dijo: “para eso tienes que llegar a ese horizonte y solo tú sabrás lo que hay después, nadie más lo sabrá”.

A mí me pareció que en eso es lo en lo que yo he andado siempre, tratando de alcanzar el horizonte visible y cuando llego allí lo que encuentro es un horizonte más lejano y que hay que ir también hacia él. Y así, infinita e indefinidamente.

Pero ¿está contento con la vida que ha tenido?
Contento propiamente, no, porque si estuviese contento ya estaría cómodamente situado en ella. Y no estoy cómodamente situado en ella. Quiero otras cosas que a veces no sé cuáles son. Quiero abrirme hacia otras posibilidades que a veces tampoco sé exactamente cuáles son. Incluso, para intentar descubrir algo de esta interrogante es por lo que me he puesto a escribir mis memorias, haciendo como los detectives de casos criminales, en los que probablemente el secreto del crimen está en la causa que lo produjo. Eso es lo que hay que buscar. Todo lo presente está en el pasado. Qué hacer con la vida es el título de esas memorias, por ahora, y es como la pregunta que, me doy cuenta ahora, ha presidido, sin habérmela hecho, toda mi vida.

Ahora, ¿estoy triste con la vida? No, tampoco estoy triste. Para mí la vida es una fiesta, a veces; pero a veces es una enorme tristeza. Entonces yo voy girando de una emoción a otra emoción según y como mis pasos me vayan llevando y yo vaya llevando a mis pasos.

¿Me arrepiento de vivir? No, no.

 ¿Soy un candidato al suicidio? ¡De ninguna manera!

De vuelta a la poesía

“A nuestro único hijo, Rodrigo, le debo, en un cierto momento de mi vida, el reencuentro con la poesía. Vivíamos entonces y seguimos viviendo en una casa que está en el centro de un bosque, rodeado de montañas, colinas. Vivimos en el campo, prácticamente. De niño, como estaba solo y no tenía con quien jugar ni hablar porque sus padres eran profesores y tenían muchas cosas que hacer, se hizo amigo de las plantas. Les hablaba y cuando las regaba les daba instrucciones, les decía no, eso no puede ser, debe ser de esta manera.

Él me descubrió eso, que teníamos jardín, que teníamos árboles, que había pájaros. Y el sumun fue un día, de noche, que salimos al porche.  El cielo estaba muy limpio y la luna estaba llena. Él con su índice de la mano derecha apuntó hacia la luna, y nosotros le dijimos que eso era la luna. Y fue casi casi como la primera palabra que él aprendió completa.

Y a partir de esa noche el ritual, durante mucho tiempo, fue salir con él al porche para que viera la luna y él repetía ´luna, luna´ como una especie de mantra. Yo en ese momento tenía la poesía un poco de lado. Pero todo eso me llevó de nuevo a la poesía y ya no la abandoné más».

Texto Katty Salerno

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4 respuestas a “Joaquín Marta Sosa: “Si algo soy, es poeta””

Fue mi Profesor Castellano y Literatura en el Instituto Educacional Altamira, entre los años 63 a 65. En ese tiempo para mí la materia era de mero trámite porque estudiaba Ciencias. Algo quedó en mi: soy un lector voraz y él es al único que recuerdo de nombre y apellidos completos: Joaquín Marta Sosa.
Gorgias Garriga Promoción 1965 IEA.

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