La futurología: la disciplina que estudia las tendencias de los próximos 15 años

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El futuro es una de las grandes preocupaciones del ser humano desde los inicios de su existencia. El bārû mesopotámico, los oráculos griegos o el arúspice romano son una buena muestra de la necesidad de los hombres de conocer su porvenir y tratar de dominarlo desde el amanecer de los tiempos.

Un afán que ha llegado hasta nuestros días no sólo a través de las artes adivinatorias de astrólogos o tarotistas, sino también con los estudios de mercado, los informes de previsiones económicas o las encuestas de intención de voto.

De esta manera, en la actualidad la ciencia también trata de aproximarse al futuro con métodos empíricos para intentar desentrañar las principales tendencias de los próximos años, y lo hace a través de los futurólogos y la prospectiva.

“La prospectiva es una disciplina que estudia el futuro para comprenderlo y tratar de influir en él. Somos como cualquier otra ciencia social, trabajamos con rigor y el máximo empirismo. Pero estudiar el futuro no quiere decir que lo predigamos, nuestra labor es plantear varios escenarios posibles y, a lo sumo, hacer pronósticos”, explica Jordi Serra, subdirector del Center for Postnormal Policy & Futures Studies (CPPFS).

La diferencia entre predecir y pronosticar, explica Serra, es clave para entender el empirismo de la prospectiva. La predicción se basa en una revelación, en la visión del porvenir de alguien que ha conseguido descifrar los mecanismos de la adivinación, e implica que el futuro está predeterminado.

Los pronósticos, en cambio, se basan en indicios, son múltiples y pueden llegar a no darse.

“Para nosotros la naturaleza plural del futuro es esencial, por eso preferimos hablar de pronósticos. Por ejemplo, si tú me dices que mañana hay un 80% de probabilidades de que llueva, yo voy a coger el paraguas, pero siempre existirá un 20% de posibilidades de que no caiga una gota o de que, incluso, salga el sol. La predicción, en cambio, es una declaración de certeza absoluta”, subraya Serra.

Para hacer esos pronósticos, los futurólogos o prospectivistas utilizan un gran número de herramientas y un enfoque integral que tenga en cuenta un gran número de variables, no sólo aquellas basadas en cifras.

“Hay consultoras que se dedican a hacer proyecciones económicas, pero la prospectiva es algo diferente a eso, trata de dar una visión más sistémica, porque al final la sociedad es un sistema en el que no sólo cuenta el orden económico, sino también las motivaciones culturales y sociales, las creencias, la tecnología a la que se tenga acceso y muchas más variables que nosotros sí tenemos en cuenta”, afirma Elisabet Roselló, fundadora de la agencia de prospectiva Postfuturear.

No obstante, realizar esos análisis con tantas variables es complejo y, sobre todo, caro, por lo que muchas veces las indagaciones prospectivas se quedan en el corto plazo, como las estimaciones de intención de voto, que se basan sobre todo en datos cuantitativos.

“El problema de los análisis cuantitativos es que son menos fiables a largo plazo, porque con ellos intentas entender cómo ha evolucionado el cambio hasta el momento actual y, a partir de esos datos, tratas de proyectar el futuro. Pero cosas como el COVID-19 son muy difíciles de anticipar de forma cuantitativa”, explica Serra.

El prospectivista cita una historia del libro El cisne negro: el impacto de lo altamente improbable, del ensayista estadounidense Nassim Taleb, para ejemplificar el problema de los análisis cuantitativos a corto plazo: En una granja de EEUU hay un pavo que vive tranquilamente y, un buen día, el humano que cuida de él le aumenta la ración de alimento.

Con el paso de las semanas la cantidad de pienso sigue incrementándose, y el ave piensa que las cosas seguirán evolucionado bien porque su experiencia reciente así se lo indica.

Nada en la secuencia que ha vivido el animal podía anticiparle el Día de Acción de Gracias, porque sólo había tenido en cuenta el aumento de alimento, pero no las motivaciones del dueño ni el contexto cultural.

“El verdadero valor de la prospectiva es estudiar cuáles van a ser las principales tendencias sociales en los próximos 10 o 15 años, y cuáles son los elementos que conviene monitorizar.

Lo que una sociedad no se puede permitir es situaciones como la actual, en la que no estábamos preparados para el coronavirus porque nunca habíamos tenido una pandemia como esta.

El tema no es si la hemos tenido o no, sino que, si sucede, debemos tener planes para afrontarlo. Si no, pasa lo que hemos visto: que en las primeras semanas corrimos como pollos sin cabeza, tomando medidas que no han funcionado y, posiblemente, han costado vidas”, señala Serra.

Las herramientas para acercarse al futuro

La relación con el futuro que plantean los prospectivistas parece compleja y misteriosa, pero los futurólogos consultados por Xataka señalan que su día a día es bastante prosaico.

“Nuestras jornadas no son muy diferentes a las de cualquier otra persona que trabaje procesando información. Intentamos mantenernos al día de las noticias y conseguimos información de diversas fuentes, como grupos de investigación o estudios especializados. Esa es la primera parte, de la que no nos interesa la literalidad del fenómeno en sí, sino las consecuencias que pueda tener, para lo que debemos especular o reflexionar sobre lo que determinadas decisiones o hechos pueden provocar”, explica el subdirector del CPPFS.

A partir de ahí, los prospectivistas usan diferentes metodologías para hacer pronósticos, como los paneles de expertos, las listas de tecnologías críticas para la evolución de una determinada sociedad o la construcción de escenarios futuros posibles -guiones que describen varios futuros alternativos para una misma realidad basados en hipótesis razonables-, según recoge el informe Introducción a la prospectiva: metodología, fases y resultados del Ministerio de Industria, Comercio y Turismo de España.

Otra herramienta que señala el mencionado estudio es el Método Delphi, por el que se preparan una serie de cuestionarios con hipótesis de futuros posibles y se envían a expertos en la materia para que den su opinión al respecto.

Cuando se ha obtenido la primera tanda de resultados, se les vuelve a enviar a ese mismo conjunto de especialistas por si, al ver las respuestas de otros, cambian de opinión, y estas segundas contestaciones se procesan de nuevo para obtener las conclusiones definitivas.

A estas herramientas clásicas se han sumado en los últimos años otras más modernas relacionadas con la tecnología como el big data, los algoritmos y la inteligencia artificial.

Y también métodos más enfocados en las ciencias sociales como entrevistas en profundidad, talleres con determinados colectivos o la asistencia a laboratorios de innovación.

“La suerte es que hay un abanico de posibilidades muy grande, y muchas veces usamos varias metodologías, tanto cuantitativas -estadísticas o big data- como cualitativas -entrevistas con fuentes o grupo de expertos- para hacer nuestros informes”, afirma Serra.

vía Xataka

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